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martes, 7 de octubre de 2014

LA CORUÑA 10 2014: CÓMO ACABÉ MI SÉPTIMA DIEZ MIL

Dorsal verde que me asigna el cajón plebeyo
Heeeey, queridos vaguetes, long time ago. ¿Qué tal os ha tratado el veranete?  ¿Habéis corrido mucho o más bien os habéis dedicado al dolce far niente en la silla de la playa? Los que habéis tenido la suerte de tener tiempo de playa, claro. Yo regreso decidida a seguir contando mis pocas gracias y mis muchas desgracias, así que antes de chafardearos mi carrera del domingo, voy a rebobinar un poco hasta donde lo dejamos la última vez. Creo recordar que andaba yo más contenta que el "Happy" de Pharrell Williams ampliando mis horizontes y estrenando mis nuevas zapatillas Asics, allá por junio, con muy pocos remordimientos de conciencia por haber puesto los cuernos a mis Saucony de toda la vida. Acabé el curso haciendo ya un rodaje de doce kilómetros semanales y con buen ánimo y a finales de mes tuve que parar unos días por motivos que no vienen al caso. En julio empecé a correr de nuevo y llegó la sorpresa, súbita y desagradable: un dolor espantoso en la rodilla derecha durante el primer kilómetro de rodaje. Como si me dieran con un bate de béisbol en mitad de la rótula. Hice caso omiso y seguí entrenando en plan tranqui, entre diez y quince kilómetros a la semana para no perder la costumbre.

Para cuando volví en serio ya en septiembre el dolor se extendía a ambas rodillas, me duraba toda la carrera y empezaba a afectar también a las espinillas, y entonces sí que me empecé a preocupar de verdad. No era capaz de correr más de un kilómetro seguido sin tener que andar un poco. ¿Cómo me las iba a arreglar teniendo mi primera carrera de la temporada a la vuelta de la esquina? Empecé con un método ensayo-error pensando que no podía ser nada de cuidado: sólo llevo tres años corriendo, hago pocos kilómetros a un ritmo de tortuga, nunca hice deportes de torsión, ni de torsión ni de nada, vaya... probé a echarme cremas de calor antes de salir, a ponerme rodillera, a echarme frío al llegar, a subir y bajar escaleras, a calentar a lo bestia, a pedalear a lo bestia... nada. Entonces empecé a pensar que la cosa tenía que ser de la suma zapatillas+plantillas. Solo tuve que hacer un rodaje con mis antiguas saucony y mis plantillas ortopédicas para erradicar el problema. Ahora tengo unas bonitas asics nuevas de cien pavos del ala que solo me sirven para pedalear, caminar y otras cosillas suaves. No sé dónde está el problema, si en el exceso de amortiguación o si en que por consejo de la chica de la tienda me llevé un número más, pero el asunto es que en el movimiento de retracción de la rodilla no me frenan y taloneo que da gusto, y de ahí el dolor. Comento todo esto por si le puede servir de ayuda a alguien que esté en la misma situación.

