miércoles, 24 de enero de 2018

CÓMO EMPECÉ A CORRER (Y 2)

En la meta de la carrera contra el cáncer,
mayo de 2017.
Sí, estoy segura que a alguno esto le sonará a dejá vù. A mí también, no os creáis. Pasaré a explicarme en breve.

Antes de nada, dejadme desearos un feliz año 2018, e incluso un feliz año 2017, ya que veo que hace la friolera de casi dos años que no paso por aquí. ¿El motivo? Básicamente, desgana. Y algunas otras cosas que paso a contaros.

Desde mi última entrada, allá por abril de 2016, mucha agua ha pasado por debajo del molino y probablemente muy poco asfalto por debajo de las suelas de mis zapatillas. Aunque nunca he dejado de correr, sí es verdad que he rebajado el ritmo considerablemente y que incluso he llegado a dejar pasar hasta dos meses sin un miserable entrenamiento. Aún así, en octubre de 2016 corrí mi última diez kilómetros, la décima. Y ahí me retiré de los diezmiles hasta hoy. Necesitaba hacerlo. Ya no he hecho más carreras desde entonces, exceptuando la del cáncer en mayo de este año. Sí me he dedicado a andar, ya que tengo un cacharro que mide los pasos y que me está recordando continuamente que soy una vaga de mierda si me descuido un pelo.

Allá por mayo del año pasado mis problemas de cervicales me obligaron a bajar el ritmo. A los dolores de costumbre empezó a añadirse lentamente un pinzamiento braquial en el brazo derecho que no hacía más que aumentar, hasta el punto de que llegué a necesitar ayuda para vestirme. Y así estuve seis meses. Es jodido covivir con dolor continuo, no solo te va minando físicamente, sino también de forma psicológica. Cuando ya actividades de mi rutina diaria se me hicieron imposibles, como conducir, y despertaba varias veces durante la noche por culpa del dolor, decidí gastarme los cuartos e ir a un fisioterapeuta privado, el cual me ha salvado la vida y el ánimo, porque tenía una tendinitis de hombro de libro, e iba camino de cronificarse.  Con una sesión semanal más los ejercicios que hago en casa ha conseguido convertirme casi en la de antes. Con la eliminación del dolor ha vuelto el buen humor y, consecuentemente, las ganas de entrenar de nuevo. Sin un objetivo fijo, solo correr, hacer ejercicio y sentirme bien.

La vuelta del humor morganiano acostumbrado me hizo acometer una gesta complicada hace unos días: me llena de orgullo y satisfacción anunciaros que he dejado de fumar. Y, con tal motivo, llevaré una especie de diario en este blog para ayudarme a mí misma y así de paso a otros que también estén en la lucha.

Resumiendo: ¿me echábais de menos? Pues dejad de hacerlo: HE VUELTO. Y espero que sea para una buena temporada.
Décima y última diez mil, allá por octubre de 2016. 



miércoles, 25 de mayo de 2016

MARATÓN ATLÁNTICA 2016: CÓMO ACABÉ MI NOVENA DIEZ MIL

Yo hace tiempo que no preparo carreras, esa es la pura verdad. Desde que me fui desenvenenando progresivamente centro mucho más mis objetivos en hacer un determinado ejercicio al día, ya saben, los diez mil pasos diarios dichosos, que en entrenar nada. Acabo de cumplir cincuenta años y no tengo ninguna gana de machacarme, ni de machacar mis rodillas.
Por si esta flojera fuera poco, este invierno mis naves han tenido que luchar contra varios elementos: mal horario para  entrenar, un tiempo horrible y, por si fuera poco, llevo casi dos meses en el fisioterapeuta para tratarme la artrosis de cervicales, lo que me come la hora que tenía para correr. Un horror.
En fin, una vez expuesto el rosario de excusas, os diré que mi escaso entrenamiento no me echó para atrás a la hora de decidirme a abordar mi novena diez mil. Me gusta la distancia y siempre la he terminado. ¿Que la terminaba en más tiempo? Pues vale.

Bien, vayamos por partes, como Jack el Destripador, que el totum revolutum no vale pa ná. Tras una semena especialmente asquerosa meteorológicamente hablando, y un sábado de víspera en que no sabías si al día siguiente ibas a ir a una carrera pedestre o a las regatas Oxford-Cambridge, amaneció un día estupendo. No lo pudimos tener mejor: no llovió, no hizo viento y apenas si salió el sol. Una  delicia. El día anterior habíamos ido a buscar los dorsales a Marulada City (sorry, Marineda), al famoso gran almacén de logo verdiblanco. La bolsa de corredor más cutre de todas las ediciones, y puedo opinar, porque a todas he acudido. Incluso para los sufridos maratonianos: de la revista, los geles, los pistachos y tal y tal y tal hemos pasado a la camiseta y la bolsa. Yo no me quejo, que fueron cinco euros de inscripción. Ni siquiera un chip de zapatilla: iba adosado al dorsal. Lo cual me llevó a sospechar, muy acertadamente, que por primera vez no era championchip norte la empresa que se iba a encargar de cronometrar la carrera. Imagino que todo esto es resultado de recortes varios. Por lo menos la camiseta es bonita.
Este año ha habido cambios con respecto al horario y al recorrido. Para empezar, decidieron no mezclarnos con los maratonianos en ningún punto del trayecto. Hablando el otro día con uno se congratulaba de la decisión, pues decía que le reventaba ver cómo le pasaban los de la diez más frescos que una lechuga mientras a él aún le esperaba el triple de distancia. Cambiaron el recorrido de la maratón y también el nuestro, que no era más que el de la San Silvestre pelín aumentado y modificado, lo cual no me pareció mal porque a) me lo sé de memoria y b) va todo por el paseo marítimo y a mí me gusta ir mirando el paisaje, así no pienso en la muerte ni en otros rollos igualmente siniestros. Con nosotros, por cierto, corría Abel Antón.
Otro cambio fue la hora de nuestra salida, en vez de la espera de media hora de rigor entre la maratón y la diez, sólo hubo que esperar quince minutos. Mejor. Los nervios son traicioneros. Salió la maratón a las 8.30 zulú tras el minuto de silencio guardado en memoria de los caídos por la causa el fin de semana anterior, que me parece muy bien, pero no se puede decir que proporcione el mejor estado de ánimo cuando te quedan 42 kilómetros y 195 metros por recorrer, y a las 8.45 lo hicimos nosotros.


Foto de "Carreras populares de La Coruña"

La salida fue bastante limpia y rápida. No me maté, como llevo haciendo en las últimas carreras. A pesar de que sé que la única ventaja que puedo tener para acortar mi patético tiempo es en los dos primeros kilómetros. Ya dije que no me iba a matar ni a picar con nadie. Propósito que me duró poco porque estuve todo el recorrido jugando al tuya-mía con dos chicas que llevaban mi ritmo y con las que estuve echando unas risas al llegar a la meta. Es que si no tengo culito al que agarrarme... ¡me aburro!
En el kilómetro tres me atacó un flato en dos puntos diferentes y tuve que bajar el ritmo hasta que me pasó. En estos casos suelo masajear la zona para que el calorcillo disminuya el tamaño de los gases. Como vi que iba pasada de pulsaciones y me había propuesto no pasar de las 180, anduve un par de minutos. En el 4, empecé a disfrutar de la carrera. En general, fui relajada y sin demasiados agobios. Crucé la meta en un ridículo 1:13, pero la verdad es que me dio exactamente igual.

