jueves, 8 de mayo de 2014

ADIÓS A LA CICLOGÉNESIS: CÓMO TERMINÉ MI SEXTA DIEZ MIL

Sí, señor: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Ya sé que llevo cuatro largos meses sin dar señales de vida por esta pista de atletismo. ¿Y para qué? pregunto yo. ¿Para informarles de que cada tres días teníamos una ciclogénesis explosiva que hacía harto dificultoso salir a entrenar? Acabaría siendo aburrido decir siempre lo mismo, ¿no? Ni siquiera los runners más runners del mundo mundial, los megarrunners, han podido seguir este invierno un ritmo de entrenamiento normal.
 
En fin, queridos vaguetes, la última vez que nos vimos fue nada más acabar la San Silvestre, allá por enero. ¿Qué ha sido de mi vida? Pues tras la carrera estuve diez días en el dique seco por un dolor persistente en la planta del pie, y cuando quise retomar, se me pusieron los elementos en contra para poder hacer tres salidas a la semana, ya no por la lluvia: raro era el día que no iba acompañada de vientos de 100 kilómetros por hora. Uno de los días que esperaba a que escampara una brutal granizada agazapada en un pilar del puente de la Barca me dio por pensar que vale, que el dolor es necesario y el sufrimiento opcional, pero que también masoquismos, los justos. Y que hay que ir pensando en un plan B indoor de cara al próximo invierno, si tenemos la mala suerte de que venga tan malo como éste. Las semanas más agradecidas pude hacer dos entrenamientos. Las más agradecidas, insisto. Y mucho Galloway, he acabado del Galloway hasta el moño.
 
Total, que con un entrenamiento de mierda (con perdón) me estaba preguntando yo cómo iba a ir este año a la paralela de diez kilómetros que se organiza con la Maratón Atlántica de La Coruña, que ya va por la tercera edición y a la que tengo gran cariño puesto que es la primera diez mil que corrí en mi vida. El plazo de inscripción se abrió allá por noviembre y yo tomé la decisión de ir contra viento y marea, nunca mejor dicho, el 19 de abril, ocho días antes de que se celebrara. Y sin pensar en ningún momento en superar la marca del año anterior, por supuesto. Incluso en algún momento pensé que no iba a ser capaz de acabarla, teniendo en cuenta que la última vez que había corrido diez kilómetros había sido allá por octubre, pero como no me tengo por cobarde, me inscribí. Aunque sólo fuera por la camiseta.
 
La maratón de Coruña va ganando peso en el circuito de carreras y en la ciudad se nota. Un mes antes del evento ya estaban colgados los carteles para animar a los atletas. La MAPOMA, que se celebraba el mismo día, cambió parte de su recorrido, se supone que afectada por la competencia. También lo hizo la maratón coruñesa, pero de eso ya hablaré luego.
 
Hasta el día anterior no empecé a preocuparme de nada (mala señal en mí, que me gusta llevarlo todo atado y bien atado) salvo de colocar el chip correctamente en la zapatilla para no volver a dejármelo en casa jamás de los jamases como el año pasado. Aún recuerdo el cabreo que me agarré cuando quince minutos antes de empezar la carrera me miré los pies y vi que no lo tenía. Me olvidé la camiseta térmica y me dio igual. Y, sin embargo, estuve muy nerviosa la noche anterior y dormí mal, preocupada por si no me sonaba el despertador y por otras mil naderías.
 
Esta vez me ahorré un poco de madrugón al no acudir a la salida de la maratón, ya que el churri sigue lesionado y se quedó en casa roncando a tres voces, afortunado él. Así que a las nueve cero cero zulú salí de casa encontrándome con gente tan dispar como los patinadores que formaban parte del dispositivo de acompañamiento de la maratón y los borrachos envidiosos que se dedicaban a vacilar a los atletas en el Cantón Grande. Probablemente no volverá a haber en mucho tiempo un día mejor para una carrera: sin sol, sin calor, sin frío, sin viento (por lo menos en mi recorrido). Calenté un poco y me situé en el último cajón (como siempre). El speaker, un pelma, lamento decirlo. A algunos runners les molará estar escuchando en la línea de salida a un tío que habla cual cotorra tras tomar sopas de vino, pero a mí me pone todavía más nerviosa, así que me calzo los cascos e intento inhibirme de todo lo que me rodea. Esta vez llevaba una lista de reproducción de rock español creada ex-profeso para el evento por el churri, que además de runner es dj aficionado. Coincidió el pistoletazo de salida con Fito y los Fitipaldis y tras unos primeros metros un poco caóticos, empezamos a gambear.
 
Como ya dije más arriba, este año han cambiado el recorrido por otro más agradecido pero también más feo. Anteriormente, gran parte del trayecto transcurría por el paseo marítimo de la ciudad (unos siete km en la carrera de diez), con una excelente vista pero antipático en el muy probable caso de que sople el viento, verbigracia, zona de la Casa de los Peces. El nordeste puede llegar a producir una frenada importante en el corredor. Este año hubo más trayecto por el centro, al abrigo del nordés y, por lo tanto, más fácil para el sufrido runner (y más posibilidades de aumentar las marcas, por cierto). También se aumentó el  número de grupos de rock que amenizaban el recorrido: llegué a contar (que no a escuchar) hasta cinco bandas. Y, por supuesto, no faltaron los puestos de zumba en la calle.  Este año la organización optó por no hacer zafarrancho entre la élite maratoniana y los humildes diezmilistas: no nos mezclamos apenas, pero se nos permitió aprovechar su avituallamiento, en el kilómetro 2 ya nos estaban dando botellas de agua. Y también nos dieron gajos de naranja, qué nivel, Maribel.
 