En fin, que el miércoles pasado ya tenía todo preparado para correr mi séptima diez mil, congratulándome porque habían cambiado el recorrido por otro mucho más asequible sin cuestas arriba, aunque un poco más feo. El índice de participación se anunciaba apoteósico y así fue: a cuarenta y ocho horas de la prueba había seis mil inscritos. Estaba tranquila, subsanado el problema de las rodillas lo único que quería era pasármelo bien y pasar de bajar tiempos, y, sobre todo, ir bien: el primer año fui con una contractura de cervicales y el año pasado convaleciente de un resfriado brutal. Solo pedía que los virus me dejaran en paz. No fue posible: el jueves me levanté con dolor de garganta y el domingo por la mañana era un puro ay de tantas agujetas que tenía de pasarme la noche tosiendo. Es lo que hay. ¿Me quedé en casa? Por supuesto que no, y menos después de lo que tuve que luchar contra la puñetera organización y su maldita falta de previsión. Acercaos, niños, ha llegado la hora de escuchar el cuento de los sapos y las culebras contado por la tita Morgana.
Punto uno: es la primera vez que llego a recoger un dorsal dos días antes de una prueba y me encuentro una cola de hora y media (sí, han leído bien) para hacerlo. Eso sí, en la planta de deportes de cierto centro comercial que suele estar más vacío que la nevera de Carpanta, por si acaso mientras te mueres de asco esperando se te ocurre comprar algo. Como decían los del foro de Correr en Galicia, tardabas más en coger el dorsal que en correr los putos diez kilómetros, incluso yo. Me pregunto cómo harán en carreras de cierta enjundia como la MAPOMA o la San Silvestre Vallecana, vaya...
Punto dos: ¿en qué cabeza cabe colocar la línea de salida en una zona que está en obras, con un estrechamiento en los primeros quinientos metros que va a provocar un tremendo embudo y cabrear, por consiguiente, al que vaya intentando hacer marca, y con el peligro añadido de los adelantamientos, pisotones, codazos, etc? Ah, sí, al que asó la manteca, cierto. La salida fue tan lenta que tengo un desfase de tres minutos entre el tiempo oficial y el tiempo neto.
Punto tres: sabiendo como se sabe por anteriores ediciones que en dicha prueba lo normal es que el día sea caluroso y soleado... ¿cómo es posible que en avituallamiento del kilómetro cinco no hubiera agua para todo el mundo? Y peor: ¿cómo pudieron dejar sin agua a los niños en su prueba de pitufos? Si, ya, claro, no se esperaba tanta participación, pero la carrera fue el domingo y la inscripción se cerró el martes. ¡No excuses! Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Vayamos al tajo pues. Amaneció un día estupendo, me levanté hecha un cristo después de toda la noche estornudando y tosiendo y decidí ir igualmente, que de retirarse siempre hay tiempo. Además, el churri iba a correr por fin después de un año en el dique seco y me hacía ilu ir juntos. Tras repetir como un mantra mil veces eso de "habla chucho que no te escucho" mientras mi madre y el susodicho desgranaban las mil y una razones por las que debería quedarme en la cama a pesar de no tener fiebre ni los bronquios comprometidos, enfilé hacia el paseo del Parrote muy convencida de que la cosa iba a ir bien. Trotamos y anduvimos en plan calentamiento hasta la salida, ya muy concurrida, y cada uno se fue a su cajón: el churri en el dos y yo para el último con los pobres pero honraos. Tuve un ataque de tos mientras esperábamos el pistoletazo y la gente me miraba con aprensión. No era para menos. Afortunadamente llevaba los tirantes del sujetador técnico abarrotados de clínex. La salida, fijada para las diez y media zulú, se retrasó unos minutos y fue lenta lentísima. Empecé a trotar pendiente de mi rodilla, que me dolía un poco, y en menos que canta un gallo ya estaba metida en mi séptima diez mil.
Como viene siendo lo habitual en mis últimas carreras, pasé de salir como un espútnik y no establecí la velocidad de carrera hasta el kilómetro tres, en que fijé el rodaje en unas semi-cómodas 174 pulsaciones de media, lo que suponía un ritmo de 6' al principio y un desagradecido 7' allá por el kilómetro nueve. En el tercer kilómetro muchos de los que me rodeaban ya iban combinando andar y correr. Yo conseguí no andar ni un solo centímetro del recorrido y hacerlo todo corriendo. En el kilómetro cuatro me llegó el momento revelación y mi único pensamiento era calcular cómo iba a invertir el medio litro de agua que me iban a dar en el kilómetro cinco. Normalmente bebo la mitad y me tiro la otra mitad por encima. El público animaba muchísimo. Es lo único bueno de que haga buen día. De la rodilla ya hacía rato que me había olvidado, más bien iba luchando por mantener mi garganta limpia de secreciones. Y es que no hay nada como una buena carrera para desatascar las cañerías, de verdad.