Ahora toca esperar a la décima diez mil, que será allá por octubre. Espero ir más entrenada, porque lo de este invierno ha sido francamente penoso. Voy a tener que poner en práctica mi propio plan para sacar el culo del sofá. Hasta la próxima.





























miércoles, 9 de septiembre de 2015

TERCERA MEDALLA, CUATRO AÑOS DE RUNNER Y EL PEPITO GRILLO TECNOLÓGICO




Pepito Grillo s. XXI
Madre mía, vaguetes, llevo tanto tiempo sin entrar aquí que ya ni sabía qué título ponerle a este post. Empezaré, pues, por orden cronológico y justo donde lo dejamos: después de mi última diez mil, allá por finales de abril. Llevaba bastante tiempo preocupada por mi bajo rendimiento y mi creciente vaguería (sirenas tetonas, ya sabéis). Y ya hacía tiempo que andaba dándole vueltas no necesariamente al tema de aumentar número de salidas y/o kilometraje, sino más bien al asunto de qué hacer con mi cuerpo a serrano los días en que, por cien mil motivos, no podía salir a correr. Resumiendo: empezar a poner en práctica un plan indoor en toda regla. Ahora bien, es fácil llevar un control del ejercicio que se hace cuando se sale a correr o andar gracias a San GPS. ¿Pero cómo controla uno lo que hace dentro de casa? Esa duda me llevó a investigar un poco cuánta actividad debe hacer el cuerpo humano para mantenerse en unos niveles aceptables y a un clic de ordenador tuve la respuesta: mínimo, diez mil pasos al día. Para hacernos una idea, en un día normal con jornada laboral incluida, la media es de cinco mil. Con eso llegó la segunda cuestión: ¿cómo coño mido los pasos diarios? La respuesta, una vez más, llego de la mano de la cibernética. Hay varias modalidades: aplicaciones móviles, el podómetro de toda la vida, y las pulseras de entrenamiento. Vayamos por partes, como Jack el Destripador.
Durante dos días probé un par de aplicaciones para móvil: Accupedo y Map my walk . Les encontré grandes inconvenientes: gastan mogollón de batería y tienes que llevar el teléfono contigo todo el puñetero día, y yo suelo divorciarme de mi móvil en cuanto tengo ocasión porque las ondas me dan mal rollito. Eso por no citar que para ciertas actividades es un incordio, como pedalear, ya que el teléfono tiene que estar en una parte del cuerpo donde se registre bien el movimiento. Entonces, empecé a buscar podómetros. Son una solución estupenda, ya que los hay desde unos nueve euros. Y por aquello de mirar todas las opciones, busqué también pulseras de entrenamiento, y ahí llegó mi perdición. Las pulseras de entrenamiento se llevan puestas las 24 horas del día, registran tanto la actividad como el sueño, tienen una aplicación donde vuelcan los datos y se pasan la vida recordándote los pasos que te faltan para llegar a tu objetivo. Es decir: son todo un puto Pepito Grillo del siglo XXI. La nueva incorporación a este exclusivo universo de personal trainers es, cómo no, el Apple watch o Iwatch. Tranquilos todos, no me lo he comprado. Pero sí que anduve trasteando en la página de Apple buscando un dispositivo compatible con Mac y fue así como me topé de morros con el pequeño hijoputa que me acompaña a todas partes menos a la ducha desde principios de mayo: upmove. No es una pulsera en sí, aunque sí puede ponerse en una. Viene montado en un clip bastante seguro que te permite llevarlo en cualquier parte del cuerpo y necesita una aplicación, disponible tanto para apple como para android, donde vuelca los datos continuamente. Hace estadísticas diarias y semanales y es, en fin, un auténtico rompepelotas, la pesadilla de cualquier vago. Vale unos 39 euros y es de los más baratos que he visto. En vez de tener que cargarlo, va equipado con una pila que, según las instrucciones, hay que reemplazar cada seis meses. A mí me dejó tirada a los cuatro.
Bueno, uso upmove desde el 11 de mayo y procuro cumplir religiosamente con mi media de 10.000 pasos al día. Digo media porque hay días que hago más y días que hago menos, yo me voy brujuleando. Si veo que voy escasa de pasos  y no puedo salir a correr o a andar,  me subo a la bici estática hasta que completo.  Solo un punto negro: el cacharro no se puede sumergir, así que nada de monitorizar ejercicios acuáticos... u olvidarte de quitártelo para ducharte.


 Total, que a finales de mayo tenía ya totalmente diversificada mi actividad física, reduciendo el running en días de salida (2) y número de kilómetros (entre 4 y 7) en pro de otras actividades, como andar o pedalear. Las primeras que me lo han agradecido han sido mis rodillas. Resulta que me ejercito más que antes, disfruto mucho más los días que voy a correr y me duelen las rodillas muchísimo menos. Y, además no tengo remordimientos de conciencia. Y con tan buenas vibraciones allá que me largué a principios de junio a mi cita anual con la Maratón Escolar do Salnés, a correr con mis alumnos ese espantoso recorrido de cuatro kilómetros lleno de cuestas. Nada que destacar: llegué de sexta en mi categoría y me dieron otra medalla, la tercera. Día de muchísimo calor, por cierto. Y así, entre paso y paso, llegó mi cuarto runnercumpleaños, un aniversario marcado por la diversificación de mis actividades. A día de hoy llevo un total de 412 kilómetros entre las tres, bastante más que solo corriendo el año pasado. ¿Y saben qué? Me doy por satisfecha, porque resulta que ahora me entreno seis días a la semana en vez de los tres anteriores y muevo más musculatura. ¡Pon un Pepito Grillo en tu vida!





viernes, 8 de mayo de 2015

44 MESES CORRIENDO. CÓMO TERMINÉ MI OCTAVA DIEZ MIL

recogiendo dosal
Sí, soy yo vestida de civil, ya ven, una tiene una vida fuera de las mallas y las zapatillas. De hecho, pasar un tiempo prudencial en mallas y zapatillas hace que la ropa de civil siente mejor, aunque no hace milagros. Lástima que el tiempo prudencial estos meses haya sido demasiado prudencial, nada de tirar cohetes. Tanto, que me pensé hasta el último momento si acudir o no a la diez mil paralela a la Maratón Atlántica, pero como hasta ahora había ido a todas las ediciones, no podía faltar. Además, este año el churri corría los 42 otra vez, tras el parón forzoso del año pasado. Idiota de mí, tanto pensar y repensar se saldó con una cuota de inscripción mucho más cara por haberme decidido la última semana. Tanta flojera no impidió que el día anterior tuviera una dosis importante de nervios, de todos modos.
El sábado por la mañana nos pasamos a recoger los dorsales y la bolsa por el exporrunning que habían situado en Palexco, como en años anteriores. Tras la recogida hicimos cotejo de regalitos y, evidentemente, había diferencia: bolsa de pistachos para los diezmiles frente a geles para los maratonianos; revista de hace seis meses para los menos valientes frente a revista de hace un mes para los más valientes. Diran que a qué viene eso de los valientes: pues viene al caso por los eslóganes que elige la organización para llevar en las (horrorosas) camisetas, y que no son del agrado de todo el mundo, por cierto. Mucho ha cambiado el cuento del diseño de la camiseta desde la primera edición, se lo digo yo, que las tengo todas (la versión humilde). Este año venía a ser algo así como "Correr es de (cobardes) valientes". De hecho, hacía más de un mes que la ciudad estaba plagada de carteles de ánimo. La organización del evento mejora de año en año, exceptuando, como decía, el diseño de las camisetas. A mí personalmente no me gustan, pero supongo que habrá gente que opine lo contrario, por supuesto.
Cuatro años seguidos sin faltar a la cita

En cualquier caso, da lo mismo porque jamás corro, salvo excepciones, con la camiseta conmemorativa de la carrera, pero ese día rompí una de mis reglas y estrené camiseta marca ACME porque me apetecía ir de rojo, caprichosa que es una, y así de paso estrenaba el pañuelo motero que me regaló mi amigo Rubén para tal ocasión. Con calaveras y todo. Como suele ser ya habitual en mí, la noche anterior dejé la percha preparada con todo lo necesario y, sobre todo, me encargué de colocar el chip en la zapatilla antes de nada, ya que hace dos años se me quedó olvidado en casa. Nunca me volveré a olvidar, si yo no me acuerdo ya se encarga mi amigo el Cabañés de recordármelo la noche anterior. Tras una noche de buen sueño (para mí, el churri durmió mal, supongo que por los nervios) amaneció un día perfecto para correr: nublado y sin viento. Como la salida de la maratón era a las ocho y media, a las ocho ya estábamos saliendo de casa. Esta vez el personal del dispositivo de apoyo en carrera (patinadores, ciclistas, policía, etc.) ganaba por goleada en presencia a los borrachos impenitentes que nos hemos encontrado otros años. Nos dirigimos al nuevo punto de salida: el Obelisco. Y es que todos los años cambian el recorrido. Para mi carrera, perfecto, todo por el Paseo Marítimo. El de la maratón, un horror de feo y, curiosamente, con paso obligado por delante de dos de las sucursales de cierto establecimiento patrocinador de la carrera, mire usted qué casualidad. El churri se fue a calentar y yo me quedé con Lorena, una de las seguidoras de ATC, a la que conocí en persona ese día. Un placer, Lorena.


