lunes, 27 de febrero de 2012

¡AHORA SÍ!: BENEFICIOS DEL RUNNING

Imagen cortesía de www.vitonica.com
Los chalados que nos dedicamos a correr no lo hacemos porque sí. Suele haber un motivo concreto para empezar: sacarse las arrobas de encima, bajar el colesterol, despejar la mente... pero llega un momento en que hay un enganche físico y psicológico al asunto, a la vez que empiezan a verse unos beneficios concretos. Hay muchas páginas de internet que prometen el oro y el moro, estoy pensando en una en concreto que poco menos que garantizaba que corriendo acabarías siendo un clon de Angelina Jolie o cualquier otra cachonda que se te venga a la cabeza. Pues tampoco es así. Yo sólo puedo hablar de la feria según me va en ella, así que contaré qué he visto yo de positivo en el asunto. Algo habrá sido, porque si no no seguiría dándole a la zapatilla ¿no?
Bien, lo primero que se nota, quizá unos pocos días después de empezar a correr es un bienestar tremendo. Lo notarán sobre todo los fumadores, supongo, y es un aumento de la capacidad respiratoria, ese poder llegar "hasta el final". Los no fumadores pueden llegar hasta el final cuando quieran, que para eso no fuman. El placer de notarlo después de muchos años está restringido a los que le damos al vicio. Por cierto, correr no quita las ganas. De fumar, digo.
Lo segundo para mí fue un descenso evidente del nerviosismo. Teniendo en cuenta que tenía la perpetua sensación de tener un elefante sentado en mi plexo solar (un nudo de angustia, supongo) y que ésta desaparecía por lo menos durante el rato que iba a trotar, pues estaba deseando que llegara el momento. Dejé de notar esa desagradable sensación por completo más o menos a los tres meses. Y no sólo eso, ahora soy mucho más reflexiva para todo, me pienso todod os veces y procuro no agobiarme por las cosas, pues me he dado cuenta de que todo acaba teniendo solución. Al correr libero toda la maldita adrenalina que me envenena el cerebro.
¿Se duerme mejor? Bueno, yo no soy de mal dormir. Los días que llego muy cascada del trote no suelo dormir bien y sueño que corro y no llego a ningún sitio y cosas de lo más extrañas. Pero ya no me suelo levantar cansada, lo que me lleva a:
Adiós al cansancio, eso sí. Aunque aún me toca pasar la prueba de fuego de la puta astenia primaveral (y a estas alturas ya debería tener síntomas) he de decir que en otoño ni me enteré del cambio de estación por primera vez en muchos años. En general, sobrellevo mucho mejor la jornada que antes. Tampoco tengo esas pájaras que me daban después de comer, que me quedaba dormida en el sofá con el mando a distancia en la mano y la baba colgando.
Bueno, todos estos son beneficios que, como he dicho, empecé a notar muy pronto. Pero hete aquí que un día empecé a darme cuenta de que se me marcaban los abdominales de la cintura, cosa que me hizo mucha ilusión, como comprenderán. La barriga fue el primer sitio donde noté cambios musculares. Para bien, se entiende. Lo siguiente fue notarlo en el culo, y después en la parte trasera del muslo. Como contrapartida diré que si el running tiene efectos positivos sobre la celulitis yo no lo he notado, o, por lo menos, no lo he notado demasiado. Si tu culo tiene más cráteres que la luna, pues lo siento mucho pero lo más probable es que los siga teniendo.
Siguiendo con la frivolité de lo físico: el tan cacareado bajón de peso en mi caso brilla por su ausencia, aunque quizá sea porque no necesito bajar nada. Eso sí es una vendida de moto: correr no adelgaza, o, por lo menos, no lo hace si no se acompaña de una dieta. Y para quemar grasa hay que correr un montonazo de tiempo, cosa que he empezado a hacer ahora (hoy, una hora y diez minutos). Así que ya os contaré dentro de unos meses. La parte buena es que tampoco se engorda si se sigue comiendo lo de siempre, y que los excesos se purgan antes. Dicen que los efectos en el peso se notan a muy largo plazo, como un año o así. Lo que es cierto es que después de una hora corriendo y tras haber quemado quinientas calorías no te apetece joderlo todo engullendo como el ogro del cuento. Resultado: tus hábitos alimenticios mejoran. Yo ahora soy adicta al muesli, comida de hámster, quién me lo iba a decir.
Verdad como una casa: los beneficios sobre la piel. Y eso no lo digo yo, lo dicen los demás que hacía tiempo que no me veían. Me notan un cutis estupendo. Hombre, tanto oxígeno tenía que servir para algo.  No es que se planchen las arrugas, pero sí que se tiene la piel más tersa y sin granos, pues te limpias de toxinas.
En cuanto al descenso en número de catarros y demás, no he notado gran cosa, aunque tampoco soy muy propensa. Este invierno llevo dos, lo normal. Lo que sí hace el running, como cualquier otro ejercicio, es obligarte a soltar una cantidad monstruosa de mucosidad, lo que despeja la nariz bastante y es de lo más asqueroso. También puedes hacerte campeón mundial de lanzamiento de gargajo, yo ya soy una alumna aventajada, ya no recuerdo cómo los primeros días me escupía los pies.
Quizá el mejor efecto para mí, siempre que no me propase con las pulsaciones, como dije en la entrada anterior, ha sido la desaparición casi completa de mis asquerosas migrañas. La parte mala es que cuando tengo una mi umbral de tolerancia al dolor ha bajado considerablemente, porque a lo bueno se acostumbra uno enseguida. Para las del sonsonete de: "cariño, esta noche no, que me duele la cabeza", la maldita jaqueca será ya sólo un recuerdo. Mejor que vayan inventándose otra excusa. Y otro efecto que he notado: ir a correr la noche anterior a una juerga disminuye considerablemente los efectos negativos de la misma: adiós resacas. Como contrapartida, la carga brutal de oxígeno que tiene tu cuerpo te hace tolerar muchísimo mejor la ingesta de alcohol, así que la cosa puede llegar a ser lo comido por lo servido.
Y un último beneficio: como decimos en mi tierra: xente con xente. Correr te da ganas de empezar a hacer otras cosas los días que no corres, como caminar a paso rápido, o sacar la bici del trastero, o ir un rato a la piscina. ¡Incluso largarte a un parque geriátrico a probar las máquinas para los abueletes! Que me lo digan a mí...