Por fin llegamos al avituallamiento y no quieran saber la cara de gilipollas que se me quedó cuando le dieron la última botella de agua al chico que iba delante de mí. ¡Y ver a todo el mundo tirando las botellas a medias mientras yo me moría de sed! A pesar de que no iba nada hecha polvo, la rabia me dio nuevas energías y empecé a gambear y a pasar gente como una loca. Y es que solo quedaban dos kilómetros para que empezara la cuesta abajo que conducía a la meta, cuesta que me conozco muy bien porque es la de la San Silvestre. Y cada vez iba más gente andando.

Mi culito y yo, lentos pero seguros
Para entonces yo ya rodaba a los malditos 7' pasando kilos de plantearme esprintar para intentar entrar en menos  tiempo. Si hubiera tenido agua... aún. A palo seco, ni de coña. Entre mocos y sudor creo que perdí un par de litros de líquido. Así que llegué a meta sin pena ni gloria, furiosa cuando vi la diferencia entre el cronómetro del arco y el de mi reloj de pulsera. Pero bueno, bien está lo que bien acaba. Por lo menos pude resarcirme en el avituallamiento de meta cuando me dieron dos botellas de líquido y el delicioso pan con pepitas de chocolate.
El churri entrando en meta y comprobando que no llega tarde
www.championchipnorte.com

Hala, se acabó lo que se daba. A otra cosa, mariposa.
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Agua... ¿dónde está el aguaaaa?
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 En fin, nada digno de destacar excepto que me estoy haciendo una experta en correr con virus a cuestas. A ver si la organización se esmera un poco más la próxima vez. Yo por mi parte empiezo una nueva temporada con nuevos objetivos, nuevos proyectos y nuevas ilusiones. Cuarenta y ocho horas después no me duele la rodilla, apenas tengo agujetas y sigo moqueando mucho. ¿Qué más se puede pedir?

Estaremos en contacto, vaguetes. No olvidéis que os vigilo. Mil besotes.

martes, 8 de octubre de 2013

LA CORUÑA10 2013: CÓMO ACABÉ MI QUINTA DIEZ MIL

Foto propiedad de Fata Morgana
Gracias, Bruno, por tirar la placa
Yo no sé si tengo mala suerte, querencia a los bichos o simplemente el síndrome de Calimero (ser quejica), pero el caso es que ha vuelto a suceder: la semana anterior a una carrera voy y me cojo un trancazo de mil pares de narices, nunca mejor dicho. Ya no tenía muchas ganas de acudir a mi segunda cita con La Coruña10, considero que es demasiado pronto después de los excesos veraniegos y siempre voy mal entrenada, en verano bajo el ritmo y en septiembre, entre la vuelta a casa, la vuelta al cole y la vuelta en general, tardo en empezar a correr como es debido, pero como la había hecho el año pasado y me picaba la curiosidad de ver cómo me iba este año (la curiosidad mató al gato, dicen)  y además quería testear las nuevas plantillas en carrera, pues me apunté, y seis días después las cataratas del Niágara en forma de mocos se apoderaron de mi organismo sin pedir permiso ni nada, oiga.
Total, que ya iba yo poco fina, saliendo seis o siete kilómetros en plan tranqui un par de días a la semana cuando el martes 24, a doce días del magno evento, me caigo con todo el equipo, lo que me jode al cuadrado porque me impide: 1. Entrenar; 2. Ir a tope de power aunque no entrene, que ya sé yo cuánto me duran los catarros, quince días como poco. Y, por supuesto, pasándolo de pie y trabajando, que no están los tiempos para coger bajas con la subsiguiente bajada de sueldo. En fin, hostias por todos los lados. Para rematarla, no corría diez kilómetros seguidos desde abril, cuando hice mi última carrera, y cuando empecé a pensar en semejante totum revolutum así como to junto, qué quieren que les diga, me hice kk. Salpimiéntese todo esto con el hecho de que el domingo anterior, a ocho días del magno evento y algo recuperada del síndrome del trol (léase catarro) bajé a trotar un poco y en el segundo kilómetro tuve que andar porque no podía con los huevos que no tengo hasta completar la miserable distancia de cinco kilómetros corriendo/andando, y el resultado fue decir: no voy. Suicidios, los justos.