A las nueve dieron el pistoletazo de salida de mi octava diez mil y los casi dos mil corredores que participábamos nos pusimos en marcha. Salida escalonada, producto del ancho suficiente que había para circular, y aún así en mi caso duró dos minutos. Eché a trotar sin objetivo definido más allá de acabar la carrera. Mantuve un ritmo de 6' durante los primeros cinco kilómetros sin resentirme en absoluto y prácticamente sin mirar el pulsómetro, de hecho casi ni me acordé de que lo llevaba. Ahora solo lo llevo a las carreras por pura precaución. Buena música en el iphone, como siempre. Enseguida conseguí inhibirme de lo que me rodeaba para concentrarme exclusivamente en la carrera que, en general, se me hizo tediosa a más no poder. A lo mejor era porque iba sufriendo poco. Y eso que la organización se había encargado de hacer más llevadero el recorrido con sus habituales bandas de rock situadas en puntos estratégico, además de los puestos de zumba y yoga. Un apunte: chapeau para el público animador, fue, con mucho, lo mejor de la carrera. Así da gusto correr.
O, por lo menos, daba gusto hasta el kilómetro siete, en el que estaba situado el avituallamiento. Si en mi diez mil anterior llevaba un desierto en la garganta y me quedé sin agua, esta vez era todo lo contrario, no tenía ni pizca de sed. De hecho, llevaba un gel en el bolsillo que le sobraba al churri de los que había comprado para su carrera, y me lo había dado para que lo probara. Jamás en mi vida he tomado una porquería de ésas ni la he echado en falta. Y entre que era de plátano (puaj), no tenía sed y estaba segura de que me iba a pringar como un crío de dos años al tomármelo, decidí que seguía mucho mejor reposando en el fondo de mi bolsillo. Y es que no se debe de probar nada nuevo en carrera, y menos un gel, que tienen fama de dar mal rollito intestinal de vez en cuando, y ésta no era la mejor ocasión para tener una cagalera, la verdad.

¡Craso error! En el kilómetro ocho empiezo a sentirme cansada y mi rendimiento comienza a bajar de forma alarmante. En el nueve, ya estoy viendo enanos de colores. Enfilo la última recta hacia meta, en la Calle Real, y por los exiguos laterales circula gente, entre la que destacan los que ya han terminado la carrera, que no para de animar. Yo ya no veo, ni oigo, ni siento, ni padezco. Solo quiero acabar y el tramo de la rúa Nueva, que no deben de ser más de 200 metros, se me hace interminable. En algún momento escucho mi nombre y algo así como "piensa en la birrita que te vas a tomar cuando acabes". Cruzo la meta en un neto hora y ocho minutos, lo cual no está mal teniendo en cuenta mi escaso entrenamiento. Por lo menos, no he empeorado. Y me siento satisfecha.
championchipnorte
championchip norte

Mientras tanto ¿qué tal le iba al churri? Pues no lo sabía porque, al igual que el año pasado, no nos mezclaron en el recorrido. En cuanto terminé lo mío y dejé el chip me fui al puesto de protección civil a informarme de si había habido incidencias, por si las flais. Tampoco estaba demasiado preocupada, era la tercera vez que corría la maratón. A la una menos veinte le estaba abriendo la puerta de casa y lo vi llegar con la medalla colgada al cuello y las zapatillas en la mano, bastante satisfecho, puesto que terminó en 3:28. Si bien no superó la marca de 3:14 de la última vez, consiguió acabarla en un tiempo más que aceptable, teniendo en cuenta que tampoco había entrenado lo suficiente. Bien está lo que bien acaba, y nos verán en próximas ediciones, por lo menos a mí. Próxima diez mil, en octubre, y ya será la novena. Ayyyy, cómo pasa el tiempo, poddió.



En fin, y para terminar: excelente organización y todavía más excelente público. La maratón atlántica empieza a tener cierto peso específico y sería deseable que tuviera también  más poder de convocatoria, pero claro, en lo de correr 42 kilómetros de vellón, muchos son los llamados y pocos los elegidos. ¿Y tú qué? ¿Has escuchado la llamada?

Nos veremos.

sábado, 10 de enero de 2015

CUARENTA MESES CORRIENDO: ASÍ ACABÉ MI CUARTA SAN SILVESTRE

Fresqui antes de empezar. Gracias, Fede, por la foto.


¡Cómo pasa el tiempo! Tres años y medio ya dándole a la zapatilla. Tengo la misma sensación que cuando aprendí a escribir a máquina: no recuerdo cómo era mi vida sin hacerlo. Y eso que este último año no he corrido mucho que digamos: unos 460 kilómetros de nada.

En fin, dejémonos de moñadas. La verdad verdadera es que este año no tenía la menor intención de acudir a la San Silvestre porque a) es muy cara con respecto al resto de las carreras del año, doce euros y b) no me gusta cómo está organizada, lo cual me lleva a c) está muy mal organizada para lo cara que es. Pero ya se sabe, la gente empieza a comentar que se apunta y te entra el gusanillo... y en vez de aplastarlo con mis zapatillas de correr me inscribí. Alea jacta est. Por lo menos este año tuve una experiencia única y espero que no irrepetible: fui a la carrera sin gripe, sin catarro, sin tos, y sin mocos. ¿El motivo? La pillé a principios de mes, lo cual me tuvo diez días encerrada en casa sin poder entrenar. Aunque, la verdad sea dicha, ya no entreno para la San Silvestre ni para nada. Salgo a correr y punto. Y visto lo que me esperaba, hice muy requetebién.
Así que el dia 31 de Diciembre salí de casa a las 16.15 zulú en dirección al nuevo punto de salida de la San Silvestre, el paseo del Parrote, con la pereza más grande con la que jamás he ido a una carrera, blasfemando en todas las lenguas vivas y muertas que conozco. El churri, ya repuesto de sus lesiones, se quedó durmiendo la siesta, ya que dice que en su runnermente tiene peces más grandes que guisar. Sentí una envidia francamente insana. Por lo menos, la tarde estaba estupenda, aunque fría. Era la primera vez que iba a correr sin que hubiera llovido o fuese a hacerlo en por lo menos las 72 horas anteriores y posteriores. Otra novedad. Pero vayamos a lo importante: ¿cuál era el motivo de mi cabreo? Pues muy sencillo: el anuncio por parte de la organización, unos diez días antes (cuando ya estaba inscrita), del acortamiento del recorrido en un kilómetro y del cambio de trazado del tramo final. La culpa se la echaban a las obras del nuevo túnel de la Marina, obras que llevan meses y que se calcula que terminarán en abril o mayo. ¿Y no lo sabían cuando salió la inscripción? Por cierto, ni siquiera se molestaron en cambiar el trazado en el PDF de la página web. Si llego a saberlo, no me inscribo. Si pago es porque quiero la misma distancia para saber si he mejorado o empeorado con respecto a años anteriores. Entre lo de este año (y aún no he acabado de rajar, aviso) y los cambios en la edición anterior, ahora sí que digo alto y claro que no vuelvo más.
Pero bueno, vayamos al tajo. Chorrecientas mil personas en la salida, que cada vez va más gente. Muchos disfraces. El speaker diciendo tonterías, como es su costumbre. Me calcé los cascos y me di cuenta de que había empezado la cosa cuando vi que todos andaban en plan "las muñecas de Famosa se dirigen al portal". Salida mala y lenta. Una vez que pudimos empezar a correr, muchos empujones y pisotones. Gente acortando por donde podía, allá ellos. Yo, con calma chicha. Llegó el primer repecho del 7 y pico por ciento de pendiente y ni me enteré. Cómo cambia la cosa, el primer año casi muero asfixiada al subirlo.