Mientras tanto, ¿qué tal me iba a mí? Pues no muy mal. Salí mucho más tranquila que otras veces, que procuro llegar a las 180 ppm en los dos primeros kilómetros. Hasta el cuatro no tuve el momento revelación, aunque sí tenía claro que acabaría la carrera. A partir del seis todo se me pasó rapidísimo, como siempre. El día anterior había dicho que firmaba por hacerlo en hora y diez. En algún momento pensé que quizá podría llegar en hora y seis, pero no tenía ninguna gana de forzar la máquina. Crucé la meta muy cómoda de pulmones y con las rodillas como si me hubiesen dado con un bate de béisbol en un tiempo neto de 1:08:00, mismo tiempo que en Padrón el año anterior (y había llegado con un pulmón en cada mano, no me quiero ni acordar) y quince segundos menos que en mi anterior diez mil, hace seis meses. Así que no me quejo, teniendo en cuenta que a estas alturas llevo cien kilómetros menos de entrenamiento en mis zapatillas que hace dos años. Como suele suceder, migraña monumental al terminar. La parte buena es que al día siguiente, salvo el dolor de cuádriceps, estaba mucho mejor que otras veces. Y vaya, que parece que se me va yendo ya el muermo invernal, afortunadamente.
 
 
entrando en meta con bastante presencia de ánimo
Resulta digna de destacar la alta participación de este año: 1500 corredores. El tirón de la maratón y del circuito de carreras organizado por el Ayuntamiento de La Coruña empieza a hacer mella en la población, cada vez hay más gente entrenando y asistiendo a las convocatorias. Mi próxima cita, el 25 de mayo con un clásico: la carrera del cáncer. Ahora que he resucitado, ya os contaré. Hasta la próxima, vaguetes.
 
 