Pero como soy una maldita mula y había cotizado ya los siete pavos de la inscripción con todo lo que eso conlleva, que si la pasarela, que si meter el pin, que si me dan un código que siempre tecleo mal, que ni hacer la declaración de la renta es tan complicado, coño, y perder todo ese chollo me daba así como penita gorda, decidí no precipitarme y pensármelo muy mucho hasta el día seis a las diez cincuenta y nueve zulú. La carrera empezaba a las once. Así que el sábado a las nueve de la noche empecé a preparar las cosas con mi orden y concierto acostumbrados: el chip antes que nada, ya dije que JAMÁS se me volverá a olvidar en casa, el suje técnico, los gayumbos de la suerte (un día contaré de qué va eso), calcetos bajos, camiseta sisa y pantalón corto, que el año pasado me cocí a fuego lento, el pulsómetro, la cinta y, cómo no, el pañuelito motero, que nunca me abandona por su polivalencia: si hace calor impide que se me derrita el coco y me caiga el sudor en los ojos y si llueve absorbe el agua para que no me caiga por la cara, y ocupa menos que una gorra. Como había procurado dormir poco la noche anterior (léase ir de juerga) para tener sueño la siguiente, me largué una sobada de diez horas, sí, diez, han leído bien, y el domingo amanecí fresca como una lechuga recién regada y resignada a sufrir lo que fuera que me esperara. Me despidió el churri en la puerta algo contrito, esta vez él no corría, sigue con molestias fuertes en el pie.
En la calle se dispersaban los últimos coletazos de niebla otoñal y el día se anunciaba despejado, caluroso y sin viento, propio del Octubre coruñés. Excelente lo del viento, pero teniendo en cuenta que casi todo el recorrido transcurría al sol, la cosa no pintaba bien. Yo iba repitiendo mi mantra hacia la línea de salida: "si no te encuentras bien, te retiras" y "nada de pasar de las 175 pulsaciones".
La zona de calentamiento era un hervidero de gente, creo que había apuntados unos 3500 pares de gambas, de los cuales llegaron a la meta unos  dos mil doscientos y pico, treinta y siete de ellos después de la que suscribe. Pero no adelantemos acontecimientos. Calenté ligeramente, di una vuelta a ver quién estaba y solo encontré a Bruno, que iba de miranda esta vez para apoyar a su equipo y me encaminé al cajón 4 con el resto de los runner-plebeyos, los que no bajábamos de 57 minutos, y a mucha honra. Odio esperar en el cajón, me pone nerviosa, así que me calcé los cascos intentando concentrarme hasta que sonó el disparo. La salida fue lenta y en general escalonada, incluso educada, nada de empujones ni adelantamientos por la derecha y sin intermitente. Y yo tampoco me aceleré, esta vez decidí dejar mi usual estrategia de "toro en los sanfermines" para mejor ocasión y dosificar bien mis fuerzas. De hecho, no cogí mi velocidad de crucero hasta el tercer kilómetro.
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Foto por cortesía de dietaydeporte