Allá vamos. Foto cortesía de dietaydeporte
Foto cortesía de dietaydeporte
En el kilómetro dos ya nos cruzamos con la cabeza de carrera, que ya estaban a un kilómetro escaso de la meta. Por entonces yo ya empezaba a acusar el calor, aunque llevaba la indumentaria normal en un día de invierno. A punto estuve de dejar la braga del cuello tirada por el camino. En éstas, me pasó un tío disfrazado de vieja con bastón, cosa que me sentó bastante mal. Llegó el kilómetro tres y con él la cuesta más chunga del recorrido, la que va del paseo de los menhires hasta la sartén de la torre de Hércules. Y, nuevamente, apenas me enteré. Disminuí la zancada hasta convertirla en pasitos diminutos que fui ampliando a medida que terminaba la pendiente y sin problemas. Hacía un año que no subía esa cuesta. Como siempre, en cuanto comenzó la cuesta abajo me convertí en un bólido y empecé a adelantar gente como si no hubiera un mañana. Gente que a su vez me rebasó en los jardines de la Maestranza al acometer la última y novedosa parte del recorrido. En los últimos 500 metros estaba mi suegra de espectadora esperándome para darme ánimos (para que luego digan de las suegras, ¿eh?) y bajé la última cuesta antes de la meta en María Pita: el Rosario, con un pavés muy ad hoc para partirse una pierna, cualidad aumentada y corregida  en forma de socavón al final de la calle, cuando había que hacer la curva para entrar en meta. Gracias, organización. Aún así, no disminuí la velocidad y crucé la meta en 44.05 de tiempo neto según mi cronómetro. Y digo esto porque, al igual que el año pasado, los encantadores organizadores solo pusieron alfombra para el tiempo total.
foto cortesía de championchipnorte
Afortunadamente, siempre lo digo, el running genera endorfinas. Las necesité para aguantar los siguientes quince minutos. Lo lógico al terminar una carrera es devolver el chip, coger algo de beber y pirarte para tu casa ¿no? Pues en este caso, no. Como la plaza de María Pita está en esta época llena 
de cachivaches navideños varios, había un pasillo de vallas entre la meta y el avituallamiento que no podíamos saltarnos y que nos obligó por segunda vez a ir en plan "las muñecas de Famosa se dirigen al portal" hasta que pudimos dispersarnos. Pero ahora era sudados y casi anocheciendo, con lo cual no tardé nada en empezar a castañetear los dientes con el frío. De hecho regresé a casa con una pinta de terrorista que no veas, con la braga tapándome hasta la nariz y el gorro hasta las cejas. Y sin tener muy claro si estaba contenta o no con la carrera. A lo mejor es que ya estoy tan acostumbrada a ir con gripe que si no sufro no lo valoro, no lo sé. Aún hoy, diez días después, sigo sin poder hacer una valoración. Como de costumbre, aproveché la euforia post-carrera para salir de juerga hasta las seis de la mañana y amanecer al día siguiente sin resaca y casi sin agujetas, que algo bueno tenía que salir de esto.
Pues nada, comienza un nuevo año con nuevos planes de entrenamiento que por ahora no desvelo, a ver cómo salen. La próxima carrera, en principio, el 19 de abril. Mucho ha de llover (o no) hasta entonces. Corred, corred, malditos...

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LEER, CORRER, VENCER

Queridos vagos que me leéis: quizá esta casi cincuentona sea una pésima runner (que lo es), ni siquiera me atrevería a llamarme protorrunner, pero si algo soy, es una ávida lectora. Ni que decir tiene que lo segundo que hice desde aquella tarde calurosa que di el primer paso fue documentarme ampliamente y por escrito sobre la aventura que estaba a punto de empezar. Lo primero fue, evidentemente, recuperar el aliento. En mi opinión, los libros de running se pueden clasificar en dos categorías básicas. Los técnicos, que hablan sobre cómo correr, y los personales, que cuentan las experiencias de gente que corre. No me interesaban las experiencias personales de los que lo habían intentado antes que yo (quién lo iba a decir, viendo este blog), al menos al principio. Lo que quería era un manual que fuera guiando mis pasos y todos los aspectos técnicos del asunto. Internet, que es una fuente inagotable de conocimiento si se utiliza bien, siempre lo digo, me proporcionó los primeros datos a través de diversas páginas web, pero era todo bastante deslavazado y caótico, desordenado, mezclando las entradas de cómo empezar a correr con las de cómo terminar el maratón y cosas así, así que recurrí al libraco de toda la vida. Sin embargo, a día de hoy y con la técnica más o menos aprendida, prefiero las páginas web, curiosamente. Afortunadamente el churri había comprado un par de manuales técnicos hacía unos veinte años y fueron los primeros que leí.


Empecé por el más sencillito: "Correr", de Juan Mora. Y bien antiguo, por cierto (al igual que correr). Pero me sirvió para ir familiarizándome con el lenguaje propio de la actividad. Está muy bien para introducirse en el mundillo, ya que trata desde cómo empezar a correr hasta cómo preparar la maratón. Las fotos, de finales de los setenta, no tienen desperdicio. ¡Qué zapatillas, madre mía!




Acabado éste empecé el que ha sido realmente mi guía, también bastante antiguo: "Correr", de Furio Oldani e Iginio Floris, un clásico, condensado y completísimo. Ya hace referencia al test de Cooper, contiene tablas de peso y medida, de edad y pulsaciones y, sobre todo, ejercicios de calentamiento y estiramientos con fotos incluidas. Habla también sobre lesiones y cómo prevenirlas y tiene una pequeña guía sobre necesidades energéticas diarias. Y muy fácil de entender.


Aún me quedaba el gran mamotreto en casa: "El Maratón, aspectos técnicos y científicos". Y es como su título: técnico y científico y me resultó complicado de leer y realmente no habría tenido por qué hacerlo, pero al tenerlo ya dije que de perdidos al río y me embaulé algunas partes. Tiene secciones de anatomía y bioquímica que me salté porque no podía con ellas, pero no cabe duda de que es un manual completo y riguroso.





Como para entonces ya estaba totalmente envenenada y consultaba blogs de corredores, aunque yo todavía no había abierto éste, empecé a buscar más libros por la red y di con uno de mis favoritos, escrito por un colaborador de la revista runner's world y que venía a reproducir las preguntas más interesantes que le habían estado haciendo los lectores durante un montón de años. Me sentí identificada con muchas de ellas, por supuesto. Porque para entonces ya buscaba ver reflejadas en otras personas las mismas experiencias por las que estaba pasando yo, lo mismo que hacéis vosotros cuando entráis en este blog, supongo. Aún así, seguí mirando libros técnicos, y así cayó en mis manos el método Galloway, del que he hablado por activa y por pasiva infinidad de veces y que, por cierto, me costó bastante conseguir. Tuve también una temporada el "Chi running", pero confieso que no pasé de las diez primeras páginas.





El último manual que he leído es el que va camino de hacerse archifamoso: "Mujeres que corren", de Cristina Mitre. Será porque ya no tengo mucho más que saber sobre los mínimos aspectos técnicos, pero se me hizo pesadísimo. No niego que da sabios consejos (entre otras cosas aporta una interesante tabla sobre equivalencias en números de zapatillas) y realmente aborda todos los aspectos del mundillo, desde la prueba de esfuerzo, pasando por temas de cómo vestirse, listas de reproducción para llevar en el ipod o cómo alimentarse hasta un innecesario, en mi opinión, capítulo sobre el maquillaje adecuado para correr. ¿Pero cómo es posible que alguien se maquille para ir a correr? Todo ello salpicado con anécdotas sobre su vida de runner y sobre lo que le cuentan otras usuarias en su blog. Si tenéis alguna amiga runner novata y no sabéis qué regalarle, este libro es una estupenda elección, le encantará.

Vayamos ahora a los libros que cuentan experiencias personales. El primero que leí fue, cómo no, "De qué hablo cuando hablo de correr" de Murakami. Si ya alucinaba con él leyendo sus novelas (está como una cabra), más lo hice viendo su experiencia en el runner mundo. La crónica de cómo corrió la ultramaratón no tiene desperdicio. Por lo demás, prescindible. Porque es Murakami, vaya...
Poco tiempo después recordé que el profe de Educación Física de mi insti me había regalado con motivo de un amigo invisible un ejemplar del que hoy es mi libro favorito sobre experiencias runner: "42 reflexiones y 195 metros", de Javier Serrano. Es un libro delicioso que narra todo lo que Javier va pensando a lo largo del recorrido de la MAPOMA, y la gente a la que se va encontrando. Se lee rapidísimo y es de lo más ameno que he leído sobre este tema. Altamente aconsejable.



Llevada por un estúpido calentón, se me ocurrió comprar "La pasión de correr" de Francisco Medina. No es más que un recopilatorio de opiniones de famosos que corren sobre la práctica de este deporte y sus experiencias personales. No es que esté mal, entendedme, pero no me aportó nada. Las experiencias que más me gustaron fueron las de Carles Francino con Abel Antón y poco más. Entre los conocidos que narran sus experiencias, Araceli Segarra, Anne Igartiburu, el malogrado Darío Barrio, Eduardo Zaplana o Cándido Méndez.




