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viernes, 8 de mayo de 2015

44 MESES CORRIENDO. CÓMO TERMINÉ MI OCTAVA DIEZ MIL

recogiendo dosal
Sí, soy yo vestida de civil, ya ven, una tiene una vida fuera de las mallas y las zapatillas. De hecho, pasar un tiempo prudencial en mallas y zapatillas hace que la ropa de civil siente mejor, aunque no hace milagros. Lástima que el tiempo prudencial estos meses haya sido demasiado prudencial, nada de tirar cohetes. Tanto, que me pensé hasta el último momento si acudir o no a la diez mil paralela a la Maratón Atlántica, pero como hasta ahora había ido a todas las ediciones, no podía faltar. Además, este año el churri corría los 42 otra vez, tras el parón forzoso del año pasado. Idiota de mí, tanto pensar y repensar se saldó con una cuota de inscripción mucho más cara por haberme decidido la última semana. Tanta flojera no impidió que el día anterior tuviera una dosis importante de nervios, de todos modos.
El sábado por la mañana nos pasamos a recoger los dorsales y la bolsa por el exporrunning que habían situado en Palexco, como en años anteriores. Tras la recogida hicimos cotejo de regalitos y, evidentemente, había diferencia: bolsa de pistachos para los diezmiles frente a geles para los maratonianos; revista de hace seis meses para los menos valientes frente a revista de hace un mes para los más valientes. Diran que a qué viene eso de los valientes: pues viene al caso por los eslóganes que elige la organización para llevar en las (horrorosas) camisetas, y que no son del agrado de todo el mundo, por cierto. Mucho ha cambiado el cuento del diseño de la camiseta desde la primera edición, se lo digo yo, que las tengo todas (la versión humilde). Este año venía a ser algo así como "Correr es de (cobardes) valientes". De hecho, hacía más de un mes que la ciudad estaba plagada de carteles de ánimo. La organización del evento mejora de año en año, exceptuando, como decía, el diseño de las camisetas. A mí personalmente no me gustan, pero supongo que habrá gente que opine lo contrario, por supuesto.
Cuatro años seguidos sin faltar a la cita

En cualquier caso, da lo mismo porque jamás corro, salvo excepciones, con la camiseta conmemorativa de la carrera, pero ese día rompí una de mis reglas y estrené camiseta marca ACME porque me apetecía ir de rojo, caprichosa que es una, y así de paso estrenaba el pañuelo motero que me regaló mi amigo Rubén para tal ocasión. Con calaveras y todo. Como suele ser ya habitual en mí, la noche anterior dejé la percha preparada con todo lo necesario y, sobre todo, me encargué de colocar el chip en la zapatilla antes de nada, ya que hace dos años se me quedó olvidado en casa. Nunca me volveré a olvidar, si yo no me acuerdo ya se encarga mi amigo el Cabañés de recordármelo la noche anterior. Tras una noche de buen sueño (para mí, el churri durmió mal, supongo que por los nervios) amaneció un día perfecto para correr: nublado y sin viento. Como la salida de la maratón era a las ocho y media, a las ocho ya estábamos saliendo de casa. Esta vez el personal del dispositivo de apoyo en carrera (patinadores, ciclistas, policía, etc.) ganaba por goleada en presencia a los borrachos impenitentes que nos hemos encontrado otros años. Nos dirigimos al nuevo punto de salida: el Obelisco. Y es que todos los años cambian el recorrido. Para mi carrera, perfecto, todo por el Paseo Marítimo. El de la maratón, un horror de feo y, curiosamente, con paso obligado por delante de dos de las sucursales de cierto establecimiento patrocinador de la carrera, mire usted qué casualidad. El churri se fue a calentar y yo me quedé con Lorena, una de las seguidoras de ATC, a la que conocí en persona ese día. Un placer, Lorena.


A las nueve dieron el pistoletazo de salida de mi octava diez mil y los casi dos mil corredores que participábamos nos pusimos en marcha. Salida escalonada, producto del ancho suficiente que había para circular, y aún así en mi caso duró dos minutos. Eché a trotar sin objetivo definido más allá de acabar la carrera. Mantuve un ritmo de 6' durante los primeros cinco kilómetros sin resentirme en absoluto y prácticamente sin mirar el pulsómetro, de hecho casi ni me acordé de que lo llevaba. Ahora solo lo llevo a las carreras por pura precaución. Buena música en el iphone, como siempre. Enseguida conseguí inhibirme de lo que me rodeaba para concentrarme exclusivamente en la carrera que, en general, se me hizo tediosa a más no poder. A lo mejor era porque iba sufriendo poco. Y eso que la organización se había encargado de hacer más llevadero el recorrido con sus habituales bandas de rock situadas en puntos estratégico, además de los puestos de zumba y yoga. Un apunte: chapeau para el público animador, fue, con mucho, lo mejor de la carrera. Así da gusto correr.
O, por lo menos, daba gusto hasta el kilómetro siete, en el que estaba situado el avituallamiento. Si en mi diez mil anterior llevaba un desierto en la garganta y me quedé sin agua, esta vez era todo lo contrario, no tenía ni pizca de sed. De hecho, llevaba un gel en el bolsillo que le sobraba al churri de los que había comprado para su carrera, y me lo había dado para que lo probara. Jamás en mi vida he tomado una porquería de ésas ni la he echado en falta. Y entre que era de plátano (puaj), no tenía sed y estaba segura de que me iba a pringar como un crío de dos años al tomármelo, decidí que seguía mucho mejor reposando en el fondo de mi bolsillo. Y es que no se debe de probar nada nuevo en carrera, y menos un gel, que tienen fama de dar mal rollito intestinal de vez en cuando, y ésta no era la mejor ocasión para tener una cagalera, la verdad.