miércoles, 8 de enero de 2014

TREINTA MESES CORRIENDO: CÓMO TERMINÉ MI TERCERA SAN SILVESTRE



Con Bruno, antes de la salida

Mis queridos vagorrunners, antes de nada quiero desearos muy feliz año nuevo, un año lleno de felicidad y de largas tiradas de kilómetros que vuelvan vuestras flácidas extremidades duras como el acero. Llevo un tiempo sin pasar por aquí, básicamente porque no tenía nada interesante que postear y no me gusta repetirme como el ajo. Desde que dejé el "citius, fortius, altius" he seguido saliendo a correr, por supuesto, pero sin novedad en el frente que merezca figurar en las páginas de este humilde blog.
Otra cosa es la celebración de mis dos años y medio como runner, que, como no podía ser de otra manera, coincide con la San Silvestre. En mi caso, corro la de La Coruña, que ya va por la cuarta edición y consta de 7.700 metros. Para mí es la carrera con la que estreno la temporada, así que no me lo tomo a coña: nada de disfraces ni de ambiente festivo aunque a mi alrededor la peña esté de cachondeo. Voy más seria que un enterrador y, normalmente, nerviosísima. Mi resultado en ella para mí es determinante, una especie de barómetro que me indica cómo me va a ir en los próximos doce meses.
Y sí, fui nerviosa porque además iba sola. El costillo sigue retirado por la fascitis plantar de mis pecados. No tiene nada de particular para mí ir sola, lo hago en muchas carreras, pero la San Silvestre, como he dicho, es especial y estoy acostumbrada a que salgamos juntos de casa y no a que la mitad del combo (la que corre, por cierto) se quede en el sofá deseándome suerte.
De la organización tengo mucho que decir y nada bueno. Además de ser un clavo (doce euros sin chip amarillo, aunque este año dieron una bolsa bien molona en vez de la de plástico habitual y se dice, se comenta, se rumorea que algo es para obra social), se pasan la vida cambiando el lugar de recogida de los dorsales y puteando al personal. Y este año ya fue el colmo, puesto que no dieron dorsales el día de la prueba, siendo ésta por la tarde. Y la gente que no vive en La Coru tuvo que ir dos veces, una a coger el numerito y otra a correr.
Sobre el tema de la inscripción cerrada también tengo ladridos varios: cada año aumentan la cuota en unas 250 personas, este año éramos 2000 los inscritos. Si es una carrera lúdica no comprendo ese tajo, con el tráfico de compraventa de dorsales que conlleva, y menos cuando la excusa es que la carrera sale de la plaza de María Pita y que no hay sitio para que vaya todo dios, lo cual les hace caer en contradicción flagrante: si no cabe todo dios ¿por qué coño suben la cuota de inscritos todos los años? Es de suponer que la capacidad de la plaza de un año para otro es la misma ¿no?
Peor me lo ponen: es todavía menor. La capacidad, digo. Este año el ayuntamiento montó un poblado navideño en la plaza que, aparte de tener cabañas, contaba con un tiovivo, un palco de la música y un trenecito. Toda esta parafernalia estaba montada desde primeros de diciembre. La organización lo sabía, y, con esa visión de futuro que les caracteriza, en vez de cambiar el lugar de la salida de la carrera (opción correcta, porque salir de María Pita es una tortura de empujones y pisotones, me recuerda a los sanfermines) con antelación, deciden hacerlo el mismo día. Y ustedes dirán: ¿Y a ti qué te importa? Mejor para ti, ¿no? Pues sí y no. Ahora paso a contarles.
Pues nada, que llegué con unos veinte minutos de adelanto, como siempre, y me pegué una vuelta de calentamiento y tal y cual, hasta que vi que tutti le mondi se iba hacia la Marina y, elemental querido Watson, deduje que habían cambiado el lugar de salida y allá los seguí, en plan a dónde vas Vicente congratulándome porque había dejado de llover e incluso salía el sol. Poco dura la alegría en la casa del pobre. Me posicioné para salir y de repente me fijo y veo que estoy rodeada de gente sin dorsal. Y oigo que el speaker dice que se puede correr sin dorsal, cuando en el reglamento está expresamente prohibido. ¡Y veo niños y papás con carritos, que también está prohibido! No tengo ningún problema en que corra gente sin dorsal, niños, perros o el coño de la Bernarda, y de hecho creo que la San Silvestre debería ser de inscripción libre y cambiar la zona de salida; lo que no aguanto es que hagan un reglamento más blindado que la fórmula de la cocacola y luego se lo pasen por el forro de los cojones. Y lo peor estaba por llegar, y tuve el primer pálpito cuando al poner el cronómetro en marcha no vi por ningún sitio la alfombra de salida, así que lo encendí al pasar el arco, bastante mosqueada.
En fin, que yo había ido allí a gambear y me concentré en ello duramente. El objetivo: bajar de los 50' 50" del año pasado. Sabía que no podría hacerlo en más de dos o tres minutos. Me concentré en darle caña en el primer kilómetro, que para mí es determinante porque corro muy despacio. Este blog no se llama "A trote cochinero" por casualidad. Iba ya a 170 ppm cuando llegó la primera cuesta y ya sé, porque la subo en dos carreras al año, que de nada sirve encabronarse, así que aminoré, congratulándome porque este año no iba de última, como la primera vez, ni escupiendo enanos verdes por la nariz y la boca como el año pasado, que me levanté de la cama para el gran evento. Iba algo resfriada, pero conseguí cortarlo con unos cuantos chupinazos de equinácea.
Sin embargo este año la pituitaria me torturó en varios tramos de la carrera y no fue por mis mucosidades. Me hago tres preguntas: ¿si alguien necesita echarse réflex antes de una carrera debería correr? Alguno debió de echarse medio bote en las articulaciones antes de empezar y el regusto permanecía en mi garganta. Segunda pregunta: ¿por qué bañarse en colonia de Carolina Herrera antes de una carrera? Había una tipa a mi lado en el cajón que apestaba, lo juro. Y tercera y más grave: ¿quién fue el guarro que decidió, unos quince días antes, que no se duchaba hasta después de la carrera? Si cojo al tiñalpa que me pasó y al que pasé varias veces y que olía a choto revenido que no se podía aguantar juro que lo tiro al mar en la Torre de Hércules. Y una de las veces fue, precisamente, subiendo esa cuesta. Es más, yo creo que llevaba la camiseta de la San Silvestre anterior sin lavar, qué asco. Es la primera vez que me pasa algo así y ya llevo unas cuantas carreras encima.
En todo esto iba pensando yo cuando empezó la abruptísima cuesta abajo, en el tercer kilómetro. Momento de recuperar velocidad de crucero a costa de las sufridas patas. Aceleré lo que pude durante esos trescientos metros sabiendo que lo peor me esperaba al terminarla. La verdad es que iba corriendo bien, cómoda y sin dolor. Pero se me estaba haciendo larga y aún no habíamos llegado a la mitad del recorrido. Al empezar la tercera subida la peña ya empezaba a andar. Con y sin dorsal.
Una vez pasado el puesto de control empieza la parte agradecida de la carrera, puesto que es prácticamente todo cuesta abajo. Pero ya no sirve de nada, por lo menos a mí y otros corredores con los que he hablado están de acuerdo conmigo: ya va uno demasiado machacado. Cuando quise acordar ya estaba en el cinco y rodaba a 6' 25", decidí conformarme y aguantar así hasta la meta. Entré con un mogollón de gente y paré el reloj en los 48' 34", así que prueba conseguida y muy contenta: dos minutos y dieciséis segundos menos que el año pasado y diez minutos menos que el anterior.
Entrando en meta. Foto propiedad del Rialto