Y por último, este año, con motivo del Día del Libro, el churri me regaló "¿Por qué corremos?", que intenta analizar, y yo creo que sin demasiado éxito, la causa del furor de las carreras populares en estos tiempos. Se enrolla bastante a hablar de corredores emblemáticos y legendarios, como Zatopek, Paula Radcliffe o Gerbeselassie, además de analizar las nuevas tendencias en el mundo del running. Ni fu ni fa, la verdad.




Hasta aquí llega mi humilde biblioteca, que probablemente seguiré ampliando poco a poco. Considero imprescindible, para alguien que esté empezando, que se haga con un manual técnico de referencia, sin atreverme a aconsejar ninguno. Hay miles hoy en día, y probablemente mejores de los que yo tengo. ya sabéis que entre salidas hay que descansar un día. Aprovechad para leer sobre correr. Besotes.




jueves, 23 de octubre de 2014

MORGANA Y LAS BRAGAS DE LA SUERTE


Nunca hagáis esto, nenas. Las de Pam son de goma y no pesan
Hola, queridos. Os gusta el título, ¿eh? Realmente remite a la ropa que me suelo poner para ir a las carreras y prometí que un día explicaría el motivo de adjetivar de forma tan llamativa a tan humilde (pero necesaria) prenda. En la entrada anterior empezamos a vestirnos por los pies, así que lo lógico es ir subiendo. Como habréis imaginado, esta entrada trata sobre la ropa interior femenina para correr. Señores, abstenerse.

Hace muchos años, hace eones, incluso, comentaba yo en una comida la envidia que me daba mi churri cuando lo veía salir por la puerta dispuesto a hacer unos cuantos kilómetros corriendo y la esperanza de que en un futuro muy lejano yo pudiera llegar a hacer lo mismo. Uno de los comensales me miró descaradamente la delantera y me dijo: "Que no te siente mal lo que te voy a decir, pero no creo que puedas llegar a correr nunca. Tienes demasiado pecho". Le contesté que me parecía poco probable que los deportes de impacto estuvieran solo reservados para las planas y ahí nos liamos a hablar de las jugadoras de fútbol que se sometían a reducciones de mama y patatín y patatán, pero yo me quedé con la copla. Vaya por delante, nunca mejor dicho, que da exactamente igual la talla que calces. Para cualquier corredora, sea del nivel que sea, se hace totalmente imprescindible el uso de un sujetador técnico, por razones obvias: al correr se impacta, el pecho rebota y los músculos pectorales pueden sufrir desgarros importantes. Así que mi primera visita al Decathlon, un par de semanas después de empezar a correr, fue para hacerme con un par de piezas. Ni que decir tiene que aproveché para comprar algunas cosillas más, pero eso es otra historia. Todas las marcas deportivas cuentan en su catálogo con sujetadores técnicos hasta la talla 105, así que no hay excusa para que las del club de las tres cifras (talla 100 en adelante) dejen de unirse al apasionante mundo del running por miedo a que sus pechámenes sufran. Eso sí, no esperéis prendas divinas y sexys. Están hechas para proteger el pecho, no para ligar, y eso que en los últimos años el diseño ha mejorado bastante. Los primeros que compré yo solo pueden describirse como un verdadero antídoto contra la lujuria, aunque sujeten como si no hubiera un mañana. Además de ser feos hacen un pecho raro, aplastado y sospechosamente picudo. Y olvidaos de esos monísimos tops técnicos que dejan toda la barriga al aire, no valen para nada a no ser que se lleve sujetador por debajo. Ahora casi todas las marcas low cost tienen ropa de deporte, pero en relación calidad/precio en sujetadores Decathlon se lleva la palma, en mi opinión. El modelo básico en rebajas ronda los seis euros.
Sujetador básico de Decathlon. Feo pero efectivo. Los tirantes se pueden juntar en la espalda.

Top de Decathlon, un poco más mono, pero no sé qué tal irá de sujeción
Top de H&M. Ideal, pero no sujeta


Top de Oysho. Más de lo mismo.

Bien, una vez resuelta la cuestión de arriba, vayamos a la de abajo. ¿Por qué bragas de la suerte? Porque es una suerte encontrar unas que soporten una carrera de diez kilómetros sin que se metan por el culo, hablando en plata. Las afortunadas propietarias de culete respingón sabrán de qué hablo. Las braguitas tienen la irritante costumbre de ir despareciendo entre las nalgas a medida que una se mueve. Yo reservo unas de cuello vuelto con estampado colchonero (rayas blancas y rojas) que no se desplazan ni un milímetro para los días de carrera. Pero hay otras opciones. A las fans del tanga no les aconsejo su uso, la tira central acabará rozando y haciendo daño a la larga, y no veo otra solución para evitarlo que untarse generosamente vaselina entre los cachetes del culo. También existe la posibilidad de ir de comando y prescindir de la ropa interior, allá cada cual. Los culottes me resultan incomodísimos, así que un día que pasé por un mercadillo se me encendió la bombilla con una idea feliz y me compré unos gayumbos, como lo oís, de ésos bien pegaditos al muslo y sin bragueta ni espacio para acomodar el paquete que no tengo. Y fue mano de santo, palabritadelniñojesús. Los bóxers de lycra se acomodan sin problemas a todos los tipos de trasero, son elásticos y ni te acuerdas de que los llevas puestos. Y si tienes algún percance durante una carrera nunca te pillarán en bragas, nunca mejor dicho.

Terminemos este post con una prenda importantísima: los calcetines. Nunca se debe correr sin ellos por aquello de las rozaduras. Y mejor elegirlos técnicos, porque algunos calcetos tienen la mala costumbre de ir desapareciendo en las profundidades de las zapatillas, formando arrugas y, en suma, jodiéndote la existencia mientras corres. Yo soy fanática de los tipo escarpín por el tema de que no me queden demasiadas marcas del sol. Mis favoritos son los de newfeel, que también venden, cómo no, en san Decathlon. A veces compro también los de tenis. Para el invierno prefiero los reebok.

En fin, en siguientes entregas seguiremos poniendo capas a nuestra indumentaria. Esta vez para los dos sexos y para todos los públicos. Me voy corriendo a entrenar. Mil besotes.

martes, 21 de octubre de 2014

EL ZAPATO DE CENICIENTA Y EL BATE DE BÉISBOL.

La mitad derecha culpable de todas mis desgracias
Cenicienta, ésa soy yo en el mundo runner. Al paso que voy jamás llegaré a besar al príncipe de los seis minutos en una diez mil, pero bueno, tampoco es un objetivo que me quite el sueño. He comentado mil veces que el principal motivo por el que corro es para lograr aquel objetivo humanista de "mens sana in corpore sano". Si en el intento bajo mis tiempos, perfecto. Si no, tampoco pasa nada. Soy una runner aficionada pero incluso nosotros,  los más amateurs del último cajón, debemos vestirnos como los hombres: por los pies. Porque en los pies comienzan no pocos problemas y yo voy a contar los míos por si le sirve a alguien.