Tuve buenas vibraciones desde el principio, corría relajada y sin esfuerzo. Llegó la primera cuesta, que el año pasado se me había antojado un ocho mil, aminoré y resolví sin resollar, aceleré en la recta y, a mitad de ella, encontré un culito, o, más bien, un culito me encontró a mí. La propietaria del trasero me adelantó, yo la adelanté en el kilómetro siguiente, después me volvió a rebasar ella y así estuvimos jugando al tuya-mía y yo usándola de liebre, ella a mí no sé, hasta que en el kilómetro siete pegué un acelerón y la perdí de vista. No fue por competitividad, que aquí cada uno compite solo contra sí mismo, me fue genial para mantenerme entretenida y alejada de negros pensamientos en la parte más dura de la carrera, la que transcurre bajo un sol de justicia. En el cinco y medio una necesidad empezaba a atormentarme: ¿Dónde coño estaba el puesto de avituallamiento? Me estaba achicharrando. Al final, el oasis apareció en el seis, y con él el churri, que había bajado, con la lógica preocupación, para enterarse de si había enviudado o, si por el contrario, tendría que seguir aguantándome una buena temporada. Le dije que iba bien, y era la pura verdad, a pesar de que en algún momento rodaba a 187 pulsaciones. Ni un dolor, ni un sofoco, ya había conseguido disociar mi cuerpo en partes y las piernas iban independientes de la cabeza. Tirarme toda la botella de agua por encima sofocó gran parte de mis miserias. En el puesto de control del siete trescientos una señorita muy morruda con pinta de no tomar suficiente fibra me dijo que me quitara los cascos y el buen rollito que me iba dando la excelente versión de HIM del "wicked game" de Chris Isaak se fue a tomar por saco. Decidí no volver a ponérmelos y concentrarme a tope en los tres kilómetros que me quedaban. Tenía dos opciones: acabar manteniendo el ritmo, que empezaba a ser incómodo pero soportable, o intentar bajar de la hora y siete de mi última diez mil y terminar destrozada. Elegí lo primero, al fin y al cabo, era la primera carrera de la temporada y mis cañerías aún tenían una cierta cantidad de porquería mucosa que me lo iba a poner difícil. Enfilé el ocho, la calle donde vivo, y el churri estaba de nuevo allí gritándome que iba a acabar y que si iba bien. Levanté un dedo en señal de ok y la cabeza hacia casa, a ver si mi madre estaba esta vez en la ventana. Y sí, estaba. Saludé con más entusiasmo del que sentía, la carrera ya empezaba a pesar y la tentación de meterme en el portal también, y me sumergí en la vorágine, porque ya empezaba a correr por el centro y el público iba creciendo y no paraba de animar. Choqué manos de niños y agradecí los ánimos a los corredores que ya iban totalmente relajados de regreso, que por cierto, repetían siempre lo mismo: "venga, que ya queda poco". Y cuando me quise acordar, ya estaba en el kilómetro nueve, lo que he dado en llamar "la tortura psicológica de la organización". Y es que no me negarán que es una putada vil y rastrera hacerte pasar por delante de la meta cuando solo (o aún) quedan mil metros para terminar, cuando ya vas hecho mierda, viendo enanos de colores y tan jodido que si te mareas no eres capaz ni de decir tu nombre a los servicios de emergencia porque ni te acuerdas. Ese puto último kilómetro es el peor, y no debo de ser la única que lo piensa, porque cuando iba pasando a un señor que resollaba como un motor de cuatro tiempos, el hombre me soltó algo así como "Esto es horroroso, horroroso...". Le balbuceé como pude aquello de "venga, que ya queda poco", original que es una, al tiempo que también me lo repetía a mí misma, mientras pensaba dónde coño podría denunciar a esta gente por tortura mental, y eso que no le di caña a tope y crucé la meta en un tiempo neto de 01:08'15" con bastante presencia de ánimo, un minuto más que en mi anterior diez mil, y casi cinco minutos menos que en la carrera del año pasado. Entregué el chip, cogí la botella de agua y me marché para casa más contenta que unas pascuas, por los siguientes motivos (léase no se conforma el que no quiere):

  1. No la palmé.
  2. Acabé la carrera, a pesar de ir convaleciente y con poco entrenamiento.
  3. No llegué de última.
  4. Gestioné bien las fuerzas y no llegué destrozada. El año anterior había llegado mucho peor y cinco minutos más tarde.
  5. Corrí bien concentrada, relajada y contenta.
  6. No me dolió nada (en carrera, el día siguiente ya fue otro cantar).
Motivo especial de satisfacción para mí ha sido el hecho de que cuarenta y ocho horas después de la hazaña no me duele ni me ha dolido la rodilla que me tenía amargada desde hacía seis meses. Ahora toca descansar un poco, volver a coger el ritmo y empezar a preparar la San Silvestre. Pero esa ya es otra historia, y ya llegará el momento de contarla, espero. Solo pido que los virus me respeten esta vez. Hasta la próxima, vago-runners.