¡Craso error! En el kilómetro ocho empiezo a sentirme cansada y mi rendimiento comienza a bajar de forma alarmante. En el nueve, ya estoy viendo enanos de colores. Enfilo la última recta hacia meta, en la Calle Real, y por los exiguos laterales circula gente, entre la que destacan los que ya han terminado la carrera, que no para de animar. Yo ya no veo, ni oigo, ni siento, ni padezco. Solo quiero acabar y el tramo de la rúa Nueva, que no deben de ser más de 200 metros, se me hace interminable. En algún momento escucho mi nombre y algo así como "piensa en la birrita que te vas a tomar cuando acabes". Cruzo la meta en un neto hora y ocho minutos, lo cual no está mal teniendo en cuenta mi escaso entrenamiento. Por lo menos, no he empeorado. Y me siento satisfecha.
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championchip norte

Mientras tanto ¿qué tal le iba al churri? Pues no lo sabía porque, al igual que el año pasado, no nos mezclaron en el recorrido. En cuanto terminé lo mío y dejé el chip me fui al puesto de protección civil a informarme de si había habido incidencias, por si las flais. Tampoco estaba demasiado preocupada, era la tercera vez que corría la maratón. A la una menos veinte le estaba abriendo la puerta de casa y lo vi llegar con la medalla colgada al cuello y las zapatillas en la mano, bastante satisfecho, puesto que terminó en 3:28. Si bien no superó la marca de 3:14 de la última vez, consiguió acabarla en un tiempo más que aceptable, teniendo en cuenta que tampoco había entrenado lo suficiente. Bien está lo que bien acaba, y nos verán en próximas ediciones, por lo menos a mí. Próxima diez mil, en octubre, y ya será la novena. Ayyyy, cómo pasa el tiempo, poddió.



En fin, y para terminar: excelente organización y todavía más excelente público. La maratón atlántica empieza a tener cierto peso específico y sería deseable que tuviera también  más poder de convocatoria, pero claro, en lo de correr 42 kilómetros de vellón, muchos son los llamados y pocos los elegidos. ¿Y tú qué? ¿Has escuchado la llamada?

Nos veremos.

martes, 8 de octubre de 2013

LA CORUÑA10 2013: CÓMO ACABÉ MI QUINTA DIEZ MIL

Foto propiedad de Fata Morgana
Gracias, Bruno, por tirar la placa
Yo no sé si tengo mala suerte, querencia a los bichos o simplemente el síndrome de Calimero (ser quejica), pero el caso es que ha vuelto a suceder: la semana anterior a una carrera voy y me cojo un trancazo de mil pares de narices, nunca mejor dicho. Ya no tenía muchas ganas de acudir a mi segunda cita con La Coruña10, considero que es demasiado pronto después de los excesos veraniegos y siempre voy mal entrenada, en verano bajo el ritmo y en septiembre, entre la vuelta a casa, la vuelta al cole y la vuelta en general, tardo en empezar a correr como es debido, pero como la había hecho el año pasado y me picaba la curiosidad de ver cómo me iba este año (la curiosidad mató al gato, dicen)  y además quería testear las nuevas plantillas en carrera, pues me apunté, y seis días después las cataratas del Niágara en forma de mocos se apoderaron de mi organismo sin pedir permiso ni nada, oiga.
Total, que ya iba yo poco fina, saliendo seis o siete kilómetros en plan tranqui un par de días a la semana cuando el martes 24, a doce días del magno evento, me caigo con todo el equipo, lo que me jode al cuadrado porque me impide: 1. Entrenar; 2. Ir a tope de power aunque no entrene, que ya sé yo cuánto me duran los catarros, quince días como poco. Y, por supuesto, pasándolo de pie y trabajando, que no están los tiempos para coger bajas con la subsiguiente bajada de sueldo. En fin, hostias por todos los lados. Para rematarla, no corría diez kilómetros seguidos desde abril, cuando hice mi última carrera, y cuando empecé a pensar en semejante totum revolutum así como to junto, qué quieren que les diga, me hice kk. Salpimiéntese todo esto con el hecho de que el domingo anterior, a ocho días del magno evento y algo recuperada del síndrome del trol (léase catarro) bajé a trotar un poco y en el segundo kilómetro tuve que andar porque no podía con los huevos que no tengo hasta completar la miserable distancia de cinco kilómetros corriendo/andando, y el resultado fue decir: no voy. Suicidios, los justos.