Cogí mi cacho de roscón para ir comiéndomelo por el camino y al llegar a casa comencé el ritual post-carrera: bañazo de espuma porque yo lo valgo, manicura, pedicura y toda la pesca. Y una hora y pico después, tirada en el sofá con un pitillo y un café, miro los resultados en championchip y flipo en colores: no hay tiempo neto. Les explico: los resultados vienen expresados en tiempo oficial (desde que suena el disparo de salida hasta que llegas a la meta) y tiempo neto (desde que pisas la alfombra de salida hasta que llegas a la meta). Los que estamos atrás podemos llegar a tener hasta minuto y medio de diferencia entre el tiempo oficial y el neto. El oficial es el que sirve para llevar medallas y eso, pero el neto es el que te indica de forma personal e intransferible a cuánto has corrido y por el que nos guiamos la mayoría de los corredores populares. Nadie tenía tiempo neto. ¿Por qué? Porque como decidieron en el último momento cambiar el lugar de salida, no montaron la alfombra, así de claro. Y, vaya, me sentó mal. Porque si llego a saber que se iban a pasar toda la organización por el forro, habría ido sin dorsal y rigiéndome por mi propio cronómetro, cosa que haré el año que viene como la cosa siga así. Por lo demás, satisfecha: quedé de 1532 de los 1745 que llegamos, de 284 de las 415 chicas que éramos y de 56 entre las 84 de mi categoría. El que no se consuela es porque no quiere y les recuerdo que hace dos años llegué de última. El sabor agridulce me lo ha dejado una pequeña lesión en el pie izquierdo, recuerdo de un golpe que me llevé hace un montón de años y que me tiene en el dique seco hasta nueva orden. Esperemos que entre la tobillera y el reposo todo se resuelva satisfactoriamente y no tenga ninguna excusa para andar rodando de nuevo la semana que viene. Un abrazo, vaguetes.

jueves, 17 de octubre de 2013

VEINTISIETE MESES CORRIENDO: SEGUIMOS OMMMM

Dos minutos antes de mi primera San Silvestre
Foto propiedad de Fata Morgana
Hola, queridos vaguetes. Escribo durante una semana de descanso tras la última carrera de diez kilómetros. Vacaciones que me he tomado sin el menor remordimiento de conciencia porque al fin y al cabo todos los humanitas funcionamos a base del sistema del premio y el refuerzo positivo y esto no iba   a ser una excepción, ¿no? No sólo es por eso, después del esfuerzo que supone correr al límite el cuerpo necesita recuperarse, sobre todo las articulaciones. Estoy muy concienciada últimamente con el tema de las lesiones, será porque el churri tiene una fascitis plantar y está en rehabilitación y yo sigo a rajatabla aquello de "cuando las barbas de tu vecino veas cortar..."

Estoy contenta por varios motivos que a su vez se resumen en uno solo: qué bien me va con la filosofía del NPN (No Pasa Nada) ¿recuerdan? Se basa principalmente en bajar el nivel de exigencia y salir a correr por el puro placer de hacerlo, y estoy contenta, digo, porque a pesar de haber rebajado ese nivel y haber hecho casi todos mis entrenamientos desde septiembre con el método Galloway (correr-andar), no he perdido las pocas facultades que tengo, habiendo conseguido finalizar una carrera de diez kilómetros sin demasiado esfuerzo. Quiero decir que no por basar los entrenamientos en hacer parte del recorrido andando va a ser imposible estar corriendo durante una hora seguida. Imagino que tampoco es bueno anclarse para siempre jamás de los jamases en dicho sistema, pero hay que reconocer que es mucho más agradecido.

Este último mes he estado corriendo Galloway de dos formas: en series de 500 metros y en series de 250 metros, que es más agradecido, más divertido y más todo. Más agradecido porque apenas si te da tiempo a cansarte, lo probé recién salida de la gripe, porque estaba tan cascada que ni siquiera aguantaba el Galloway de 500, más agradecido porque en el recuento final vas más rápido que con el de 500 y más divertido porque cuando quieras acordar llevarás una hora haciendo ejercicio y te dará pena porque desearías seguir. Los cuadriculados del entrenamiento probablemente se echarán las manos a la cabeza, pero yo insisto en que no me voy a convertir en atleta a estas alturas, en que corro por mantenerme sana física y mentalmente y, sobre todo, en que ya bastantes reglas tengo que seguir en otros aspectos de mi vida como para hacerlo en la única actividad física que de verdad me gusta. Por eso estoy disfrutando del descanso sin que Pepito Grillo Cabrón ande saltando en mi hombro mientras me susurra el mantra de "Citius, fortius, altius". Y así lo retomaré la semana que viene: con ganas de pasármelo bien, que para sufrir ya nos llega con las que nos hace pasar la crisis ¿no?

martes, 8 de octubre de 2013

LA CORUÑA10 2013: CÓMO ACABÉ MI QUINTA DIEZ MIL

Foto propiedad de Fata Morgana
Gracias, Bruno, por tirar la placa
Yo no sé si tengo mala suerte, querencia a los bichos o simplemente el síndrome de Calimero (ser quejica), pero el caso es que ha vuelto a suceder: la semana anterior a una carrera voy y me cojo un trancazo de mil pares de narices, nunca mejor dicho. Ya no tenía muchas ganas de acudir a mi segunda cita con La Coruña10, considero que es demasiado pronto después de los excesos veraniegos y siempre voy mal entrenada, en verano bajo el ritmo y en septiembre, entre la vuelta a casa, la vuelta al cole y la vuelta en general, tardo en empezar a correr como es debido, pero como la había hecho el año pasado y me picaba la curiosidad de ver cómo me iba este año (la curiosidad mató al gato, dicen)  y además quería testear las nuevas plantillas en carrera, pues me apunté, y seis días después las cataratas del Niágara en forma de mocos se apoderaron de mi organismo sin pedir permiso ni nada, oiga.
Total, que ya iba yo poco fina, saliendo seis o siete kilómetros en plan tranqui un par de días a la semana cuando el martes 24, a doce días del magno evento, me caigo con todo el equipo, lo que me jode al cuadrado porque me impide: 1. Entrenar; 2. Ir a tope de power aunque no entrene, que ya sé yo cuánto me duran los catarros, quince días como poco. Y, por supuesto, pasándolo de pie y trabajando, que no están los tiempos para coger bajas con la subsiguiente bajada de sueldo. En fin, hostias por todos los lados. Para rematarla, no corría diez kilómetros seguidos desde abril, cuando hice mi última carrera, y cuando empecé a pensar en semejante totum revolutum así como to junto, qué quieren que les diga, me hice kk. Salpimiéntese todo esto con el hecho de que el domingo anterior, a ocho días del magno evento y algo recuperada del síndrome del trol (léase catarro) bajé a trotar un poco y en el segundo kilómetro tuve que andar porque no podía con los huevos que no tengo hasta completar la miserable distancia de cinco kilómetros corriendo/andando, y el resultado fue decir: no voy. Suicidios, los justos.