miércoles, 15 de febrero de 2012

SIETE MESES CORRIENDO. OCHO KILÓMETROS. ME SIENTO DESCONCERTADA

imagen cortesía de http://balneariodeparacuellos.com

Hola, queridos runners. Aquí estoy, semipuntual a mi cita mensual y dispuesta a contar mis cuitas de este mes, que no han sido pocas. Estoy un poco atascada y llevo todo el mes intentando dar con la causa. ¿Sobreentrenamiento? ¿Abulia? ¿Miedo? No lo sé. El caso es que  este mes me he llevado un par de sustos que me han hecho replantearme el entrenamiento (por llamarlo de alguna manera): la migraña.
Soy migrañosa, sí, qué le voy a hacer. Es una putada como otra cualquiera. Cada vez tengo menos crisis y menos intensas, ya desde hace tiempo. Supongo que a medida que se acerca la temida menopausia mis arterias cerebrales se van tranquilizando. Pero desde que empecé a correr tengo todavía menos migrañas. O tenía...
El primer aviso lo tuve el día de la San Silvestre al cruzar la meta. Se me redujo la visión lateral. Se llaman auras y son el preaviso de que va a haber migraña, aunque a veces se recupera la visión y el dolor no aparece. Ese día me sucedió así. A la media hora recuperé la visión completa y aquí paz y después gloria. Lo achaqué a haber corrido pasadísima de pulsaciones.
A las tres semanas, empecé con el fartlek, haciendo algunos minutos al 90% de la FC. En el último kilómetro, me sucedió lo mismo. Me dolió un poco la cabeza y el dolor se fue por sí mismo.
Pero en la siguiente sesión el dolor no sólo no desapareció, sino que me duró cuatro malditos días (con medicación) y me impidió correr el resto de la semana. A todo esto, con el maldito dolor de espinillas haciendo su aparición cuando menos hacía falta, como de costumbre. Por si fuera poco, llevaba un mes intentando librarme de dos kilos que había cogido en navidades a base de dieta de polvorones. Y a pesar de que volví a comer normal y seguí corriendo, seguían conmigo. Así que me senté a reflexionar, decidí que estaba corriendo a un ritmo inadecuado para mí y tomé varias decisiones:
1. Volver al trote cochinerísimo. Prohibido pasar de las 150 pulsaciones. Andar al principio de cada kilómetro. Ir al neurólogo, cosa que no me vendría mal, hace dos años que no me ve el pelo.
2. Tres sesiones a la semana como mucho, cuarenta y cinco minutos mínimo corriendo y el resto andando hasta completar la hora. Los días alternos, a andar. Un día a la semana, reposo absoluto.
3. Prohibidos los cambios de ritmo. Terminantemente.
Bueno, desde que me impuse este régimen espartano me he librado de los tres males: ni dolor de coco, ni  dolor de espinillas y los dos kilos ya están fuera. Es lo bueno de haberme pasado de la zona cardio (70-80 FC) a la zona quemagrasa (60-70 FC). ¿Que voy más lenta? ¿Y a mí qué me importa? ¿Acaso hay alguien esperándome en la meta?
Bueno, es posible que sí me esté esperando alguien. Mi marido ha vuelto a correr por fin tras una buena temporada apartado del asunto por una lesión de rodilla. Por supuesto, no vamos juntos. Él corre al doble de velocidad que yo y está preparando media maratón. Nuestro armario es un batiburrillo de ropa de running y acabamos cambiándonos las camisetas y los calcetines. Uno sale por la mañana y otro por la noche. Él se ventila quince kilómetros y yo, con suerte, siete y medio. En algún momento del día, comentamos la jugada, comparamos lesiones y nos damos ánimos. Nos recomendamos aplicaciones del iphone para entrenar, intercambiamos las bolsas de hielo, ejercicios de estiramientos y nos lo pasamos pipa. Por cierto, quizá lo mejor de este mes ha sido descubrir un placer desconocido: el spa. La semana pasada nos tiramos dos horas en el talaso aplicándonos chorros en las piernas. Salimos tamaño llavero, pero completamente nuevos. Creo que lo voy a incorporar a mi entrenamiento: una sesión de spa cada quince días. Porque yo lo valgo ¿o no?
El neurólogo puede esperar...