Pero como soy una maldita mula y había cotizado ya los siete pavos de la inscripción con todo lo que eso conlleva, que si la pasarela, que si meter el pin, que si me dan un código que siempre tecleo mal, que ni hacer la declaración de la renta es tan complicado, coño, y perder todo ese chollo me daba así como penita gorda, decidí no precipitarme y pensármelo muy mucho hasta el día seis a las diez cincuenta y nueve zulú. La carrera empezaba a las once. Así que el sábado a las nueve de la noche empecé a preparar las cosas con mi orden y concierto acostumbrados: el chip antes que nada, ya dije que JAMÁS se me volverá a olvidar en casa, el suje técnico, los gayumbos de la suerte (un día contaré de qué va eso), calcetos bajos, camiseta sisa y pantalón corto, que el año pasado me cocí a fuego lento, el pulsómetro, la cinta y, cómo no, el pañuelito motero, que nunca me abandona por su polivalencia: si hace calor impide que se me derrita el coco y me caiga el sudor en los ojos y si llueve absorbe el agua para que no me caiga por la cara, y ocupa menos que una gorra. Como había procurado dormir poco la noche anterior (léase ir de juerga) para tener sueño la siguiente, me largué una sobada de diez horas, sí, diez, han leído bien, y el domingo amanecí fresca como una lechuga recién regada y resignada a sufrir lo que fuera que me esperara. Me despidió el churri en la puerta algo contrito, esta vez él no corría, sigue con molestias fuertes en el pie.
En la calle se dispersaban los últimos coletazos de niebla otoñal y el día se anunciaba despejado, caluroso y sin viento, propio del Octubre coruñés. Excelente lo del viento, pero teniendo en cuenta que casi todo el recorrido transcurría al sol, la cosa no pintaba bien. Yo iba repitiendo mi mantra hacia la línea de salida: "si no te encuentras bien, te retiras" y "nada de pasar de las 175 pulsaciones".
La zona de calentamiento era un hervidero de gente, creo que había apuntados unos 3500 pares de gambas, de los cuales llegaron a la meta unos  dos mil doscientos y pico, treinta y siete de ellos después de la que suscribe. Pero no adelantemos acontecimientos. Calenté ligeramente, di una vuelta a ver quién estaba y solo encontré a Bruno, que iba de miranda esta vez para apoyar a su equipo y me encaminé al cajón 4 con el resto de los runner-plebeyos, los que no bajábamos de 57 minutos, y a mucha honra. Odio esperar en el cajón, me pone nerviosa, así que me calcé los cascos intentando concentrarme hasta que sonó el disparo. La salida fue lenta y en general escalonada, incluso educada, nada de empujones ni adelantamientos por la derecha y sin intermitente. Y yo tampoco me aceleré, esta vez decidí dejar mi usual estrategia de "toro en los sanfermines" para mejor ocasión y dosificar bien mis fuerzas. De hecho, no cogí mi velocidad de crucero hasta el tercer kilómetro.
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Foto por cortesía de dietaydeporte

Tuve buenas vibraciones desde el principio, corría relajada y sin esfuerzo. Llegó la primera cuesta, que el año pasado se me había antojado un ocho mil, aminoré y resolví sin resollar, aceleré en la recta y, a mitad de ella, encontré un culito, o, más bien, un culito me encontró a mí. La propietaria del trasero me adelantó, yo la adelanté en el kilómetro siguiente, después me volvió a rebasar ella y así estuvimos jugando al tuya-mía y yo usándola de liebre, ella a mí no sé, hasta que en el kilómetro siete pegué un acelerón y la perdí de vista. No fue por competitividad, que aquí cada uno compite solo contra sí mismo, me fue genial para mantenerme entretenida y alejada de negros pensamientos en la parte más dura de la carrera, la que transcurre bajo un sol de justicia. En el cinco y medio una necesidad empezaba a atormentarme: ¿Dónde coño estaba el puesto de avituallamiento? Me estaba achicharrando. Al final, el oasis apareció en el seis, y con él el churri, que había bajado, con la lógica preocupación, para enterarse de si había enviudado o, si por el contrario, tendría que seguir aguantándome una buena temporada. Le dije que iba bien, y era la pura verdad, a pesar de que en algún momento rodaba a 187 pulsaciones. Ni un dolor, ni un sofoco, ya había conseguido disociar mi cuerpo en partes y las piernas iban independientes de la cabeza. Tirarme toda la botella de agua por encima sofocó gran parte de mis miserias. En el puesto de control del siete trescientos una señorita muy morruda con pinta de no tomar suficiente fibra me dijo que me quitara los cascos y el buen rollito que me iba dando la excelente versión de HIM del "wicked game" de Chris Isaak se fue a tomar por saco. Decidí no volver a ponérmelos y concentrarme a tope en los tres kilómetros que me quedaban. Tenía dos opciones: acabar manteniendo el ritmo, que empezaba a ser incómodo pero soportable, o intentar bajar de la hora y siete de mi última diez mil y terminar destrozada. Elegí lo primero, al fin y al cabo, era la primera carrera de la temporada y mis cañerías aún tenían una cierta cantidad de porquería mucosa que me lo iba a poner difícil. Enfilé el ocho, la calle donde vivo, y el churri estaba de nuevo allí gritándome que iba a acabar y que si iba bien. Levanté un dedo en señal de ok y la cabeza hacia casa, a ver si mi madre estaba esta vez en la ventana. Y sí, estaba. Saludé con más entusiasmo del que sentía, la carrera ya empezaba a pesar y la tentación de meterme en el portal también, y me sumergí en la vorágine, porque ya empezaba a correr por el centro y el público iba creciendo y no paraba de animar. Choqué manos de niños y agradecí los ánimos a los corredores que ya iban totalmente relajados de regreso, que por cierto, repetían siempre lo mismo: "venga, que ya queda poco". Y cuando me quise acordar, ya estaba en el kilómetro nueve, lo que he dado en llamar "la tortura psicológica de la organización". Y es que no me negarán que es una putada vil y rastrera hacerte pasar por delante de la meta cuando solo (o aún) quedan mil metros para terminar, cuando ya vas hecho mierda, viendo enanos de colores y tan jodido que si te mareas no eres capaz ni de decir tu nombre a los servicios de emergencia porque ni te acuerdas. Ese puto último kilómetro es el peor, y no debo de ser la única que lo piensa, porque cuando iba pasando a un señor que resollaba como un motor de cuatro tiempos, el hombre me soltó algo así como "Esto es horroroso, horroroso...". Le balbuceé como pude aquello de "venga, que ya queda poco", original que es una, al tiempo que también me lo repetía a mí misma, mientras pensaba dónde coño podría denunciar a esta gente por tortura mental, y eso que no le di caña a tope y crucé la meta en un tiempo neto de 01:08'15" con bastante presencia de ánimo, un minuto más que en mi anterior diez mil, y casi cinco minutos menos que en la carrera del año pasado. Entregué el chip, cogí la botella de agua y me marché para casa más contenta que unas pascuas, por los siguientes motivos (léase no se conforma el que no quiere):