Cuando empecé a correr hace tres años no tenía el menor equipamiento. La ropa deportiva me daba urticaria, el chándal me parecía una prenda propia de Belén Esteban y, por supuesto, no tenía el calzado adecuado. Como no sabía hasta qué punto me iba a durar la nueva afición y las zapatillas de correr cuestan una pasta, usé durante tres meses lo único que tenía remotamente parecido a un calzado técnico: unas zapatillas nike de vestir que me había comprado para ir a los  conciertos de rock multitudinarios, que exigen muchas horas de pie.  Ocho semanas más tarde, viendo ya que la cosa iba en serio, hice una inversión inicial aconsejada por el dueño de la tienda de deportes donde siempre compro las zapas: unas Saucony Grid Ignition 2, que aunaban felizmente amortiguación y ligereza. La marca no me sonaba ni por el forro, pero ya se sabe, la cosa va por modas. Hace años lo petaban Adidas, Reebok y Nike, después le tocó a New Balance y ahora lo más al parecer son Mizuno y Asics. A mí me fue de coña con Saucony, a pesar de que tuve que ponerme unas cuñas taloneras por un principio de periostitis. Y como me fue bien, a los 800 kilómetros repetí marca, que no modelo, y me agencié unas Progrid Jazz 15 con las que estuve todavía más contenta. Hasta que la rodilla izquierda empezó a dar la vara con su asqueroso dolorcillo tipo broca de taladro, unos seis meses después. Entonces decidí visitar al ortopedista para corregir la pronación que ya sabía que tenía (se me nota a simple vista con algunos zapatos) con unas plantillas a medida. Y tan ricamente. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Pero hete aquí que toca cambiar otra vez las zapas, sobre todo por el desgaste del talón, y en mi tercera visita a la tienda de deportes, cargada con las zapas viejas, las plantillas y un par de calcetines de los que uso habitualmente, no me aconsejan el nuevo modelo de Saucony porque no tiene tanta amortiguación como el anterior. Y me dejé aconsejar, claro. Me llevé unas Asics Gel-Pulse 5. Y un número más, por añadidura. He de decir que esta vez me atendió otra persona. Y lo típico: "¿Te quedan bien? ¿Estás cómoda con ellas?". Claro que estaba cómoda con ellas, coño, si no te hacen daño unos zapatos de boda en la tienda y el día del casorio te cagas en todo y se te ponen los pies como boniatos, imagínense unas zapatillas hechas expresamente para hacer ejercicio. En parao quedan comodísimas, por supuesto. No vas a notar nada hasta que lleves varios kilómetros encima, cuando ya no las puedas cambiar.

Bueno, pues allá estaba yo por el mes de mayo con mis zapas nuevas,  mis plantillas viejas y mis muchas ganas de trotar después de un invierno poco productivo, y trote a trote llegó julio. Y salgo una tarde y nada más empezar, en los primeros quinientos metros, noto un dolor en la rodilla derecha que me hace cojear ostensiblemente. Y no era igual que el anterior, aparte de ser en la otra pierna había pasado de broca de taladro a bate de béisbol. Strike 1. No le di demasiada importancia, tras dos kilómetros de trote me iba pasando e hice oídos sordos. Mal.

El dolor de rodilla me duró todo el verano, strike 2. Llegó septiembre y me empecé a preocupar en serio, ya que tenía una diez mil a principios de octubre, y en ese momento ya era absolutamente incapaz de correr más de dos kilómetros seguidos. No solo eso: había bajado la velocidad en un minuto por kilómetro, lo que me faltaba, ya soy yo bastante lenta. Y lo que me acabó de desesperar fue el empezar a tener dolor de espinillas otra vez. Me daba la impresión de que necesitaba correr con tacones para dejar de sentir dolor. Strike 3. Entré en pánico. Me faltó un dígito para marcar el teléfono del traumatólogo, pero afortunadamente pude enfriar las neuronas y sentarme a reflexionar. Me dije: A) Llevas solo tres años corriendo (vivir con un runner veterano da ciertas ventajas, vas viendo venir las molestias y las lesiones en la línea temporal, lo que te permite hacer aquello de "cuando las barbas de tu vecino veas cortar..."); B) Tu volumen de kilometraje es irrisorio, no pasas ni queriendo de 30 kilómetros semanales; C) Jamás has hecho deportes de torsión, ni de torsión ni de ningún tipo, vaya, por lo menos hasta que la barra fija del bar sea considerado deporte (o torsión). Las rodillas suelen cascar por deportes de torsión: fútbol, baloncesto, tenis... Conclusión: es IMPOSIBLE que tengas algo de cuidado, así que... tienen que ser las plantillas o las zapas nuevas.

Para entonces estaba tan de la olla que empecé a hacer ejercicios de calentamiento como si no hubiera un mañana, a ponerme hielo al llegar y, en fin, a poner en práctica todos los trucos habidos y por haber. El churri me sugirió que preguntara a mis colegas runners de facebook por si alguno había pasado por lo mismo, y ahí saltó Fran: "Oye, ¿tú no habías cambiado de zapatillas hace poco?". Y se me acabó de encender la bombilla. Pues claro que no podía ser de las plantillas, llevaba un año con ellas y nunca antes me habían dado problemas. Así que a cinco días de la diez mil, me volví a mi antiguo combo plantillas+Saucony y la cosa mejoró sensiblemente. Tanto, que el día de la carrera no tuve que llevar la rodillera. Empecé a hacer cálculos y cantaron como Pavarotti: había empezado con molestias cuando llevaba cincuenta kilómetros con las zapatillas, y aún así las usé 120 kilómetros en total. Horror, terror, pavor.

Me sigue pareciendo increíble que un calzado inadecuado pueda causar tanto dolor y tantas molestias, pero el caso es que es así. 100 euros tirados a la basura. No sé cuál fue la causa, si el exceso de amortiguación o el haber cogido un número más, cosa que no debí haber hecho nunca puesto que las plantillas me las hicieron expresamente para un 39, no para un 40. El caso es que al hacer el juego de la rodilla al volver a poner el pie en el suelo, no tenía nada que me retuviera la retracción. Tendré que dejar esas preciosidades para andar y pedalear e ir ahorrando para unas Saucony nuevas, puesto que estoy corriendo con las viejas y las pobres están ya un poco maltrechas. Y lo cierto es que esto es una lotería, todo en la tienda queda cojonudamente, pero metidos en harina puede cambiar mucho el cuento. Moraleja: si estás cómodo con una marca, no cambies. Poner cuernos puede salir caro. Carísimo.

martes, 7 de octubre de 2014

LA CORUÑA 10 2014: CÓMO ACABÉ MI SÉPTIMA DIEZ MIL

Dorsal verde que me asigna el cajón plebeyo
Heeeey, queridos vaguetes, long time ago. ¿Qué tal os ha tratado el veranete?  ¿Habéis corrido mucho o más bien os habéis dedicado al dolce far niente en la silla de la playa? Los que habéis tenido la suerte de tener tiempo de playa, claro. Yo regreso decidida a seguir contando mis pocas gracias y mis muchas desgracias, así que antes de chafardearos mi carrera del domingo, voy a rebobinar un poco hasta donde lo dejamos la última vez. Creo recordar que andaba yo más contenta que el "Happy" de Pharrell Williams ampliando mis horizontes y estrenando mis nuevas zapatillas Asics, allá por junio, con muy pocos remordimientos de conciencia por haber puesto los cuernos a mis Saucony de toda la vida. Acabé el curso haciendo ya un rodaje de doce kilómetros semanales y con buen ánimo y a finales de mes tuve que parar unos días por motivos que no vienen al caso. En julio empecé a correr de nuevo y llegó la sorpresa, súbita y desagradable: un dolor espantoso en la rodilla derecha durante el primer kilómetro de rodaje. Como si me dieran con un bate de béisbol en mitad de la rótula. Hice caso omiso y seguí entrenando en plan tranqui, entre diez y quince kilómetros a la semana para no perder la costumbre.

Para cuando volví en serio ya en septiembre el dolor se extendía a ambas rodillas, me duraba toda la carrera y empezaba a afectar también a las espinillas, y entonces sí que me empecé a preocupar de verdad. No era capaz de correr más de un kilómetro seguido sin tener que andar un poco. ¿Cómo me las iba a arreglar teniendo mi primera carrera de la temporada a la vuelta de la esquina? Empecé con un método ensayo-error pensando que no podía ser nada de cuidado: sólo llevo tres años corriendo, hago pocos kilómetros a un ritmo de tortuga, nunca hice deportes de torsión, ni de torsión ni de nada, vaya... probé a echarme cremas de calor antes de salir, a ponerme rodillera, a echarme frío al llegar, a subir y bajar escaleras, a calentar a lo bestia, a pedalear a lo bestia... nada. Entonces empecé a pensar que la cosa tenía que ser de la suma zapatillas+plantillas. Solo tuve que hacer un rodaje con mis antiguas saucony y mis plantillas ortopédicas para erradicar el problema. Ahora tengo unas bonitas asics nuevas de cien pavos del ala que solo me sirven para pedalear, caminar y otras cosillas suaves. No sé dónde está el problema, si en el exceso de amortiguación o si en que por consejo de la chica de la tienda me llevé un número más, pero el asunto es que en el movimiento de retracción de la rodilla no me frenan y taloneo que da gusto, y de ahí el dolor. Comento todo esto por si le puede servir de ayuda a alguien que esté en la misma situación.

