martes, 12 de marzo de 2013

OCHO MESES DOS PUNTO CERO: VEINTE MESES CORRIENDO. MAILLOT A LA IRREGULARIDAD

corredorcansao.blogspot.com
Me encantaría poder decir que estoy a tope de power y devorando asfalto como una loca, pero no es verdad. De hecho, creo que no he cogido el ritmo desde septiembre. Lejos de ir mejorando en la regularidad de mis entrenamientos, creo que cada vez voy a peor. Supongo que todo el mundo pasa épocas buenas y malas y yo me he dado contra un muro enorme, y eso que no corro maratones. Sobre todo por inesperado, porque pensé que el segundo año sería muchísimo mejor que el primero y que, motivada por la continua mejora, sería mucho más disciplinada, pero no.
Que he mejorado, de hecho, ya "sólo" me separan ocho minutos (una puta eternidad) de mi objetivo. He bajado nueve minutos en diez kilómetros desde el año pasado entrenando menos, pero la maldita realidad es que ahora para ir a la calle casi necesito un policía que me vaya empujando por las escaleras del edificio y casi a punta de pistola. No todos los días, por supuesto, pero sí muchos de ellos. Es una pena, pero es lo que hay. Vendrán tiempos mejores, digo yo. El año pasado por estas fechas hacía rodajes de nueve o diez kilómetros un día a la semana. Este año no paso de seis ni queriendo. Hago descansos demasiado a menudo. Pospongo salidas para el día siguiente y a veces no hago las tres reglamentarias. Sin embargo, sigo teniendo en mente mi calendario de carreras, la próxima es el 21 de abril, y espero que, pasado el coñazo del cambio de estación, que lo llevo muy mal, retome con más ganas. Ya he dicho alguna vez que me aterrorizan los parones y los descansos por si llegan a ser definitivos.
Sigo diciendo que el tiempo no ayuda. Lleva lloviendo día sí y día también desde noviembre. El jueves pasado volví para casa como una completa sopa, tiritando calada hasta los huesos. Necesité una ducha de veinte minutos para entrar en calor y volver a sentir los dedos de las manos. Lo gracioso es que me crucé con dos chalados más que iban tan empapados como yo. 
Estoy pensando que a lo mejor lo que necesito es un parón de un mes. Pero... ¿y si después no vuelvo? El mes que viene, la respuesta.