Pero como soy una maldita mula y había cotizado ya los siete pavos de la inscripción con todo lo que eso conlleva, que si la pasarela, que si meter el pin, que si me dan un código que siempre tecleo mal, que ni hacer la declaración de la renta es tan complicado, coño, y perder todo ese chollo me daba así como penita gorda, decidí no precipitarme y pensármelo muy mucho hasta el día seis a las diez cincuenta y nueve zulú. La carrera empezaba a las once. Así que el sábado a las nueve de la noche empecé a preparar las cosas con mi orden y concierto acostumbrados: el chip antes que nada, ya dije que JAMÁS se me volverá a olvidar en casa, el suje técnico, los gayumbos de la suerte (un día contaré de qué va eso), calcetos bajos, camiseta sisa y pantalón corto, que el año pasado me cocí a fuego lento, el pulsómetro, la cinta y, cómo no, el pañuelito motero, que nunca me abandona por su polivalencia: si hace calor impide que se me derrita el coco y me caiga el sudor en los ojos y si llueve absorbe el agua para que no me caiga por la cara, y ocupa menos que una gorra. Como había procurado dormir poco la noche anterior (léase ir de juerga) para tener sueño la siguiente, me largué una sobada de diez horas, sí, diez, han leído bien, y el domingo amanecí fresca como una lechuga recién regada y resignada a sufrir lo que fuera que me esperara. Me despidió el churri en la puerta algo contrito, esta vez él no corría, sigue con molestias fuertes en el pie.
En la calle se dispersaban los últimos coletazos de niebla otoñal y el día se anunciaba despejado, caluroso y sin viento, propio del Octubre coruñés. Excelente lo del viento, pero teniendo en cuenta que casi todo el recorrido transcurría al sol, la cosa no pintaba bien. Yo iba repitiendo mi mantra hacia la línea de salida: "si no te encuentras bien, te retiras" y "nada de pasar de las 175 pulsaciones".
La zona de calentamiento era un hervidero de gente, creo que había apuntados unos 3500 pares de gambas, de los cuales llegaron a la meta unos  dos mil doscientos y pico, treinta y siete de ellos después de la que suscribe. Pero no adelantemos acontecimientos. Calenté ligeramente, di una vuelta a ver quién estaba y solo encontré a Bruno, que iba de miranda esta vez para apoyar a su equipo y me encaminé al cajón 4 con el resto de los runner-plebeyos, los que no bajábamos de 57 minutos, y a mucha honra. Odio esperar en el cajón, me pone nerviosa, así que me calcé los cascos intentando concentrarme hasta que sonó el disparo. La salida fue lenta y en general escalonada, incluso educada, nada de empujones ni adelantamientos por la derecha y sin intermitente. Y yo tampoco me aceleré, esta vez decidí dejar mi usual estrategia de "toro en los sanfermines" para mejor ocasión y dosificar bien mis fuerzas. De hecho, no cogí mi velocidad de crucero hasta el tercer kilómetro.
IMG_6886c
Foto por cortesía de dietaydeporte