En fin, que el miércoles pasado ya tenía todo preparado para correr mi séptima diez mil, congratulándome porque habían cambiado el recorrido por otro mucho más asequible sin cuestas arriba, aunque un poco más feo. El índice de participación se anunciaba apoteósico y así fue: a cuarenta y ocho horas de la prueba había seis mil inscritos. Estaba tranquila, subsanado el problema de las rodillas lo único que quería era pasármelo bien y pasar de bajar tiempos, y, sobre todo, ir bien: el primer año fui con una contractura de cervicales y el año pasado convaleciente de un resfriado brutal. Solo pedía que los virus me dejaran en paz. No fue posible: el jueves me levanté con dolor de garganta y el domingo por la mañana era un puro ay de tantas agujetas que tenía de pasarme la noche tosiendo. Es lo que hay. ¿Me quedé en casa? Por supuesto que no, y menos después de lo que tuve que luchar contra la puñetera organización y su maldita falta de previsión. Acercaos, niños, ha llegado la hora de escuchar el cuento de los sapos y las culebras contado por la tita Morgana.
Punto uno: es la primera vez que llego a recoger un dorsal dos días antes de una prueba y me encuentro una cola de hora y media (sí, han leído bien) para hacerlo. Eso sí, en la planta de deportes de cierto centro comercial que suele estar más vacío que la nevera de Carpanta, por si acaso mientras te mueres de asco esperando se te ocurre comprar algo. Como decían los del foro de Correr en Galicia, tardabas más en coger el dorsal que en correr los putos diez kilómetros, incluso yo. Me pregunto cómo harán en carreras de cierta enjundia como la MAPOMA o la San Silvestre Vallecana, vaya...
Punto dos: ¿en qué cabeza cabe colocar la línea de salida en una zona que está en obras, con un estrechamiento en los primeros quinientos metros que va a provocar un tremendo embudo y cabrear, por consiguiente, al que vaya intentando hacer marca, y con el peligro añadido de los adelantamientos, pisotones, codazos, etc? Ah, sí, al que asó la manteca, cierto. La salida fue tan lenta que tengo un desfase de tres minutos entre el tiempo oficial y el tiempo neto.
Punto tres: sabiendo como se sabe por anteriores ediciones que en dicha prueba lo normal es que el día sea caluroso y soleado... ¿cómo es posible que en avituallamiento del kilómetro cinco no hubiera agua para todo el mundo? Y peor: ¿cómo pudieron dejar sin agua a los niños en su prueba de pitufos? Si, ya, claro, no se esperaba tanta participación, pero la carrera fue el domingo y la inscripción se cerró el martes. ¡No excuses! Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Vayamos al tajo pues. Amaneció un día estupendo, me levanté hecha un cristo después de toda la noche estornudando y tosiendo y decidí ir igualmente, que de retirarse siempre hay tiempo. Además, el churri iba a correr por fin después de un año en el dique seco y me hacía ilu ir juntos. Tras repetir como un mantra mil veces eso de "habla chucho que no te escucho" mientras mi madre y el susodicho desgranaban las mil y una razones por las que debería quedarme en la cama a pesar de no tener fiebre ni los bronquios comprometidos, enfilé hacia el paseo del Parrote muy convencida de que la cosa iba a ir bien. Trotamos y anduvimos en plan calentamiento hasta la salida, ya muy concurrida, y cada uno se fue a su cajón: el churri en el dos y yo para el último con los pobres pero honraos. Tuve un ataque de tos mientras esperábamos el pistoletazo y la gente me miraba con aprensión. No era para menos. Afortunadamente llevaba los tirantes del sujetador técnico abarrotados de clínex. La salida, fijada para las diez y media zulú, se retrasó unos minutos y fue lenta lentísima. Empecé a trotar pendiente de mi rodilla, que me dolía un poco, y en menos que canta un gallo ya estaba metida en mi séptima diez mil.
Como viene siendo lo habitual en mis últimas carreras, pasé de salir como un espútnik y no establecí la velocidad de carrera hasta el kilómetro tres, en que fijé el rodaje en unas semi-cómodas 174 pulsaciones de media, lo que suponía un ritmo de 6' al principio y un desagradecido 7' allá por el kilómetro nueve. En el tercer kilómetro muchos de los que me rodeaban ya iban combinando andar y correr. Yo conseguí no andar ni un solo centímetro del recorrido y hacerlo todo corriendo. En el kilómetro cuatro me llegó el momento revelación y mi único pensamiento era calcular cómo iba a invertir el medio litro de agua que me iban a dar en el kilómetro cinco. Normalmente bebo la mitad y me tiro la otra mitad por encima. El público animaba muchísimo. Es lo único bueno de que haga buen día. De la rodilla ya hacía rato que me había olvidado, más bien iba luchando por mantener mi garganta limpia de secreciones. Y es que no hay nada como una buena carrera para desatascar las cañerías, de verdad.

Por fin llegamos al avituallamiento y no quieran saber la cara de gilipollas que se me quedó cuando le dieron la última botella de agua al chico que iba delante de mí. ¡Y ver a todo el mundo tirando las botellas a medias mientras yo me moría de sed! A pesar de que no iba nada hecha polvo, la rabia me dio nuevas energías y empecé a gambear y a pasar gente como una loca. Y es que solo quedaban dos kilómetros para que empezara la cuesta abajo que conducía a la meta, cuesta que me conozco muy bien porque es la de la San Silvestre. Y cada vez iba más gente andando.

Mi culito y yo, lentos pero seguros
Para entonces yo ya rodaba a los malditos 7' pasando kilos de plantearme esprintar para intentar entrar en menos  tiempo. Si hubiera tenido agua... aún. A palo seco, ni de coña. Entre mocos y sudor creo que perdí un par de litros de líquido. Así que llegué a meta sin pena ni gloria, furiosa cuando vi la diferencia entre el cronómetro del arco y el de mi reloj de pulsera. Pero bueno, bien está lo que bien acaba. Por lo menos pude resarcirme en el avituallamiento de meta cuando me dieron dos botellas de líquido y el delicioso pan con pepitas de chocolate.
El churri entrando en meta y comprobando que no llega tarde
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Hala, se acabó lo que se daba. A otra cosa, mariposa.
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Agua... ¿dónde está el aguaaaa?
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 En fin, nada digno de destacar excepto que me estoy haciendo una experta en correr con virus a cuestas. A ver si la organización se esmera un poco más la próxima vez. Yo por mi parte empiezo una nueva temporada con nuevos objetivos, nuevos proyectos y nuevas ilusiones. Cuarenta y ocho horas después no me duele la rodilla, apenas tengo agujetas y sigo moqueando mucho. ¿Qué más se puede pedir?

Estaremos en contacto, vaguetes. No olvidéis que os vigilo. Mil besotes.