lunes, 4 de marzo de 2013

PADRÓN 2013: CÓMO ACABÉ MI TERCERA DIEZ MIL

Foto propiedad de Fata Morgana
Para quien se lo esté preguntando, ya le respondo por anticipado que sí: Padrón es la localidad de donde son los pimientos que a veces pican. Y además celebra un par de carreras importantes al año, hasta tal punto que ésta, la popular, que va por su undécima edición, tiene homologada la distancia desde el año pasado y eso ha hecho que cada vez haya más nivelazo en los participantes. Así que no pude remediar sentirme como un pulpo en un garaje.
Había ido a Padrón dos veces como ayudante de campo anteriormente y siempre me gustó el ambientazo. Como antes de la absoluta hay carreras en otras categorías, aquello está petado de gente animando. Es un público encantador el de la localidad coruñesa, no paran de animar. Ojalá hubiera podido contestar a todos los que me transmitieron su solidaridad, pero estaba demasiado ocupada en seguir existiendo.
En fin, vayamos por partes que yo enseguida empiezo a divagar. Empezó la carrera a las seis de la tarde, unos ochocientos y pico participantes. Mucho nivel, mucha camiseta de club de atletismo. Cuatro cajones, mi marido al dos y menda lerenda al cuatro, con la plebe, que una es muy plebeya y muy working class. Toda la semana haciendo el vago sin entrenar ni una sola vez, última salida, el domingo anterior cinco paupérrimos kilómetros. La ola de frío me había anclado al sofá como una garrapata al cogote de un perro. Por la mañana, aprovechando el día radiante, nos habíamos dado un paseo de cuatro kilómetros para darle un poco de vidilla a los cuádriceps, y ése fue todo mi entrenamiento semanal para tan magno acontecimiento. Toma ya.
El recorrido de la popular de Padrón consiste en dos vueltas de cinco kilómetros bordeando el río. Es muy agradable y relajante para pasear. Correr es otra historia, porque en la segunda vuelta te da la impresión de estar teniendo un dejà vu de los malos, de los chungos, que si ya ibas jodido en la primera ronda, en la segunda ni te cuento, siempre llevas cinco kilómetros más a tus espaldas, jodido al cuadrado. Por lo menos, no había ni lluvia ni viento ni calor que vinieran a prolongar mi sufrimiento. Afortunada que es una. 
Como siempre, mi estrategia de carrera fue el socorrido "sálvese quien pueda" en cuanto oí el pistoletazo: gambear todo lo posible hasta que mi maltrecho organismo empiece a dar señales de colapso inminente. Me dejé llevar por la marea, que pateaba a cristo y a su madre, ya dije más arriba que había nivel, Maribel, y en el primer kilómetro ya llevaba un bagaje considerable para conseguir mi objetivo: terminar en una hora y diez. Mi última diez mil la había acabado en hora y doce, allá por octubre. Iba yo los primeros quinientos metros muy animada por la música de B-Movie cuando noté que me tocaban en el hombro. Era una corredora tocapelotas que me informaba de que no se podían usar cascos durante la carrera. Le dije que mientras no me avisara nadie de la organización iba a seguir oyendo música. Y entonces rebobiné. Efectivamente, el año pasado yo estaba situada en la meta haciendo fotos y en el paso de los cinco kilómetros el juez había amonestado a unos cuantos con el tema de los auriculares.
En el kilómetro dos ya había establecido el ritmo de carrera (179 ppm) puesto que el trazado era completamente llano, y corría bastante eufórica, a pesar de que me iba pasando hasta el tato. Entre el 4 y el 5 pensé que ya iba de última, sobre todo cuando me pasaron doblados los cuatro primeros en llegar a la meta. En el paso de los cinco había muchísima gente animando y animándome a mí, por cierto. El juez me señaló los cascos e hizo un gesto negativo con un dedo tan amenazador que podía servir para hacer tactos rectales. Asentí con la cabeza y me los quité. Una chica del público me dijo que no le hiciera caso y que siguiera con ellos puestos, así que me los fui poniendo intermitentemente, cada vez menos.
Fue chungo hacer la segunda vuelta completamente sola y sin más entretenimiento que mi propia respiración, entrecortada y jadeante. Pero como para entonces ya andaba yo haciendo multiplicaciones y divisiones (con lo mal que se me dan las matemáticas, poddió) para intentar calcular si podía acabar en hora y siete, no lo llevé demasiado mal. La velocidad de crucero estaba adquirida y me sentía contenta por poder hacer los diez kilómetros a menos de siete minutos por kilómetro. En el kilómetro siete, hablando de números proféticos, me empecé a encontrar con algunos que, acabada la carrera, estaban dando una tercera vuelta al circuito. Sólo de pensarlo entré en agonía.
En el kilómetro nueve ya estaba mi marido esperándome para hacer el último tramo conmigo hasta la meta. Le semibalbuceé que iba más o menos bien y que intentaría la hora y siete, pero la verdad verdadera es que ya no podía con el culo, ni con los pulmones, ni con la más mínima célula de mi cuerpo. Crucé la meta en una hora, ocho minutos y dos segundos. Teniendo en cuenta que días antes firmaba sin mirar la hora y diez, me siento satisfecha. Lo que ya me gustó muchísimo menos fue la idea de volver a cerrar la lista de participantes que llegaron a meta, ya me estaba acostumbrando yo a dejar a unos cuantos por debajo. A lo bueno se acostumbra uno enseguida, ya sabemos.
Otros años recuerdo que el avituallamiento de la meta era espectacular, parecía las bodas de Camacho. Iba yo ya los últimos kilómetros relamiéndome pensando en una isotónica, así que ni les cuento la cara de gilipollas que se me quedó cuando llegué al puesto y vi que sólo quedaba agua, muchas manzanas y UNA miserable barrita de cereales que desapareció por mi gaznate más rápido que decirlo. Del masajista, ni trazas, pero tampoco me hacía falta. No tuve el menor dolor durante la carrera, a excepción del culo en los últimos kilómetros y una pequeña torcedura de tobillo en el kilómetro cinco que no me impidió seguir gambeando.
Y cuando ya íbamos hacia el coche, la sorpresa final: nos cruzamos con el que llegaba de último, o de penúltimo, no lo sé. Un señor bastante mayor con más moral que el alcoyano y con un aspecto bastante más fresco del que llevaba yo unos ocho minutos antes. Inmediatamente pensé en que el pobre hombre no iba a tener ni una miserable barrita de cereales, puesto que yo acababa de comerme la última. Los de championchip, como siempre, rapidísimos, sacaron los resultados al poco rato y podías consultar el tuyo a través del código QR que incluía el dorsal. Viva la tecnología. Así me enteré de que había llegado de antepenúltima y de última entre las cien mujeres que habían corrido. Y yo encantada: había cumplido mi objetivo en dos minutos menos y no me había muerto. ¿Qué más se puede pedir?
Y es que la cosa es como le dije yo a la del puesto de control del 7,5: no es peor que parir.