martes, 7 de febrero de 2012

NO TODO EL MONTE ES ORÉGANO: EFECTOS ADVERSOS DEL RUNNING

foto cortesía de ARASAAC
            Hola, queridos vagos. Vaticiné que no todo eran los mundos de yupi en esto del running ¿no? Creo que ha llegado el momento de hablar un poco de los efectos secundarios indeseables de este deporte, que los hay, y que con un poco de cuidado son evitables. La mayoría de ellos nacen de un exceso de entusiasmo cuando el runner neófito se cree Haile Gebrselassie. Aún yo, tortuga asmática por excelencia, he tenido la desgracia de sufrir unos cuantos, de los que hablaré a continuación.
            AGUJETAS: El efecto más inmediato son las odiosas agujetas. Es esa asquerosa sensación de que miles de enanos te están pinchando con agudos alfileres diminutos. ¿Son evitables? En parte sí, sobre todo si se empieza con mucha moderación (ya sabéis, correr 30 segundos/andar 1 minuto). Yo no las sufrí hasta que empecé a correr unos diez minutos seguidos. Lo lógico es pensar que las que más sufrirán esos efectos serán las piernas, puesto que es lo que más se usa, pero al correr ponemos en marcha el 70% de la musculatura de nuestro cuerpo, así que no te extrañe que te aparezcan en los sitios más inverosímiles. A mí me martirizaron los abdominales durante la friolera de seis meses, aún no hace mucho que dejé de tener agujetas por fin. Dicen los expertos (vulgo listos de los cojones) que hay que sufrirlas durante unos tres meses, según la forma física del sujeto. Yo tardé el doble. Y no confundir con el dolor que te pueda entrar después de correr, no es lo mismo. Uno puede llegar hecho polvo con las piernas como si fueran gelatina y al día siguiente estar como nuevo cuando la noche anterior pensaría que no iba a poder salir de la cama ni harto grifa. El remedio contra las agujetas es no dejar de hacer ejercicio y acabarán yéndose por sí solas.
            JAMACUCOS: Otro efecto indeseable son los mareos y bajadas de tensión, ya sea por demasiado calor o por correr excedido de pulsaciones, error muy frecuente en los principiantes. Combinando correr con andar muy poco tiempo es difícil que suceda, pero no imposible. Uno no debe pasar del 60 o 70% de su frecuencia cardíaca máxima. La mejor solución es correr con pulsómetro y dejarse de historias, que a partir de 20 euros los hay, aunque cutres. Como lo que nos interesa es que mida el ritmo cardíaco y no necesitamos más chuminadas, con uno de baratillo nos llega. La otra opción es intentar hablar sin jadear al correr, pero si vas solo corres el riesgo de que te tomen por loco. También puedes buscarte el pulso en el cuello o en la muñeca mientras con el segundero del reloj cuentas el tiempo, tú mismo. Ante cualquier molestia, mareo, taquicardia, sofoco, ahogo o similar, hay que parar, lo normal es reponerse del jamacuco, pero también podría ser síntoma de algo más grave. Aviso a navegantes migrañosos: el exceso de ritmo cardíaco puede dar lugar a un ataque de migraña salvaje, que me lo digan a mí, que hasta tres veces he vuelto a casa con la visión lateral seriamente perjudicada por las auras que preceden al migrañón por andar haciendo el gilipollas con las pulsaciones. A veces la migraña subsiguiente me ha tenido apartada de las zapas hasta cuatro días.
            AGOTAMIENTO: El exceso de euforia puede llevarte a correr todos los días porque ves que puedes con ello, sobre todo al principio, cuando sólo corres cuatro o cinco minutos. ¡Craso error! No tardarás en caer en brazos del agotamiento y a lo mejor lo dejas para siempre. Entrena a días alternos y si los días que no vas estás como si tuvieras una piraña en los calzoncillos, vete a caminar, simplemente, o a nadar, o a andar en bicicleta.
            LESIONES: correr es un deporte de alto impacto. A lo mejor no lo notas, pero cada vez que los pies están en el aire y tocan el suelo, tus piernas aguantan un mogollón de veces tu peso. Las lesiones suelen aparecer tarde o temprano. Tú alégrate, que por ahora lo tienes todo nuevo. Varias son las formas de evitarlas: correr en piso blando (cosa que a lo mejor no puedes hacer porque lo que te queda más cerca es asfalto), correr con zapatillas que tengan buena amortiguación (eso sí puedes hacerlo), correr intentando levantar lo menos posible los pies del suelo y a pasos cortos, y, sobre todas las cosas, calentar y estirar los músculos antes y después, cosa horrible, porque al llegar lo único que te apetece es pegarte una ducha y después un buen homenaje gastronómico. Al principio se puede calentar andando un rato, simplemente, pero los estiramientos de después deberían hacerse siempre. Yo aparte de estirar me echo crema de efecto frío en mi zona sensible: las espinillas. Otra opción es echarse hielo, pero no estoy por la labor, y menos en pleno invierno. Ojo al dato, tengo muchos amigos que han quedado en el dique seco por la periostitis o por la fascitis plantar. Si tenías alguna lesión secreta, y a cierta edad todos las tenemos, ahora saldrá a la luz, la muy cabrona. En mi caso, una distensión del ligamento lateral en la rodilla izquierda que no sé cómo me hice hace años y que me empezó a dar la lata a raíz de correr. Desde que uso el método Galloway ha dejado de molestarme. De todos modos, nunca se debería correr lesionado y hay que parar ante el menor dolor.
            NERVIOSISMO E INSOMNIO. No hablo en broma. Ya he dicho alguna vez que correr produce euforia. Y a mucha gente le da insomnio si lo hace a última hora de la tarde. Si es tu caso, elige otro horario. Lo mejor es seguir el horario que marque el cuerpo. Hay gente que no soporta correr por la mañana. El consejo es válido para todo lo demás: escucha a tu cuerpo y hazle caso. A no ser que tu cuerpo te diga: "quédate en el sofá y sigue criando culo". En ese caso, pasa de él como de la mierda. La próxima semana, la parte buena del asunto, los beneficios. Abur, vagorrunners.