Tuve buenas vibraciones desde el principio, corría relajada y sin esfuerzo. Llegó la primera cuesta, que el año pasado se me había antojado un ocho mil, aminoré y resolví sin resollar, aceleré en la recta y, a mitad de ella, encontré un culito, o, más bien, un culito me encontró a mí. La propietaria del trasero me adelantó, yo la adelanté en el kilómetro siguiente, después me volvió a rebasar ella y así estuvimos jugando al tuya-mía y yo usándola de liebre, ella a mí no sé, hasta que en el kilómetro siete pegué un acelerón y la perdí de vista. No fue por competitividad, que aquí cada uno compite solo contra sí mismo, me fue genial para mantenerme entretenida y alejada de negros pensamientos en la parte más dura de la carrera, la que transcurre bajo un sol de justicia. En el cinco y medio una necesidad empezaba a atormentarme: ¿Dónde coño estaba el puesto de avituallamiento? Me estaba achicharrando. Al final, el oasis apareció en el seis, y con él el churri, que había bajado, con la lógica preocupación, para enterarse de si había enviudado o, si por el contrario, tendría que seguir aguantándome una buena temporada. Le dije que iba bien, y era la pura verdad, a pesar de que en algún momento rodaba a 187 pulsaciones. Ni un dolor, ni un sofoco, ya había conseguido disociar mi cuerpo en partes y las piernas iban independientes de la cabeza. Tirarme toda la botella de agua por encima sofocó gran parte de mis miserias. En el puesto de control del siete trescientos una señorita muy morruda con pinta de no tomar suficiente fibra me dijo que me quitara los cascos y el buen rollito que me iba dando la excelente versión de HIM del "wicked game" de Chris Isaak se fue a tomar por saco. Decidí no volver a ponérmelos y concentrarme a tope en los tres kilómetros que me quedaban. Tenía dos opciones: acabar manteniendo el ritmo, que empezaba a ser incómodo pero soportable, o intentar bajar de la hora y siete de mi última diez mil y terminar destrozada. Elegí lo primero, al fin y al cabo, era la primera carrera de la temporada y mis cañerías aún tenían una cierta cantidad de porquería mucosa que me lo iba a poner difícil. Enfilé el ocho, la calle donde vivo, y el churri estaba de nuevo allí gritándome que iba a acabar y que si iba bien. Levanté un dedo en señal de ok y la cabeza hacia casa, a ver si mi madre estaba esta vez en la ventana. Y sí, estaba. Saludé con más entusiasmo del que sentía, la carrera ya empezaba a pesar y la tentación de meterme en el portal también, y me sumergí en la vorágine, porque ya empezaba a correr por el centro y el público iba creciendo y no paraba de animar. Choqué manos de niños y agradecí los ánimos a los corredores que ya iban totalmente relajados de regreso, que por cierto, repetían siempre lo mismo: "venga, que ya queda poco". Y cuando me quise acordar, ya estaba en el kilómetro nueve, lo que he dado en llamar "la tortura psicológica de la organización". Y es que no me negarán que es una putada vil y rastrera hacerte pasar por delante de la meta cuando solo (o aún) quedan mil metros para terminar, cuando ya vas hecho mierda, viendo enanos de colores y tan jodido que si te mareas no eres capaz ni de decir tu nombre a los servicios de emergencia porque ni te acuerdas. Ese puto último kilómetro es el peor, y no debo de ser la única que lo piensa, porque cuando iba pasando a un señor que resollaba como un motor de cuatro tiempos, el hombre me soltó algo así como "Esto es horroroso, horroroso...". Le balbuceé como pude aquello de "venga, que ya queda poco", original que es una, al tiempo que también me lo repetía a mí misma, mientras pensaba dónde coño podría denunciar a esta gente por tortura mental, y eso que no le di caña a tope y crucé la meta en un tiempo neto de 01:08'15" con bastante presencia de ánimo, un minuto más que en mi anterior diez mil, y casi cinco minutos menos que en la carrera del año pasado. Entregué el chip, cogí la botella de agua y me marché para casa más contenta que unas pascuas, por los siguientes motivos (léase no se conforma el que no quiere):

  1. No la palmé.
  2. Acabé la carrera, a pesar de ir convaleciente y con poco entrenamiento.
  3. No llegué de última.
  4. Gestioné bien las fuerzas y no llegué destrozada. El año anterior había llegado mucho peor y cinco minutos más tarde.
  5. Corrí bien concentrada, relajada y contenta.
  6. No me dolió nada (en carrera, el día siguiente ya fue otro cantar).
Motivo especial de satisfacción para mí ha sido el hecho de que cuarenta y ocho horas después de la hazaña no me duele ni me ha dolido la rodilla que me tenía amargada desde hacía seis meses. Ahora toca descansar un poco, volver a coger el ritmo y empezar a preparar la San Silvestre. Pero esa ya es otra historia, y ya llegará el momento de contarla, espero. Solo pido que los virus me respeten esta vez. Hasta la próxima, vago-runners.



domingo, 15 de septiembre de 2013

VEINTISÉIS MESES CORRIENDO: EMPIEZA LA TEMPORADA

Hoooola, mis queridos vagorrunners ¿qué tal os ha ido el veranito? ¿Os ha crecido el culete con tanta caña y tanto chiringuito? Me temo que en ésas estamos todos, y claro, ahora con la vuelta al cole y los anuncios de las colecciones en la tele y trailalá trailalá nos empieza a remorder la conciencia y las lorzas nos pesan más que hace una semana ¿verdad? 
Yo he corrido a medio gas este verano, más constante que el año pasado pero con menos kilometraje. Me programé en modo mantenimiento: unos diez-doce kilómetros semanales para eso, para no perder la forma. El fondo ya es otro cantar. Tampoco podía correr mucho porque estaba probando las plantillas nuevas, y además andaba combinando con otras actividades, pero por lo menos no dejé semanas en blanco.
Así que llega septiembre y yo me veo completamente aburguesada y con una diez mil el seis de octubre, así como a la vuelta de la esquina. Solo de pensar en correr diez kilómetros me da una pereza que me dan ganas de meterme en la cama para siempre jamás, palabritadelniñojesús. Pero como yo me caracterizo principalmente por mi cabezonería, esta semana he empezado los entrenamientos, y eso que hasta octubre probablemente no podré hacer tres salidas a la semana, por problemas logísticos, léase madre a tiempo parcial y horarios incompatibles que sólo me permiten salir en las horas de más calor. Ene o, no.
Entonces me siento a tener una seria conversación conmigo misma, que son las peores porque no tienes escape. Y me pregunto: Morgana ¿qué carallo quieres hacer de tu runner-vida este año? Y la respuesta: no lo sé. Hace dos años tenía un reto: correr media hora seguida antes de diciembre. Hace un año tenía otro: correr los diez kilómetros en una hora. Uno lo conseguí, el otro no. Reflexiono un rato largo, muy largo, oigo las ruedecitas de mi cerebro trabajando. Y entonces, se me hace la luz: quiero subir la distancia a quince kilómetros. Distancia tonta, por cierto, porque hasta donde yo sé, no hay pruebas de quince kilómetros, pero si lo consigo, habré logrado dos cosas: aumentar la velocidad en diez, que buena falta me hace, y tener un poco más cerca la posibilidad de ir un día muy remoto a una media maratón.
Ahora toca diseñar el plan: un día de rodaje tranqui, aumentando un kilómetro al mes. Otro de calidad, aumentando la velocidad y el kilometraje según demanda. Y un tercer día de series. Salí esta semana a definir las distancias. El día de rodaje hice siete kilómetros y el día de calidad hice seis. A las series aún no he llegado porque no he tenido ningún día disponible. Lo cual quiere decir que en octubre me tocan rodajes de ocho kilómetros, en noviembre de nueve, y así sucesivamente. Y si pudiera meter un día de piscina por el medio, ya sería fantástico.
A todo esto, no me he vuelto a acordar de mis dolores de rodilla, lo que quiere decir que con las plantillas parece que me va bien. Ahora, el fondo que he perdido a nivel pulmonar durante el verano ha sido acojonante. El día del entrenamiento de calidad aguanté cinco minutos escasos a 180 pulsaciones, que es el ritmo al que suelo ir en las carreras populares. Mal te veo, Mateo. Pero como sigo con mi filosofía del NPN (no pasa nada) no me pienso agobiar, hala.
En fin, el mes que viene os contaré si he sido capaz de ir cumpliendo el plan y si al final me he apuntado a la que sería mi quinta diez mil. Dicen que no hay quinto malo ¿será verdad?