miércoles, 13 de febrero de 2013

DIECINUEVE MESES CORRIENDO (7 MESES 2.0) ¿QUÉ HAGO YO AQUÍ?

http://shapeupnyc.com
Lamento anunciarlo, pero estoy deprimida. Running-deprimida, se entiende. No estoy teniendo un segundo año exultante como el primero. Tengo muchos bajones y cambios de humor con respecto a mis entrenamientos. Unas semanas soy perfectamente metódica y la siguiente me salto sesiones y me siento culpable por ello. Es del género tonto negar el desánimo que me embarga últimamente, es bastante mejor trabajar en positivo e intentar buscar la causa. Cierto es que el tiempo no acompaña: empalmamos una borrasca con otra desde el mes de noviembre. Otro problema es el aumento del kilometraje, las semanas que hice una sesión de diez kilómetros quedé tan sumamente arrastrada que no fui capaz de salir a correr hasta tres días después. No me refiero a cansancio, sino a dolores fuertes de rodillas, espinillas e incluso de lumbares. Y no puede ser. Eso es hacer oposiciones a la lesión. Estoy a menos de un mes de mi próxima carrera de diez kilómetros y no tengo ni puñetera idea de cómo rediseñar mi entrenamiento.

Es probable que todo el problema venga de ahí, del envenenamiento con las carreras populares. Si yo hubiera seguido mi plan original, que era salir a correr simplemente para hacer algo de actividad física y sin marcarme objetivos, probablemente ahora no estaría así. Me temo que seguramente estaría peor y a estas alturas lo habría dejado del todo. Esta temporada me gustaría tomarme unas vacaciones, pero mi pepito grillo, mi mala conciencia, no me lo permite, así que tengo que ir pensando cómo diantre voy a hacer para sacarme de encima el muermazo que me invade, teniendo en cuenta que mis medios son limitados tanto para aumentar el número de sesiones, como cambiar el recorrido o mucho menos ponerme a hacer series. Si alguien tiene alguna idea, que me la diga, por favor. Lo que está claro es que el objetivo general de este año, el de los diez mil en sesenta minutos, se ha pirado en globo. En fin, a ver qué pasa el mes que viene...