martes, 31 de enero de 2012

SEGUNDO PASO PARA LEVANTAR EL CULO DEL SOFÁ


imagen cortesía de www.ahorrodiario.com

Hola, querido vago. Prometí que volvería para martillear tu conciencia como un jodido Pepito Grillo y aquí estoy. ¿Qué tal te ha ido desde la última vez que nos vimos? ¿Me hiciste caso? ¿Has empezado a mover el culo? Si es así, felicidades. Pongámonos en lo mejor: has comenzado a andar un poquito, te sientes bien y te apetece empezar ya a andar un poco más rápido o incluso correr (no mucho, recuerda, puedes herniarte). ¡Fantástico!

La mala noticia es que quizá en este momento empezarás a escuchar cantos de sirenas. No sirenas cualquiera, no, sino unas sirenas especialmente atractivas de sedosos cabellos rubios, enormes ojos azules y tetas enormes y turgentes. Te llamarán con voz de lo más convincente para que te quedes en el sofá con ellas y, consecuentemente, tu culo siga creciendo. A ellas les importa un carajo, de cintura para abajo son peces y no les crece el culo. Pero a ti sí. Y en ese momento inventarás toda suerte de excusas y pretextos para no salir a correr/andar. Verbigracia:

1. No sé correr. ¿Que no? Si quieres te meto en casa cualquier cosa que te de mucho miedo: una tarántula, una víbora de los pantanos, un tigre de bengala, un violador del Ensanche, ya verás cómo sí sabes correr.