martes, 13 de agosto de 2013

VEINTICINCO MESES CORRIENDO: DIVERSIFICANDO Y DESOBEDECIENDO.

Como niña con plantillas nuevas
El verano, sobre todo cuando viene como tiene que venir, como este año, es la mejor época para practicar deportes al aire libre, siempre y cuando no se hagan en las horas de mayor calor. Por lo tanto, es lógico dejar un poco de lado el running para hacer otras cosas, y eso es lo que me está pasando a mí este año.

Como ya comenté en una entrada anterior, a mediados de julio me decidí a pasar por un centro ortopédico a hacerme unas plantillas a medida, porque empezaba a tener demasiados dolores concentrados en mi pierna izquierda y además en zonas críticas: tobillo, rodilla y ciático. Mientras esperaba a que me las hicieran, y aprovechando que la ola de calor invitaba a correr más bien poco, decidí centrarme más en la natación, siempre sin descuidar el running. El problema es que yo no puedo nadar. A ver, nadar sí que puedo, pero supuestamente por mis cervicales no debo hacerlo a braza, que casualmente es el único estilo que domino un poco.

Lo gracioso del asunto es que mi problema de cervicales es de nacimiento, simplemente tengo muy poco disco de separación entre c3-c4-c5, y eso jamás me había dado dolores ni problemas hasta que empecé a trabajar y a conducir y, en una palabra, me incorporé a la estresante vida de adulto en toda la extensión de la palabra. Cuando era niña y adolescente nadaba a braza horas y horas y jamás tuve la menor molestia en el cuello. Jamás.

Así que nada, aprovechando que tengo una piscina a mano, en julio empecé a nadar a braza unos pocos metros al día, trescientos o cuatrocientos, sobre todo con vistas a mantener la costumbre en invierno un día a la semana con el objetivo de fortalecer un poco el tren superior, el cual tengo bastante menos musculado que el inferior. Y sí, en dos días ya me dolía la musculatura del cuello y la espalda, cosa que ignoré. Teniendo en cuenta que a la vez tocaba la guitarra dos horas diarias, cosa fatal para el cuello, oiga, no sabía muy bien a qué achacarlo. Entonces mi querido churri, que se defiende en el agua bastante bien, se ofreció a enseñarme de una puñetera vez a nadar a crol. Y ahí llegó el horror.
Se me da fatal coordinar y la natación debe de ser de lo peor para los patosos: eso de controlar a la vez brazada, pierna, cabeza y respiración no está hecho para mí. Para empezar, me torcía, cosa que subsané usando gafas de bucear. Lo segundo y peor: el patrón de respiración. Practicaba en una piscina de ocho metros y era capaz de dar seis brazadas sin respirar porque, de intentar hacerlo, se me llenaban boca y nariz de agua con la consiguiente sensación de ahogamiento. ¡Impresentable! Y eso por no hablar de la capacidad pulmonar, que en el agua me da la impresión de que tengo dos uvas en vez de pulmones. Está claro que la práctica del crol pasa por abandonar el tabaco si no quieres palmar por agotamiento. Al mismo tiempo, iba mejorando la técnica de braza para no forzar demasiado el cuello, sacando muy poco la cabeza del agua , sólo lo mínimo e imprescindible para respirar, y en eso sí he mejorado. Así que espero poder añadir un día de natación semanal a mis entrenamientos a partir de septiembre. Eso sí, ni Cristo resucitado me verá en público nadando a crol, me muero de vergüenza solo de pensarlo. Esperemos que a la hora de comer esté la piscina vacía y pueda hacer medio largo, porque ni de coña me veo terminando veinticinco metros seguidos a crol sin ahogarme.