  1. No la palmé.
  2. Acabé la carrera, a pesar de ir convaleciente y con poco entrenamiento.
  3. No llegué de última.
  4. Gestioné bien las fuerzas y no llegué destrozada. El año anterior había llegado mucho peor y cinco minutos más tarde.
  5. Corrí bien concentrada, relajada y contenta.
  6. No me dolió nada (en carrera, el día siguiente ya fue otro cantar).
Motivo especial de satisfacción para mí ha sido el hecho de que cuarenta y ocho horas después de la hazaña no me duele ni me ha dolido la rodilla que me tenía amargada desde hacía seis meses. Ahora toca descansar un poco, volver a coger el ritmo y empezar a preparar la San Silvestre. Pero esa ya es otra historia, y ya llegará el momento de contarla, espero. Solo pido que los virus me respeten esta vez. Hasta la próxima, vago-runners.



lunes, 4 de marzo de 2013

PADRÓN 2013: CÓMO ACABÉ MI TERCERA DIEZ MIL

Foto propiedad de Fata Morgana
Para quien se lo esté preguntando, ya le respondo por anticipado que sí: Padrón es la localidad de donde son los pimientos que a veces pican. Y además celebra un par de carreras importantes al año, hasta tal punto que ésta, la popular, que va por su undécima edición, tiene homologada la distancia desde el año pasado y eso ha hecho que cada vez haya más nivelazo en los participantes. Así que no pude remediar sentirme como un pulpo en un garaje.
Había ido a Padrón dos veces como ayudante de campo anteriormente y siempre me gustó el ambientazo. Como antes de la absoluta hay carreras en otras categorías, aquello está petado de gente animando. Es un público encantador el de la localidad coruñesa, no paran de animar. Ojalá hubiera podido contestar a todos los que me transmitieron su solidaridad, pero estaba demasiado ocupada en seguir existiendo.
En fin, vayamos por partes que yo enseguida empiezo a divagar. Empezó la carrera a las seis de la tarde, unos ochocientos y pico participantes. Mucho nivel, mucha camiseta de club de atletismo. Cuatro cajones, mi marido al dos y menda lerenda al cuatro, con la plebe, que una es muy plebeya y muy working class. Toda la semana haciendo el vago sin entrenar ni una sola vez, última salida, el domingo anterior cinco paupérrimos kilómetros. La ola de frío me había anclado al sofá como una garrapata al cogote de un perro. Por la mañana, aprovechando el día radiante, nos habíamos dado un paseo de cuatro kilómetros para darle un poco de vidilla a los cuádriceps, y ése fue todo mi entrenamiento semanal para tan magno acontecimiento. Toma ya.
El recorrido de la popular de Padrón consiste en dos vueltas de cinco kilómetros bordeando el río. Es muy agradable y relajante para pasear. Correr es otra historia, porque en la segunda vuelta te da la impresión de estar teniendo un dejà vu de los malos, de los chungos, que si ya ibas jodido en la primera ronda, en la segunda ni te cuento, siempre llevas cinco kilómetros más a tus espaldas, jodido al cuadrado. Por lo menos, no había ni lluvia ni viento ni calor que vinieran a prolongar mi sufrimiento. Afortunada que es una. 
Como siempre, mi estrategia de carrera fue el socorrido "sálvese quien pueda" en cuanto oí el pistoletazo: gambear todo lo posible hasta que mi maltrecho organismo empiece a dar señales de colapso inminente. Me dejé llevar por la marea, que pateaba a cristo y a su madre, ya dije más arriba que había nivel, Maribel, y en el primer kilómetro ya llevaba un bagaje considerable para conseguir mi objetivo: terminar en una hora y diez. Mi última diez mil la había acabado en hora y doce, allá por octubre. Iba yo los primeros quinientos metros muy animada por la música de B-Movie cuando noté que me tocaban en el hombro. Era una corredora tocapelotas que me informaba de que no se podían usar cascos durante la carrera. Le dije que mientras no me avisara nadie de la organización iba a seguir oyendo música. Y entonces rebobiné. Efectivamente, el año pasado yo estaba situada en la meta haciendo fotos y en el paso de los cinco kilómetros el juez había amonestado a unos cuantos con el tema de los auriculares.