domingo, 15 de septiembre de 2013

VEINTISÉIS MESES CORRIENDO: EMPIEZA LA TEMPORADA

Hoooola, mis queridos vagorrunners ¿qué tal os ha ido el veranito? ¿Os ha crecido el culete con tanta caña y tanto chiringuito? Me temo que en ésas estamos todos, y claro, ahora con la vuelta al cole y los anuncios de las colecciones en la tele y trailalá trailalá nos empieza a remorder la conciencia y las lorzas nos pesan más que hace una semana ¿verdad? 
Yo he corrido a medio gas este verano, más constante que el año pasado pero con menos kilometraje. Me programé en modo mantenimiento: unos diez-doce kilómetros semanales para eso, para no perder la forma. El fondo ya es otro cantar. Tampoco podía correr mucho porque estaba probando las plantillas nuevas, y además andaba combinando con otras actividades, pero por lo menos no dejé semanas en blanco.
Así que llega septiembre y yo me veo completamente aburguesada y con una diez mil el seis de octubre, así como a la vuelta de la esquina. Solo de pensar en correr diez kilómetros me da una pereza que me dan ganas de meterme en la cama para siempre jamás, palabritadelniñojesús. Pero como yo me caracterizo principalmente por mi cabezonería, esta semana he empezado los entrenamientos, y eso que hasta octubre probablemente no podré hacer tres salidas a la semana, por problemas logísticos, léase madre a tiempo parcial y horarios incompatibles que sólo me permiten salir en las horas de más calor. Ene o, no.
Entonces me siento a tener una seria conversación conmigo misma, que son las peores porque no tienes escape. Y me pregunto: Morgana ¿qué carallo quieres hacer de tu runner-vida este año? Y la respuesta: no lo sé. Hace dos años tenía un reto: correr media hora seguida antes de diciembre. Hace un año tenía otro: correr los diez kilómetros en una hora. Uno lo conseguí, el otro no. Reflexiono un rato largo, muy largo, oigo las ruedecitas de mi cerebro trabajando. Y entonces, se me hace la luz: quiero subir la distancia a quince kilómetros. Distancia tonta, por cierto, porque hasta donde yo sé, no hay pruebas de quince kilómetros, pero si lo consigo, habré logrado dos cosas: aumentar la velocidad en diez, que buena falta me hace, y tener un poco más cerca la posibilidad de ir un día muy remoto a una media maratón.
Ahora toca diseñar el plan: un día de rodaje tranqui, aumentando un kilómetro al mes. Otro de calidad, aumentando la velocidad y el kilometraje según demanda. Y un tercer día de series. Salí esta semana a definir las distancias. El día de rodaje hice siete kilómetros y el día de calidad hice seis. A las series aún no he llegado porque no he tenido ningún día disponible. Lo cual quiere decir que en octubre me tocan rodajes de ocho kilómetros, en noviembre de nueve, y así sucesivamente. Y si pudiera meter un día de piscina por el medio, ya sería fantástico.
A todo esto, no me he vuelto a acordar de mis dolores de rodilla, lo que quiere decir que con las plantillas parece que me va bien. Ahora, el fondo que he perdido a nivel pulmonar durante el verano ha sido acojonante. El día del entrenamiento de calidad aguanté cinco minutos escasos a 180 pulsaciones, que es el ritmo al que suelo ir en las carreras populares. Mal te veo, Mateo. Pero como sigo con mi filosofía del NPN (no pasa nada) no me pienso agobiar, hala.
En fin, el mes que viene os contaré si he sido capaz de ir cumpliendo el plan y si al final me he apuntado a la que sería mi quinta diez mil. Dicen que no hay quinto malo ¿será verdad?

lunes, 8 de octubre de 2012

CÓMO ACABÉ MI SEGUNDA DIEZ MIL: CRÓNICA DE LA VI CORUÑA 10

Consideraciones previas: 
1. Ustedes ven que encima justo de esta entrada está un cuadro con mis zonas cardíacas ¿no? Bien, no lo pierdan de vista.
2. La Coruña es una bella ciudad atlántica que se caracteriza principalmente por sus frescas temperaturas. 24 grados en La Coruña suponen una sensación térmica de por lo menos 30. Sensación incrementada si sopla viento sur.