viernes, 11 de enero de 2013

DIECIOCHO MESES CORRIENDO Y PENSANDO EN LOS SEIS SIGUIENTES

Foto propiedad de Jacobo L.
Pues sí. Año y medio ha pasado desde aquella aburrida tarde de julio de 2011 en que decidí pegarme una carrera de doscientos metros escasos y casi me sale el corazón por la boca. No sé si ha pasado mucha agua debajo del molino, pero les juro que por encima de mi cortavientos no ha sido poca, no. Voy a hacer un poco de balance, más que nada para animar a unos cuantos anónimos y conocidos que en los últimos meses se han añadido a este blog y que se desesperan porque no avanzan con la rapidez que ellos querían. El running no es deporte para impacientes, ya lo digo. Es un deporte de fondo no sólo para el cuerpo, también para la cabeza. Quizá yo he ido excesivamente despacio, pero no me arrepiento.

En estos dieciocho meses he corrido unos 1100 kilómetros, aproximadamente. No tengo datos fijos de los primeros seis meses, pero sí del último año: 700 kilómetros. Visto así parece mucho, pero no es tanto. La mayoría de los corredores que conozco no suelen hacer menos de 1000 anuales. Todavía voy por el segundo par de zapatillas.

Vayamos a las carreras: he hecho siete en un año: dos sansilvestres de casi ocho kilómetros, dos diezmiles, una de cinco y un par de cuatro. Las terminé todas, por lo menos. En una de ellas (la primera) llegué de última y en mi primera diez mil, de penúltima. Me congratulo especialmente de haberme atrevido a perder la vergüenza y acudir a las carreras populares, puesto que hoy en día entrenar para ellas se ha convertido en mi principal motivación para salir a correr. Ya no corro para estar en forma, lo hago para mejorar los tiempos en la siguiente carrera. 

Hablemos ahora de mejoras en los tiempos, por cierto. Sigo siendo una tortuga, pero menos coja que el año pasado. A falta de datos en cinco mil, he bajado ocho minutos en los ocho mil en doce meses y cinco en diez mil en seis meses. En mi primer test de Cooper no pasé de los 1500 metros en doce minutos; en el último llegué a los dos kilómetros. En enero del año pasado entrenaba a siete minutos y medio el kilometro, ahora lo hago entre treinta y cuarenta y cinco segundos menos. Así que mentiría como una cochina si dijera que no estoy contenta. También tengo claro que la mejora este año va a ser mucho menor, hasta que me estanque y no pueda mejorar más.

En cuanto a pulsaciones, la bajada también ha sido significativa (a pesar del cigarrito): unas diez pulsaciones en reposo. En carrera aguanto sin despeinarme unas veinte más que hace 365 días. Para redondear: ninguna lesión, que yo sepa. Un ligamento lateral interno de la rodilla un poco tocado y dolorcillos de menisco de vez en cuando. Mis abductores, impecables. Se nota que nunca he jugado al fútbol. Lo digo porque todos mis colegas runners que fueron futboleros en sus años mozos los tienen tocados, incluido mi señor marido.

En estos dieciocho meses he descubierto y desarrollado mis gustos personales en la práctica del footing. Me gusta correr a última hora de la tarde, aunque casi nunca puedo hacerlo, prefiero ir sola y necesito escuchar música a toda hostia, preferiblemente rock y heavy. Odio correr con calor y/o con lluvia.