En el kilómetro dos ya había establecido el ritmo de carrera (179 ppm) puesto que el trazado era completamente llano, y corría bastante eufórica, a pesar de que me iba pasando hasta el tato. Entre el 4 y el 5 pensé que ya iba de última, sobre todo cuando me pasaron doblados los cuatro primeros en llegar a la meta. En el paso de los cinco había muchísima gente animando y animándome a mí, por cierto. El juez me señaló los cascos e hizo un gesto negativo con un dedo tan amenazador que podía servir para hacer tactos rectales. Asentí con la cabeza y me los quité. Una chica del público me dijo que no le hiciera caso y que siguiera con ellos puestos, así que me los fui poniendo intermitentemente, cada vez menos.
Fue chungo hacer la segunda vuelta completamente sola y sin más entretenimiento que mi propia respiración, entrecortada y jadeante. Pero como para entonces ya andaba yo haciendo multiplicaciones y divisiones (con lo mal que se me dan las matemáticas, poddió) para intentar calcular si podía acabar en hora y siete, no lo llevé demasiado mal. La velocidad de crucero estaba adquirida y me sentía contenta por poder hacer los diez kilómetros a menos de siete minutos por kilómetro. En el kilómetro siete, hablando de números proféticos, me empecé a encontrar con algunos que, acabada la carrera, estaban dando una tercera vuelta al circuito. Sólo de pensarlo entré en agonía.
En el kilómetro nueve ya estaba mi marido esperándome para hacer el último tramo conmigo hasta la meta. Le semibalbuceé que iba más o menos bien y que intentaría la hora y siete, pero la verdad verdadera es que ya no podía con el culo, ni con los pulmones, ni con la más mínima célula de mi cuerpo. Crucé la meta en una hora, ocho minutos y dos segundos. Teniendo en cuenta que días antes firmaba sin mirar la hora y diez, me siento satisfecha. Lo que ya me gustó muchísimo menos fue la idea de volver a cerrar la lista de participantes que llegaron a meta, ya me estaba acostumbrando yo a dejar a unos cuantos por debajo. A lo bueno se acostumbra uno enseguida, ya sabemos.
Otros años recuerdo que el avituallamiento de la meta era espectacular, parecía las bodas de Camacho. Iba yo ya los últimos kilómetros relamiéndome pensando en una isotónica, así que ni les cuento la cara de gilipollas que se me quedó cuando llegué al puesto y vi que sólo quedaba agua, muchas manzanas y UNA miserable barrita de cereales que desapareció por mi gaznate más rápido que decirlo. Del masajista, ni trazas, pero tampoco me hacía falta. No tuve el menor dolor durante la carrera, a excepción del culo en los últimos kilómetros y una pequeña torcedura de tobillo en el kilómetro cinco que no me impidió seguir gambeando.
Y cuando ya íbamos hacia el coche, la sorpresa final: nos cruzamos con el que llegaba de último, o de penúltimo, no lo sé. Un señor bastante mayor con más moral que el alcoyano y con un aspecto bastante más fresco del que llevaba yo unos ocho minutos antes. Inmediatamente pensé en que el pobre hombre no iba a tener ni una miserable barrita de cereales, puesto que yo acababa de comerme la última. Los de championchip, como siempre, rapidísimos, sacaron los resultados al poco rato y podías consultar el tuyo a través del código QR que incluía el dorsal. Viva la tecnología. Así me enteré de que había llegado de antepenúltima y de última entre las cien mujeres que habían corrido. Y yo encantada: había cumplido mi objetivo en dos minutos menos y no me había muerto. ¿Qué más se puede pedir?
Y es que la cosa es como le dije yo a la del puesto de control del 7,5: no es peor que parir.