Dicho esto, vayamos al tajo:
Es altamente probable que escribir esta entrada me lleve tres días o cuatro. No sé con exactitud cuántos huesos hay en el cuerpo humano. ¿206, quizá? Bien, a mí en este momento me duelen unos 706. Hace unas diez horas que terminé mi segunda carrera de diez kilómetros con el mayor subidón de adrenalina que he tenido en mi vida. Y eso que no iba a ir. Y eso que me apunté el penúltimo día, con una contractura de cervicales que no me dejaba maniobrar con el coche marcha atrás ni levantar el brazo. Y eso que mi entrenamiento de este último mes decía a gritos que no fuera. Pero fui, porque soy una maldita mula y me gusta correr en mi ciudad. Y la acabé, porque a cabezona no me gana ni dios.

La Coruña 10, que ya va por su sexta edición, pertenece a una especie de trilogía running coruñesa que se completa con La Coruña 21 y La Coruña 42. De hecho, mi última (y primera) diez mil fue la que se organizó paralela al maratón, en abril. Y yo estaba envenenada, porque había llegado de penúltima y quería bajar mis tiempos hiciera falta o no. Y hoy conseguí bajar de 7,40 el kilómetro a 7,15. Les recuerdo que mi nuevo reto es bajar a 6' en diez kilómetros de aquí a julio. En los últimos meses había probado varias estrategias: empezar a toda hostia y luego aflojar. Empezar floja y luego ir a toda hostia... el resultado era más o menos parecido, así que decidí buscarme un buen culo al que agarrarme, pero no encontré ninguno que fuera al ritmo que yo quería, así que al final fui a mi bola. Paloma y Antonio no corrían esta vez y yo no tenía liebre que me contuviera o que me estimulara si aflojaba mucho.

Bueno, pues allá nos fuimos mi marido y yo a correr ni juntos ni revueltos (salíamos en distintos cajones, que él ya es veterano en estas lides y medio liebre) con un calor de mil demonios. Si la carrera hubiera sido el sábado habría estado muy nublado y con chubascos ocasionales. Pero como fue hoy, tocó trotar a 24º (recuerden lo de la sensación térmica) con viento sur flojo y un sol de justicia. Chachi piruli. Casi tres mil pares de zapas acudieron a la convocatoria. Acabaron la carrera 2080. El ganador se ventiló los diez mil machacantes en treinta minutos y cuarenta segundos. Menda lerenda tardó una hora y doce minutos y dejó a once corredores a sus espaldas. Es un gustazo dejar de estar en la última página de la clasificación, se lo juro por lo más sagrado. Alguno creerá que bajar el tiempo en la misma distancia cinco miserables minutos, de 1h 17 a 1h 12 es una minucia, pero no es así. Bajar esos malditos 300 segundos supone correr medio minuto más rápido por kilómetro y una subida de unas cuantas pulsaciones en el ritmo cardíaco. Añadamos a eso el calor, las cuestas y dejarse llevar por el ritmo de carrera y ya tenemos los ingredientes para el pastel del sobreesfuerzo. Sobreesfuerzo que debió de ser común al grupo de corredores que me tocó en suerte, porque la mitad acabó andando en vez de correr y es la primera vez en mi vida que veo que los servicios de urgencias tienen que llevarse a gente en la ambulancia por desmayos y jamacucos varios. Y créanme, da mal rollito que te cagas, porque te da por pensar que el siguiente puedes ser tú.