En fin, tras tanto autobombo vayamos al futuro inmediato. ¿Qué voy a hacer este año? En principio, tres carreras de diez mil, en febrero, abril y octubre. Una de cinco mil fijo más todas las pequeñas que se me presenten y, por supuesto, la San Silvestre. ¿Objetivos? Pues tengo uno muy claro, como claro tengo que no creo que lo pueda cumplir: correr los diez kilómetros en una hora de aquí a julio. Aunque he conseguido bajar treinta segundos por kilómetro en esa distancia, los otros malditos treinta sé que me van a costar sangre, sudor y lágrimas y tampoco es plan, vaya. Que como dice Murakami, el dolor es obligatorio y el sufrimiento es opcional y yo de sufridora tengo poco. Para animarme me he planteado otro objetivo: hasta ahora el día de rodaje largo (uno a la semana) hacía como mucho diez kilómetros. La idea ahora es alargarlos hasta llegar hasta los quince o dieciséis, aumentando un kilómetro al mes. En enero, por aquello de no estresarme, haré una tirada larga a la semana de nueve. Por cierto, ayer hice la primera, vaga de mierda, no hacía una tirada de nueve en entrenamiento desde mediados de julio. Llegué absolutamente destrozada. Cuando terminé iba andando por la calle como si llevara globos en las suelas de las zapatillas, los dos últimos kilómetros fueron un completo infierno. Pero en eso consiste la cosa, claro. Estaba yo muy cómoda corriendo como mucho ocho kilómetros y para mejorar hay que salir de la zona de confort. Por cojones. Lo que me recuerda que en algún momento tendré que ir pensando en retomar un día de series. Sólo de pensarlo me entran sudores fríos.

¿Y vosotros? ¿Habéis definido los objetivos para este año? ¿Vais a sacar por fin el culito del sofá?

Nos vemos pronto, vagorrunners. Me voy corriendo.

martes, 8 de enero de 2013

SAN SILVESTRE 2012: EL CARRERÓN

foto propiedad de Fata Morgana
Queridos seguidores: antes de nada, feliz año nuevo a todos. Queridos seguidores novatos: si sois tortugas asmáticas os interesa leer esta entrada.
El 31 de diciembre afronté mi segunda San Silvestre (llamada por mí la San Suplicio) en las peores condiciones posibles. Al final se me coló algún virus maldito en mi sistema inmunológico y llevaba ocho días con un catarrazo de antología, hecha un puro moco y llevando siete noches sin dormir apenas por culpa de la tos. De hecho, esa mañana me levanté con tal cantidad de agujetas en la espalda y el diafragma que a punto estuve de mandar todo a tomar por saco. Para acabar de ayudar, esa tarde jarreó más que nunca, llovía que ni en la selva tropical. De lo más apetecible, vamos. Mi último entrenamiento, por evidentes motivos de salud, había sido el 25 de diciembre, así que iba descansadísima de piernas, a falta de descanso en mis vías respiratorias. Estaba tan obsesionada por hacer la carrera que tres días antes, y viendo síntomas claros de infección, fui al médico a que me diera un antibiótico suave y no le dije que iba a correr. Quería hacerlo y tenía que hacerlo, para eso había estado entrenando el último mes. Eso sí, me prometí a mí misma que me retiraría en caso de encontrarme mal o notar fatiga. 
Total, que allá nos presentamos mi marido y yo en el punto de salida a las cinco zulú, en vez de quedarnos en casa durmiendo la siesta, que la tarde no estaba para otra cosa. En el trayecto hasta la plaza de María Pita nos cayó la del pulpo y nos pusimos como pitos. La lluvia deslució la salida, sobre todo porque no se disfrazó tanta gente como otros años, pero no así el índice de participación: de los 1253 apuntados, llegamos a la meta 1126. El primero lo hizo en 24 minutos, el último en hora y siete.
¿Qué tal me fue a mí? Muy bien, la verdad. El año anterior había llegado de última y había tardado 58 minutos en hacerla, esta vez tardé 50. ¡Ocho minutos menos que el año pasado! Es decir, en un año le he bajado un minuto a cada kilómetro. No puedo estar más contenta.  Por eso digo, seguidores novatos, que no perdais la fe, el dios del running existe. Creo que se llama entrenamiento. Parece ser que los 700 km que les metí a las zapas en 2012 han servido de algo.
No sólo fue el resultado, fue la carrera en sí. Aunque me esté mal decirlo, corrí estupendamente, controlando muy bien el ritmo, cortándome en las cuestas (que por cierto me parecieron mucho menos chungas que el año pasado), aprovechando el tirón en las bajadas, disfrutando a tope, sin agobios, sin sofocos, sólo sonándome la nariz continuamente, eso sí. ¡Y sin cruzarme con los que iban ya de vuelta, sin llevar el coche escoba detrás, ni las motos! Habría firmado por llegar en 55 minutos, así que os podéis imaginar cómo iba gambeando en los últimos 500 metros, al ver que iba a acabar en menos de 51. Disfruté el momento, sí, porque sé que el año que viene ni de coña podré bajar tanto el tiempo, el ritmo llega un momento que se estabiliza por mucho que se entrene. Para acabar de hacerme feliz, dejó de llover, no hizo viento y mi marido estaba esperándome en la meta para darme un abrazo. A él le fue genial, como siempre, acabó en 30 minutejos de nada. Como yo no tengo foto en carrera, pongo la suya:
foto propiedad de www.sansilvestrecoruna.com
En cuanto a la organización, impecable. La gente se ha quejado del precio de la inscripción (12 euracos), pero no me parece tanto considerando que la camiseta que regalaban está guay (con gorrito de papá noel incluido) y que el avituallamiento de la meta incluía roscón de reyes, isotónica, fruta y agua. Por cierto, mucho mejor este año la organización de championchipnorte en cuanto a los resultados, ya desglosados en tiempo real, tiempo neto, etc. La San Silvestre coruñesa va por su tercera edición y se nota cómo va ganando en experiencia. Que cuenten conmigo el año que viene.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