jueves, 14 de junio de 2012

ONCE MESES CORRIENDO: ME TOMO UN DESCANSO


Imagen: www.granadablogs.com
Ufff, casi un año ya, qué rápido se me ha pasado. Un año desafiando todos los elementos, lluvia, frío, sol, viento, abulia, apatía, pereza, dolores y agujetas varios... y cuando ya estoy a punto para el cumpleaños, voy y me tomo un descanso. Precisamente el otro día en la página de facebook de la revista Runner´s world preguntaban a la peña si descansaban o no y yo contesté un NO rotundo, jaja. Pues me tuve que comer las palabras, porque al día siguiente así, a lo tonto, me cogí diez días de descanso. Lo necesitaba, me lo pedía el cuerpo. Y este martes retomé en plan suave y con muy poco acierto por mi parte, todo hay que decirlo. Porque junio es un mes maldito para mí, es fin de curso y me agobio sola, aunque después me dé tiempo a hacer todo. En mi cabeza se dispara el chip del estrés y no lo puedo remediar. Total, que los días que me tocaba salir a correr me quedé en la cama sobando, para qué voy a mentir. Y muy bien que me vino, por cierto. No es la primera vez que lo hago, pero en invierno, si no iba por la mañana, lo hacía al mediodía y tan ricamente. Pero es que ahora no se puede correr al mediodía, ni siquiera aquí, que hace un tiempo de mierda. Hace ya demasiado calor. Es lo que hay y no me arrepiento, a pesar de que he perdido facultades, o eso me parece a mí, que soy un pus. Creo que he hecho bien, teniendo en cuenta que me espera un plan espartano a partir de julio, con cuatro salidas a la semana a distintos ritmos. ¿Lo soportaré?

Y es que en los últimos meses he notado una gran mejoría gracias a eso: combinar distintas velocidades. Aparte de que combate el peligrosísimo riesgo de aburrimiento (y, consecuentemente, de abandono), entrenar a distintos ritmos evita adocenarse y que el cuerpo se acostumbre a hacer siempre lo mismo. Mucho renegaba yo del Galloway, pero está claro que es bastante efectivo dedicarle un día a la semana. Hasta ahora ese día me dedicaba a correr/andar simplemente. Ahora ya lo hago en un rango específico de velocidad, jugando con las pulsaciones. Hoy, por ejemplo, me dediqué a correr a 6.30 hasta llegar a las 160 pulsaciones y después a andar hasta bajarlas a 120. ¿Que cómo sé que corro a 6.30? Gracias a la lista de reproducción musical, que lleva temas que suenan a unos 148 bpm, ya hablé de eso en otra ocasión. A medida que vaya aumentando la velocidad en las salidas de 5 y 10 km, iré cambiando la lista de reproducción a 6, 5.30, etc.  Estoy empezando a un ritmo muy suave, como cuando me inicié en esto del running. Visto que once meses después no he abandonado, está claro que conmigo la suavidad funciona.

No creo que haga gran cosa en las cuatro semanas que quedan hasta mi runnercumpleaños, aparte de retomar el ritmo y preparar la tarta. A ver qué hacéis vosotros entretanto, vagorrunners. Nos vemos prontito

miércoles, 11 de abril de 2012

NUEVE MESES. DIEZ KILÓMETROS. OBJETIVO CONSEGUIDO

imagen propiedad de Fata Morgana
Tiene gracia. Escribo esta entrada en una semana de descanso. La primera que me permito desde que empecé a correr. El domingo tengo mi primera carrera de diez kilómetros y no quiero ir sobrecargada, así que me he tumbado a la bartola. Para la San Silvestre cometí el error de hacer dos salidas la misma semana y en carrera las espinillas me mataron. Así que esta vez descanso, a ver qué pasa.
Me ha ido muy bien este mes y creo que por ahora mi plan funciona. Para evitar quemes innecesarios, fijé las salidas en una hora. Tres a la semana. A distintos ritmos. Los lunes en plan suave, a siete kilómetros por hora. Los miércoles con el Galloway, corriendo hasta las 160 pulsaciones y andando hasta las 120, con lo cual la cosa sale como a 300 m andando y 700 corriendo, y los viernes a ritmo más rápido, entre 150 y 160 ppm, unos ocho kilómetros en una hora. He conseguido bajar a 1:14, cinco minutos menos desde el mes anterior. En total, 120 km de carrera y 20 de senderismo. Sí, me merezco un descanso, qué carajo. Y como el tiempo tampoco acompaña y odio correr bajo una manta de agua, pues no me arrepiento, aunque sí tengo gusanillo y tengo ganas de que llegue el domingo.
Bueno, he conseguido mi segundo objetivo desde que empecé a correr (o el tercero, ya no lo sé), correr una hora seguida y correr diez kilómetros. Y como soy un culo inquieto y necesito retos, ya me planteo el siguiente, que, como se imaginarán, no es más que unir estos dos últimos: correr diez kilómetros en una hora. Y para ello me doy un año. A lo mejor es mucho tiempo, no lo sé. Me gusta ir con calma. Conseguí hacer la media hora seguida tres meses antes de lo que imaginaba, pero ahora es más complicado, puesto que implica correr más rápido manteniendo el mismo ritmo cardíaco. Y si no lo consigo, pues tampoco pasa nada. No voy a dejar de correr por eso. No tendré la siguiente carrera hasta octubre, a no ser que surja algo apetecible entre medias, alguna cosilla de cinco o seis kilómetros, por ejemplo. Y empiezo el reto nuevo el miércoles que viene, que para entonces espero estar completamente recuperada de la carrera.
Hablando de la carrera, parece que va a caer la mundial. Tras dos meses de tiempo seco tiene que venir la lluvia justo ahora. Odio ir poniéndome como un pito. No me importa cuando entreno, me pongo el cortavientos y la gorra y ya está. Pero en carrera el dorsal no puede ir tapado, así que toca ir a cuerpo. Al cabo de un rato, las zapatillas empiezan a hacer "chof" y a pesar bastante más. Esta carrera la organiza la Federación Galega de Atletismo y se han revelado como unos tiquismiquis de cuidado, sobre todo con la maratón que se va a desarrollar paralelamente a la prueba de diez kilómetros (y que es el gran acontecimiento, claro. Los diez kilómetros son de "relleno" por así decirlo): no dejan llevar avituallamiento propio, ni acompañantes en carrera, ni aparatos musicales... ¿quién aguanta 42 kilómetros sin oír música? Yo voy a llevar música igualmente, llevo todo el mes entrenando los viernes con la lista preparada para el evento, con los temas en un determinado orden. Aquí os la dejo, por si resulta inspiradora para alguien. Mucha suerte a todos los que corréis en las diversas carreras que se celebran este finde.