perfil de mi pie izquierdo
Entre pitos y flautas y ahogamientos llegó el día de recoger las plantillas y cambiar la piscina por los pedales, ya que empezaba mis vacaciones en la playa. Esperaba estrenarlas con un rodaje suave esa misma tarde, pero la ortopedista me hundió en la miseria al decirme que todavía no podía correr  con ellas, como mucho andar y correr un poco, que el período de adaptación era de seis semanas y que, al estar modificando la pisada, podía tener agujetas en otros grupos musculares hasta que las patas se acostumbraran al cambio. En resumen: que había que hacerles un rodaje.

perfil de mi pie derecho
El problema es que soy desobediente por naturaleza y que, al igual que me prohibieron la braza y la sigo practicando, hice poco caso de la ortopedista. Anduve el primer día, sí. Anduve y corrí el segundo, pero el tercero no podía más de las ganas y ya corrí todo el tiempo. Rodajes cortos, de cuatro, cinco o seis kilómetros y a trote muy cochinero. Usé también las plantillas con otras zapas para andar e ir de senderismo y por ahora no puedo más que congratularme de habérmelas hecho. Ni una agujeta, ni una. El dolor ciático y el de tobillo han desaparecido. El de rodilla aún persiste al bajar escaleras, pero muchísimo más matizado. A ver qué pasa en septiembre, cuando el volumen de kilometraje semanal se duplique. Por ahora estoy a mínimos, unos diez u once kilómetros a la semana, cuando lo normal en mí es hacer en torno a los veinticinco, pero, como he dicho, en estos momentos estoy en modo vacaciones y alternando con la bicicleta y los paseos. Lástima ser tan torpe, porque tengo aquí al lado una pista de paddle, pero ya he dicho alguna vez que los deportes con cosas en las manos o en los pies no están hechos para mí.

Pues nada, que este mes me he hecho 36 kilometritos de nada corriendo, pero menos da una piedra, ¿no? ¿Qué tal lo lleváis vosotros en verano?

lunes, 12 de agosto de 2013

UN DÍA DE SENDERISMO: III SUBIDA AL MONTE PINDO










Playa de Carnota desde la cumbre del monte Pindo.
Fotos propiedad de Fata Morgana y Eva Quintela


 No todo en esta vida va a ser correr, y creo que ya comenté alguna vez que también me gusta el senderismo, así que aprovechando mi veraneo en la preciosa villa de Ézaro, una vez cada dos o tres años aprovechamos para hacer el ascenso hasta la Moa, el pico más alto del monte Pindo, a seiscientos metros de altitud. Quizá piensen ustedes que es una burrada, pero en absoluto, valga como prueba saber que mi hijo subió por primera vez con siete años, así que...
En fin, que aprovechamos el primer día de nordeste (garantiza día despejado e inmejorable visibilidad) para subir a comer. El ascenso lleva más o menos hora y cuarto, la bajada unos cincuenta y cinco minutos. En total, entre la sesión de fotos, el picnic y toda la pesca, estuvimos cuatro horas.
Hay varias rutas para subir, tres hasta donde yo sé: desde la aldea de O Fieiro, la más fácil, porque ya partes de 300 m de altitud, la que parte del nivel del mar en O Pindo y una tercera más tendida pero también más larga desde Caldebarcos. La de O Fieiro son siete kilómetros en total, ida y vuelta.


Carnota, espectacular al fondo



Ya se ve la Moa, ya se ve

 El encanto de hacer es la ruta es, como ya habrán adivinado, la vista. De las tres veces que he subido ésta ha sido la mejor en este aspecto, el día estaba despejadísimo y se llegaban a avistar lugares tan lejanos como el Pico Sacro, las dunas de Corrubedo y la desembocadura de la ría de Camariñas, un auténtico lujo.
La playa de O Pindo desde la cumbre

Corcubión al fondo



Isla de la Lobeira


O Carromeiro

Playa de Gures

Carnota, en todo su esplendor
Bien, aparte de captar  buenas fotos, yo llevaba otro objetivo en mente: era la primera vez que hacía la ruta desde que corro. Aunque ya he dicho que es fácil, incluso en la cumbre había un señor con bastón, no deja de ser todo cuesta arriba y cuesta abajo. Las veces anteriores había llevado yo misma un bastón para apoyarme en la subida, este año no lo llevé y tampoco lo eché de menos. Y la bajada no fue demasiado rompepiernas, de hecho, apenas si me dolió la rodilla después. Por supuesto, llevaba las plantillas nuevas.
Así que como recomendaciones, poco hay que decir: calzado cómodo, pantalón largo por aquello de los tojos y otras plantas que puedan pinchar, protección solar (yo me quemé la espalda), gorra, una botella de agua, repelente de insectos y a tirar millas. Para los frioleros aconsejo llevar algo de abrigo, porque en la cumbre sopla bastante el viento y hace frío. La ruta está perfectamente señalizada con los signos convencionales de senderismo, ya saben, = y X. Y mejor ir por la mañana temprano, sobre todo si va a apretar el calor. 


Morgana and company tras conquistar la cumbre

Finisterre

Descansando tras el picnic

¡Prueba conseguida!

Asia a un lado, al otro Europa...



Y además, hicimos amigos nuevos

Sólo me resta recomendaros que si un día os coincide pasar por aqui y tenéis tiempo para hacer la ruta, no lo dudeis. Merece la pena.