CINCO MESES DOS PUNTO CERO: LLEGO A MADRID, CAMBIO LAS ZONAS, COJO EL RITMO Y SÓLO PIENSO EN LA SAN SILVESTRE


imagen: sansilvestrecoruña.com
Bueno, bueno, bueno... parece que después de tanta inercia por fin arrancamos. Y aún así, no todo lo que debería. La pereza, esa maldita desgraciada que me susurra al oído, está haciendo estragos en mis piernas este año. Que si llueve, que si hace frío, que si estoy cansada... Menos mal que el pensar en la San Silvestre a la vuelta de la esquina (12 días) le da ciertas alas a mis pies. En las últimas cuatro semanas he hecho diez salidas (lo normal son doce): setenta kilómetros en total. También he pasado la barrera de los 600 este año, es decir, ya he llegado (figuradamente) a Madrid, ahora toca dar la vuelta. Pero bueno, el análisis de tanto dato lo dejo para hacer balance a finales de año, sobre todo pensando que la semana de la Sansil estaré de reposo absoluto y, por lo tanto, muy aburrida. Vaya por delante que en el único simulacro de carrera que he hecho hasta ahora he bajado el tiempo en cinco minutos respecto al año pasado, lo cual me llena de "orgullo y satisfacción". La parte mala es que no he hecho el recorrido original (putas cuestas), sino todo en llano, y el resultado por lo tanto no es fiable, que ya sé yo cómo reacciono en cuesta, parezco la puta máquina de vapor. La primera que se inventó, vaya. La de Watt.

Hablando de datos ¿se acuerdan de que he hablado varias veces en este pequeño rincón sobre las zonas cardíacas? Pues me he rehecho las mías, teniendo en cuenta que los datos empíricos afirman que mi umbral anaeróbico (correr con deuda de oxígeno, algo que sólo se puede hacer muy poco tiempo) está más alto de lo que dicen las tablas (la prueba: hacer mi última carrera a una media de 179 pulsaciones sin atisbo de palmarla), así que me hice un nuevo test de Karvonen subiendo el umbral. Para terminar esta puesta a punto, también me he hecho un test de Cooper, hacía tiempo desde el último, y he mejorado bastante desde la última vez: 1930 metros en 12 minutos. Por lo menos ya he salido de la zona de rendimiento bajo.