miércoles, 14 de marzo de 2012

PIENSO, LUEGO CORRO

imagen por cortesía de blogs.adidasla.com
El otro día aconsejaba yo a mi amigo Jorge, que, al igual que mi marido, prepara su primera maratón, el libro "42 reflexiones y 195 metros". Va sobre lo que piensa un tío mientras corre la maratón. Precisamente el otro día hablábamos de los pensamientos chungos que te atacan por todas partes cuando corres y la falta de glucosa empieza a hacer de las suyas en tu runnercerebro. Mi marido, que ya tiene varias medias maratones a sus espaldas, siempre dice que a partir del kilómetro diez el tema de la pijotera empieza a ser bastante más jodido que el de las patas. Y digo yo... si ya empiezo a tener pajas mentales desde el kilómetro uno, qué será cuando lleve doce...
Es por ello que hoy presento un recopilatorio de las muchas estupideces que se le pueden ocurrir a uno mientras corre. A mí misma, sin ir más lejos. Cualquier día en un entrenamiento cualquiera, ni siquiera teniendo encima la presión de ir en carrera.
Kilómetro 1. Joder, cómo me duelen las rodillas. A ver si pasa pronto este kilómetro. ¿Pero cómo es posible que vaya ya a 145 pulsaciones si acabo de empezar? No tenía que haber fumado después de desayunar. ¡Qué frío! ¿tendría que haberme puesto la camiseta de manga larga?
Kilómetro 2. Joder, cómo me duelen las rodillas. ¿Pero qué cojones pasa con las fases lunares? Siempre me toca entrenar en marea baja, coño. Qué asco, qué olor a huevos podridos. Voy a echar la potaaaa. Y dice el alcalde que la ría está limpia. Lo metía yo un par de horas para que cogiera el tifus. Mierda, ahí empieza el corredor de la muerte (zona en obras que obliga a correr pegado a los coches respirando su pestilente humo y por donde no caben dos personas). Espero que no haya muchos coches. Oh, no, ahí vienen dos viejas... ¿por qué tengo que dejarlas pasar? ¿Por qué no van por la acera, coño?
Kilómetro 3. Joder, cómo me duelen las rodillas. ¿Llevo las llaves de casa? Me estoy asando. ¿Cuándo aprenderé a salir con menos de dos mangas? Mierda, me están cayendo los mocos... Larga de ahí, perro, como me muerdas te daré una patada en los hocicos... Por cierto ¿qué habrá sido del tío triste con el perro triste? ¿Estará malito? Hace lo menos tres meses que no lo veo. La verdad es que el que dijo que perro y dueño acaban pareciéndose tenía razón.
Kilómetro 4. Nota mental: tirar estas bragas en cuanto llegue a casa. Se me meten por el culo. Tercer puente: eso es lo malo de las ciudades con río. Eh, capullo, déjame pasar, es un paso cebra. Vaya, ahí va la cursi que anda. ¿Pero cuántos kilómetros hará al día esa mujer? De todos modos, no le presta mucho, yo le veo el mismo culo que hace seis meses. Pensándolo bien, yo también tengo el mismo culo que hace seis meses... bueno, un poco más arriba, quizá.
Kilómetro 5. Venga, que ya queda sólo la mitad. ¿Qué le pasa al maldito mp3? ¿Dónde están los temas de AC/DC? Ah, jajaa, ya empiezan a aparecer los machacas del centro de tecnificación. Bah, corren por obligación. Esto tiene que ser un hobby, algo placentero. ¿Si es placentero por qué coño estoy sufriendooo? Qué bien van los marchadores. ¿Será muy difícil hacer marcha? Mierda, me adelantan todoooos. 158 ppm. Afloja, tía, afloja, eso no te conviene nada. Eso es, clava en 150. Cuando acabe la cuesta y des la vuelta será tu momento de gloria. ¡A volaaaar!
Kilómetro 6. Nota mental urgente: sacar de la lista de reproducción los temas de Steel Dragon y cargar los de Black Sabbath. ¿Y qué desayuno? Qué hambreeee. 270 calorías gastadas. ¿Sólo? Eh, capullo, déjame pasar. Es un paso cebra. Tengo que hacerme la lista de reproducción para la carrera. ¿Dejarán llevar ipod? A mí me resulta mucho más estimulante correr con música, sobre todo si voy a ir de última y me va a dar una vergüenza de la hostia.
Kilómetro 7. A un tercio del triunfo. Una maldita hora corriendo. Eres grande, Morgana. Y si fueras al doble de velocidad lo serías todavía más. Mañana vas a tener tantas agujetas que van a tener que contratar una grúa para levantarte de la cama, ya verás. Por lo menos ya no me duelen las rodillas. ¿No me duelen porque no me duelen o no me duelen porque me duele todo lo demás y ya no noto las rodillas? Mierda, se me mete el sudor en los ojos...
Kilómetro 8. ¿Por qué me mira todo el mundo? ¿Tanta cara de sufrimiento llevo? Pues no es para tanto, ya me da todo igual. A lo mejor podía seguir así hasta la Conchinchina. ¿Dónde estará la Conchinchina, por cierto? ¿Existirá de verdad, como Las Batuecas? Ooootra vez el corredor de la muerte. Bueno, peor será cuando el puente nuevo esté hecho, habrá que ir al quinto coño para cruzar. ¿Cuánto faltará para que lo terminen? ¿Qué mira, señor? Las mujeres también escupimos. Dé gracias a que no lo hago en sus pies... ni en los míos. No me lo puedo creer, debo de estar flipando por la falta de glucosa. Uno de los pescadores pringaos ha pescado un mújel. Es la primera vez en catorce años que veo que aquí se pesque algo que no sea un tifus. ¡Y qué grande es, qué ascazo!
Kilómetro 9. ¿Ya son las once y cuarto? Realmente no tengo por qué correr más, puedo dejarlo ya. Si lo dejo ahora me dará tiempo a estirar. Estirar es muy importante, tanto como correr, sí, debería dejarlo. Aunque bien pensado... sólo queda un kilómetro. ¿Te vas a rajar ahora por un puto kilómetro? ¿Qué miráis, pringadas? ¿Envidia? Yo corro, vosotras andáis, y aún encima, lento. Me tienen que faltar menos de quinientos metros, quinientos metros, quinientos metrooooos. Va a haber que estirar a toda leche. Sorry.
Kilómetro 10. ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí y no me he muerto! Adiós, puto pulsómetro. Quiero estirar, desayunar, ducharme y fumar, pero no sé en qué orden...