Para que se hagan una idea, los días que salgo a correr medianamente relajada voy a un ritmo de siete minutos y no paso de las 160 pulsaciones. Hoy fui a 15 segundos más (aunque mi gps decía que mi ritmo era de 6'55'') y mi media cardíaca (cardíaca me pongo cada vez que lo pienso) fue de 179. El primer kilómetro lo hice a 5'30'', hasta que me topé con la cuesta del paseo marítimo que lleva hasta la torre de Hércules y tuve que aflojar. E incluso andar unos 100 metros casi al final de la cuesta. Para entonces, los primeros tres kilómetros estaban liquidados y yo me moría por una ducha helada. Notaba cómo me ardía la piel, me estiraba el sudor por la cara y los brazos para refrescarme. La mayoría de los corredores que me rodeaban turnaban andar y correr y yo seguía sin culito al que agarrarme. Empezó la cuesta abajo pero yo seguía hecha mierda por el maldito sol, hasta que en el kilómetro cuatro empezaron las zonas de sombra y vislumbré el puesto de avituallamiento como un beduino ve un oasis. Tan contenta me puse que apreté el ritmo para llegar cuanto antes a coger la botella de agua. No la usé para beber: me la tiré por encima y regalé al respetable un concurso unipersonal de camisetas mojadas. Si no llego a darme esa miniducha no sé qué habría sido de mí, de verdad. Entretanto, me daba tiempo a pensar en todo lo que he leído durante este último año acerca de correr pasado de ritmo y lo malo malísimo que es fabricar ácido láctico y el riesgo de colapso y que si patatín y que si patatán. Decidí que si llevaba la mitad del trayecto corriendo a semejante ritmo y no me había muerto pues probablemente era por lo que siempre he sospechado: mi umbral anaeróbico está mucho más alto de lo que dicen las tablas. Y, por lo que he hablado con otros runners, el del resto del mundo, también. Así que seguí corriendo a la espera de que llegara el momento de euforia que suele aparecer en toda carrera. Y lo hizo entre los kilómetros seis y siete. Es ese momentazo en que, por muy recontrajodido que vayas, a ti te parece que vas pisando algodones y ya te dan igual ocho que ochenta, porque sabes que vas a acabar y empiezas a disfrutar del evento y a relajarte. A punto estuve de sacarme el pulsómetro y tirarlo al mar, pero no tenía fuerzas. Y eso que siempre tuve claro que iba a acabar, lo que no quería era acabar de última.

Para entonces, muchos corredores ya iban claramente andando y con aspecto francamente desencajado. Me crucé con dos señoras en el paseo que se me quedaron mirando y musitaron: "Ay, pobre". Me sofoco enseguida y mi cara debía de ser como un semáforo en rojo, pero no me detuve. En el kilómetro ocho me tocaba pasar por delante de casa de mi madre y me hacía ilusión saludarla, y también calculé que mi marido ya habría terminado y me lo encontraría en algún punto del recorrido, como así fue. Mi madre no estaba en la ventana, se cansó de esperar y creyó que ya había pasado (como si fuera a pasar sin saludarla, vamos) y mi marido estaba en la esquina de la calle con una salvadora bebida isotónica para mí y un mensajillo de ánimo que me supo a gloria. Sólo quedaban dos kilómetros. Y, como Forrest Gump, seguí corriendo. El último kilómetro se me hizo muy largo, pues había que pasar por delante de la meta hasta el final de la calle, girar en la rotonda ciento ochenta grados y volver sobre tus pasos. Las ganas de quedarse en la meta sin ir hasta el final de la calle créanme que son francamente irresistibles. Es una especie de crueldad final por parte de la organización. Crucé la meta con esa alegría salvaje que me entra cuando veo que por fin he terminado, escuchando el Money de Pink Floyd a toda caña y deseando beberme un río.
foto: federación galega de atletismo
Hablando de la organización, creo que por los siete pavos que costaba inscribirse estuvo bastante bien, aunque no entiendo mucho de esas cosas. Además de comida y bebida en abundancia al terminar, había servicio de masajista. Quizá se echó de menos un segundo punto de avituallamiento para un día tan caluroso, pero por lo demás bien. No sé cómo estaba el tema de las consignas para dejar las cosas porque iba con lo puesto. Yo me largué para casa mientras me ventilaba medio litro de isotónica al mismo tiempo. Mientras me iba, los servicios de emergencias atendían a otro desmayado. Antes de llegar al portal un pinchazo en el ojo izquierdo me comunicó que el esfuerzo de la carrera iba a pasar su factura inminente en forma de migraña demoledora. Qué le vamos a hacer, quien algo quiere algo le cuesta.

¡Y pensar que hay gente que hace esto todos los fines de semana!