Pero bueno, vayamos a lo importante, a lo que me quita el sueño, que no el hambre, lástima. La maldita San Silvestre. La San Suplicio, como la he rebautizado. Me preocupa por varias causas. La primera, porque va a ser la primera carrera que corra por segunda vez, con lo cual inauguro la era 2.0 de carreras populares: este año tengo pensado correr por lo menos las mismas del año pasado. Y eso me lleva a la segunda causa: como no mejore los tiempos sensiblemente desde la última vez me va a dar un bajón de carallo, que me conozco. Hasta ahora la cosa ha ido bien en los entrenamientos: unos 4-5 minutos menos, pero no he hecho ninguno en el escenario real de la prueba con sus putas chungas cuestas, he entrenado siempre en llano. Eso me lleva a otras varias pajas mentales de las mías: me quedan unas cuatro salidas hasta el día D, y no sé si tendré tiempo de hacerlas todas entre el trabajo, el mal tiempo, las fiestas familiares, etc. Ando escapando de todo aquel que tose, estornuda o muestra el menor síntoma de gripe y/o trancazo por miedo al contagio. Y una sublime obsesión: no repetir los errores del año pasado, entre ellos, hacer el recorrido de prueba la misma semana de la carrera. Esta vez el objetivo no es llegar a la meta, sino hacerlo en cinco minutos menos que el año pasado. A ver qué tal me va. Felices fiestas, vagorrunners. Si el mundo no se acaba el viernes, nos veremos en enero.


martes, 13 de noviembre de 2012

CUATRO MESES DOS PUNTO CERO. ¿RUNNER BLUES?

larazalaraza.com
¿Qué tal vaguetes? Por aquí ando yo dispuesta a chafardear mis no logros de este mes, a cuarenta y ocho días de mi amada San Silvestre y sólo con cincuenta kilómetros a mis espaldas en los últimos treinta días. ¿Son pocos? Sí. La mitad de los que tenía que haber hecho. Por cierto, me faltan 18,5 kilómetros para llegar, figuradamente, a Madrid. Este año he corrido casi 600.
No sé el motivo, pero me busco a mí misma y no me encuentro. Para empezar, he tenido que volver a poner a mis zapatillas las plantillas taloneras, porque la periostitis tibial amenazaba con regresar, y si en este caso primeras partes nunca fueron buenas, no les digo las segundas. Para seguir, me veo incapaz de correr más de seis kilómetros seguidos. No me apetece, no quiero, no me motiva, no me sulibeya. A la hora de levantarme del sofá para ir a correr unas manos invisibles tienen que salir de mis propias manos y empujarme el culo. Empiezo a pensar que sufro el runner blues o tristeza del corredor y que ello es fruto del sobreentrenamiento al que me sometí en verano. No, si ya lo decía yo: esos polvos siempre acaban trayendo estos lodos. Total, que me estoy obligando a correr. Unos días me va mejor que otros, pero no soy yo. No tengo aquella alegría exultante que me dominaba hace meses al llegar de una sesión. Vuelvo a tener las mil y una agujetas. Pero yo me obligo, porque afortunadamente tengo mucha fuerza de voluntad y porque no hay marcha atrás. No quiero perder forma, no quiero perder músculo. No quiero volver a ser una vaga con un sofá pegado a mi culo. Pero me cuesta lo mío, y eso que estos meses son los que más me gustan para correr, sin calor y sin agobios de gente en los paseos marítimos. Supongo que también se deberá a que he cambiado los rangos de esfuerzo, ahora entreno más rápido y me canso más, evidentemente. Pero no soy yo, y no me gusta convivir con una extraña en el cuerpo. Tengo miedo de que me entren ganas de dejarlo y espero que sea pasajero. En fin, veremos qué pasa el mes que viene.