Y eso que el footing relaja. ¿Se imaginan esto durante 42 kilómetros y 195 metros?




martes, 13 de diciembre de 2011

CINCO MESES. SEIS KILÓMETROS. CRUZANDO LA FRONTERA.

            En 13 y martes ni te cases ni te embarques. Y tampoco corras, al parecer. Ya sé que hay machacas que aguantan estoicamente su marcha a 4m/km bajo una manta de agua, pero a mí me cuesta bastante. No tanto si la mojadura me pilla por el camino. Pero salir de casa sabiendo previamente que me voy a poner como un pito no me mola nada. Así que llevo tres días en el dique seco bastante cabreada. Hoy no podré celebrar mis cinco meses y un día corriendo, porque no es que caiga una llovizna, llevamos un par de días en alerta naranja. Y la opción de correr en cinta de gimnasio ni se me pasa por la cabeza, me da claustrofobia. Hay que ver la parte buena: mis agujetas tendrán un merecido descanso.
            Este último mes, solventados los problemas de dolor de espinillas, he conseguido pasar la frontera de los seis kilómetros, así que sólo me queda 1,7 para llegar a lo requerido en la San Silvestre a la que, por cierto, ya me he apuntado. Trotaré junto a unos cuantos conocidos, mi marido entre ellos. Por lo menos habrá algún familiar para recoger mis restos. Es un pensamiento francamente consolador. Dispongo más o menos de una hora y cinco minutos para hacerla y no sé si llegaré antes de que cierren la meta. Por lo menos tendré la camiseta oficial y podré tomar roscón de reyes al llegar, si llego.
            La verdad es que estoy contenta: este mes he conseguido pasar a entrenar en zona 70-80% de frecuencia cardíaca máxima. Ya le voy perdiendo el miedo al colapso. Y he rebajado un poco el tiempo, no mucho, pero me lo tomo con calma. Ya pienso en nuevos objetivos: me gustaría poder correr una hora seguida, sólo me quedan 15 minutos para lograrlo y tengo una motivación poderosa: combatir los excesos navideños.
            Para no aburrirme, sigo investigando formas de acompañar musicalmente mi trote y he descubierto esta página que elige por géneros los temas según la velocidad a la que quieras correr, tú sólo tienes que decir a cuánto quieres correr y te salen todas las canciones que adaptan sus bpm. Sabiendo los bpm que tienen esos temas, puedes cogerlas en las listas de reproducción de itunes, pues uno de los items informativos que tiene el programa es, justamente, los bpm de cada canción:

          También pueden hacerse listas para cambios de ritmo, así que es un programa de lo más útil. Yo tengo cinco o seis listas, todas basadas en rock, blues y pop. Otra página que me sirve de mucho es el google maps, así mido los recorridos que hago y los guardo.
            Bueno, cumpliré casi los seis meses corriendo la San Silvestre. Ya les contaré si sobrevivo. Felices fiestas a todos.