lunes, 2 de junio de 2014

HE VISTO EL HORROR Y ES HORROROSO: EL TORMENTO CHINO DEL FINDE

¡Segunda medalla! Todas las fotos son propiedad de Fata Morgana.
Gracias, Paula y Mónica por el reportaje.
 Hola, queridos vaguetes. ¿Qué tal os ha ido el mes? a mí no del todo mal, a la vista de la foto en la que salgo exultante con mi segunda medalla al cuello. La procesión iba por dentro, sobre todo por dentro de mis numerosos músculos. Me costó bastante ganarla. Pero vayamos por partes, ya sabéis que soy una gran admiradora de Jack el Destripador.
Tras un cambio de zapatillas y de rutina de entrenamiento (cambié Saucony por Asics y comienzo a aumentar el kilometraje de los rodajes largos, ahora mismo estoy en once) me dispuse a correr las dos últimas carreras de la temporada: la escolar del Salnés, celebrada por y en el colegio Abrente de Portonovo, con unos ridículos 3.800 metros, y la del cáncer, en La Coruña, de unos 5.000. Era la tercera vez que corría cada una de ellas y... ¡Oh, là, là!, que diría un gabacho ¿tenían que coincidir el mismo fin de semana, señorrrr?
Sí, estoy ya en plan runner envenenado: dos carreras en cuarenta y ocho horas, viernes y domingo. Cortas, vale, pero he dicho cienes y cienes de veces que da igual, cuanto más corta más rápido corres y al final sufres lo mismo, o más. No tenía pensado entrenar mucho esa semana, si acaso un rodaje suave el martes, pero el resfriado, ese convidado de piedra que jamás me abandona en el mes de mayo, que a mí en vez de con flores a María me vienen con virus asquerosos y mocos verdes, se personó alevosamente el sábado anterior. Bendita equinácea, que por lo menos minimizó los síntomas (que no los días de duración). Tras una semana asquerosa en la que hizo frío y no paró de llover, el viernes amaneció resplandeciente para torrarnos bien el colodrillo, cómo no, corríamos a las 12:00 zulú. Cogimos a los alumnos de los cursos superiores de primaria y a toda la secundaria y hala, al autobús. Yo, siguiendo la tradición, llevé la camiseta de la Maratón de A Coruña del mes anterior.
La carrera del Salnés es una tortura china, no tienen más que leer en este humilde rincón la crónica de las dos ediciones anteriores, con unas cuestas horrorosas rompepiernas y pulmones absolutamente impropias para una carrera con niños. Y a eso añadámosle el calor y el sol de justicia. Pues eso, casi es preferible lo de la gota de agua horadándote el cráneo lentamente.Lo pasé tan mal o peor que el primer año. Empecé con un ritmo más bien bajo, pero enseguida me dejé llevar por la masa crítica y a alargar la zancada mientras pudiera, es decir, hasta llegar a la cuesta. Y al igual que la primera vez, tuve que andar. Llegó la primera cuesta antes del paso de meta y no me corté un pelo: en el repecho final vi que se me estaba disparando el ritmo cardíaco más de lo deseable y anduve unos metros. Un paisano muy amable esperaba con una manguera y si querías, te regaba cual geranio derretido. Y yo quise.

Fresqui, fresqui, acabando de empezar. Así cualquiera.
Primera vuelta, cuesta abajo. Iba cantando.
Fin de la primera vuelta. Cara desencajada y patas Lina Morgan
Manuel y yo, contentísimos por no haber muerto en el intento
Si en la primera vuelta había gente andando a mansalva, en la segunda ya fue el despiporre. Yo seguí fiel a mi táctica y no volví a hacerlo hasta llegar nuevamente al repecho del 6,8 % de mis desgracias. Allí estaba mi alumno Manuel tan hecho kk como yo, así que decidimos entrar juntos en meta como si no pasara nada y fuésemos frescos como lechugas. Las fotos no hacen justicia a nuestras caras al más puro color rojo capote torero. Lo hicimos en 25' 11'', un minuto más que el año pasado en mi caso. Llegué de quinta en mi categoría, bajando un puesto con respecto a la edición anterior y me dieron medalla. Nuestro cole hizo varios podios, dos de ellos con el número uno.
Lo mejor, como siempre, la experiencia compartida con los chavales, animarnos unos a otros y quejarnos juntos al final de lo mucho que habíamos sufrido. Esta mañana aún seguíamos comentando la carrera. No me han quedado ganas de volver, pero lo haré por lo bien que me lo paso con ellos. Y por la medalla, para qué lo voy a negar. Al fin y al cabo es la única que voy a ganar al año, y eso con suerte.

Dicen en mi pueblo que si no quieres caldo, toma dos tazas, así que me ceñí a ello más que una faja spandex a un culo gordo y el domingo volví a la carga. Les diré que quedé tan reventada de la experiencia de Portonovo que la noche del viernes dormí diez horas seguidas de un tirón. El sábado me levanté un poco Robocop, pero era un dolor soportable que se fue desvaneciendo durante el día. La carrera del cáncer es un clásico obligatorio para mí, y además es (era) un recorrido muy agradable por el paseo marítimo de La Coruña. Sí, sí...

 Nuevamente, dorsal capicúa (el año pasado llevé el 858) y novedades en la camiseta, que cambió el algodón de toda la vida por la microfibra. Tan ligera que trasparentaba todo. Me dijo la chica que me la dio que tal despliegue se debía a la cantidad de gente que se había apuntado (había carrera infantil, andaina y dorsal solidario, además de la carrera absoluta). El sábado me fui a sobar más tranquila que un ocho, puesto que me tengo (tenía) chapado el recorrido, y aquí paz y después gloria.
Sí, sí... llego el domingo a la línea de salida y me veo a todo dios mirando pa Cuenca, o, lo que es lo mismo, del lado contrario del que solemos salir. Y ya fruncí el ceño. Eso no auguraba nada bueno ¿un cambio de recorrido?
El speaker cristalizó mis más negras sospechas al anunciar que se iba a subir al pulpo. Me explico: el pulpo es un ídem de esmaltes colocado en la parte más alta del paseo marítimo de La Coruña, coronando una pendiente del 7,1%, enfrente del funicular que lleva al monte de San Pedro. Es una cuesta horrorosa, yo cuando la hago en bici acabo bajándome en el repecho final y siempre se me ha llenado la boca diciendo que preferiría hacerla corriendo que pedaleando. Jamás la había hecho corriendo y, por bocazas, no iba a tardar mucho en "disfrutar" de la experiencia. Mi ceño se convirtió en una sima. Total, que cambiaron el recorrido, que antes era de dos vueltas y más o menos agradecido, por otro mucho más feo que daba la vuelta al estadio de Riazor, no sé si en honor a que el Deportivo había ganado la liga el día anterior, y  después enfilaba al jodido pulpo.
Entrando en meta escoltada por el churri


La salida fue bastante tranqui y yo me lo tomé también con calma, de hecho en los primeros 500 metros no bajé de 7'30''. Afortunadamente, no me iba resintiendo de nada de la carrera del viernes, y eso que el culo me había quedado bastante maltrecho. Y así pim pam llegamos a la cuesta del puñetero cefalópodo. Ni lo intenté. En el repecho más chungo empecé a andar. No anduve ni doscientos metros, lo juro por mi gps que me canta la distancia cada cuarto de kilómetro, y eso fue suficiente para que perdiera toda la ventaja que llevaba hasta entonces: iba a un ritmo de 6'. Lo peor, 
aparte del calor, la jeta que me ardía, el rayo de sol en mitad de la cocorota y los pulmones convertidos en bolas de fuego, era ver bajar alegremente a los que iban en cabeza sonriendo y dándonos ánimos en plan perdonavidas, sé que lo hacían con la mejor intención, pero en ese momento jode. Lo poco que puedes pensar, claro, el cerebro está a punto de entrar en colapso. En la bajada intenté recuperar lo andado pero fue imposible. En el kilómetro cuatro ya sabía que no podría superar la marca de 28' de la edición anterior. Y todo por culpa del pulpo.

Superada la meta, ensayo para el vídeo de Thriller, o busco en quién apoyarme, no sé
 Llegando a meta vislumbré con la poca capacidad para alegrarme que me quedaba la camiseta naranja del churri, pensando que por lo menos habría una mano amiga para recoger mis restos si caía fulminada al pasar por el arco. Apreté un poco, estimulada por sus palabras de ánimo, y crucé la meta en un tiempo neto de 32' 41" furiosa con el mundo y con el pulpo. Eso fue lo primero que me dijo el churri tras darme la enhorabuena y preguntarme si estaba bien: "¿Os hicieron subir al pulpo?" Con los pocos huelgos que me quedaban me deshice en improperios que él coreó con energía (la solidaridad es muy importante en esos momentos) y me fui para casa jurando no volver a comer pulpo en toda mi vida y mucho menos volver a presentarme a carreras de menos de diez kilómetros, que una ya va mayor y quiere cosas serias, y, sobre todo, planas.
Después, ya viendo los resultados, se me fue pasando un poco el cabreo. El capicúa me seguía persiguiendo: quedé de 808 de 890. No se conforma el que no quiere.
Y éste es, a grandes rasgos, el resumen de mi fin de semana runner, amigos. Con él termina mi tercera y más bien humillante temporada de carreras, que recomenzará con La Coruña 10, el 5 de octubre. Espero estar mejor preparada entonces, si consigo llevar al día mi nuevo plan de entrenamiento.
Un último apunte para mis nuevas zapatillas: estoy encantada con ellas. Cambié de marca y puse cuernacos a Saucony aconsejada por la chica de la tienda a la que suelo ir y que sabe que soy obsesa de la amortiguación. También he cambiado de número: un 40, obligada por las plantillas a medida que me corrigen la pronación. Entre una cosa y la otra mis rodillas han mejorado mucho. Ahora toca preparar los festejos de mi tercer runner-aniversario, que será en julio. Hasta la próxima y feliz carrera, vaguetes.