2. Me da vergüenza. Anda, alma de cántaro. ¿Pero tú te crees de verdad que pudiendo recrear la vista en nalgas respingonas, torsos musculados como tabletas de chocolate, pectorales que apuntan al cielo, piernas torneadas, vientres firmes (es el cuerpo que suelen tener los corredores habituales) alguien se va a fijar en ti? Estás de coña... Si esto no te convence, cógete el coche y vete a correr a algún desierto hasta que pierdas la vergüenza.

3. Hace frío. ¿Y para qué coño está la ropa, pregunto yo? Ponte encima toda la que creas que vas a necesitar, aunque la mitad te sobrará al cabo de un rato. Más que llevar mucha ropa encima es mejor "cerrar escotillas", abriga más llevar guantes, gorro y una braga al cuello (sí, se llaman así, qué le vamos a hacer) que ponerse dos sudaderas. Ah, abrigarse para sudar sólo hará que te deshidrates, no te hará adelgazar.

4. Hace calor. Ahí sí que no te puedo ayudar. Si hace mucho calor ya no te podrás quitar más cosas, aunque siempre puedes llevar una botella de agua e ir tirándotela por encima. De todos modos, estamos en enero ¿qué carajo me estás contando? Para cuando llegue el calor ya estarás enganchado al running y el calor te importará una mierda. En cualquier caso, procura siempre correr con la fresca, bien a primera hora de la mañana o a última de la tarde.

5. Estoy cansad@. Por supuesto que lo estás. Cansado de no hacer nada. Cansado de que la huella de tu culo en el sofá sea cada día más grande. Cuando vengas de correr también estarás cansado, pero será otro tipo de cansancio, no ese cansancio asqueroso que tienes cuando llegas de trabajar, arrastrando los pies y tu cada vez más enorme culo. Es un cansancio agradable que te hace dormir toda la noche de un tirón. En los días siguientes el cansancio dará paso a una energía ilimitada.

6. No tengo tiempo. Nada que objetar, en esta vida moderna que nos enloquece. Pero date cuenta de que por ahora no necesitas mucho, unos 20-25 minutos por sesión. Para cuando necesites más ya estarás enganchado y sacarás el tiempo de debajo de las piedras, como hago yo.

7. No tengo equipo. No, por ahí sí que no paso. Unas zapas las tiene cualquiera, un pantalón cómodo de andar por casa, también, y una sudadera vieja. Y si no, hay tiendas y/o mercadillos donde te haces con ambas cosas por quince euros. Doy por hecho que las zapas ya las tienes, y por ahora no hace falta que te compres unas específicas de running. Ya te las autorregalarás cuando estés enganchado.

8. Tengo mucho trabajo. Sí, y como no hagas una pausa para desconectar, tu eficiencia bajará muchos puntos. Correr aclara las ideas y refresca el cerebro. Lo recarga de oxígeno.

9. No tengo con quién dejar a los niños. Muchas veces yo tampoco, pero mi bicho va en su patinete y yo voy corriendo. Así los dos hacemos ejercicio. ¡Y anda que no me encuentro progenitores por mi recorrido habitual corriendo mientras empujan el cochecito de su bebé, incluso muchos los llevan a las carreras populares!

10. No tengo motivación. Bueno, si estás leyendo esto, es que alguna tienes. ¿Motivación? Levántate la camiseta delante de un espejo y mírate bien. Ahí la encontrarás, para bien o para mal.

            ¿Has dejado de escuchar a las sirenas tetonas? ¡Perfecto! Levanta el culo. Nos veremos en una próxima entrega. Besazos, vaguete.

miércoles, 25 de enero de 2012

EL MÉTODO GALLOWAY

Hola, queridos runners. Escribo tirada en el sofá mientras me repongo de mi entrenamiento Galloway de hoy. Muchos sabréis de lo que hablo, otros no. Para los ignorantes en el tema, doy principio a mi exposición.
El método Galloway es, como su nombre indica, un método para correr "inventado" por un tal Jeff Galloway, maratoniano olímpico estadounidense. Consiste esencialmente en correr/andar (de ahí las comillas de "inventado", el tío tuvo los santos huevos de registrarlo como invención suya), es decir, lo mismo que yo estuve haciendo durante mis primeros tres meses como runner. La diferencia es que él lo propone para carreras de competición: media maratón y maratón. A los runners de verdad les entran escalofríos y se llenan de ronchas sólo de pensarlo: andar, qué vergüenza, poddió, yo soy un corredor y en una carrera se corre, no se anda. Galloway, que tiene un montón de medallas en su palmarés, al parecer, empezó a utilizarlo después de correr 50 maratones y dice que ha conseguido mejores resultados en cuanto a tiempos se refiere que cuando solamente corría. Algo tiene que decir si quiere vender su libro. Propone varios métodos de entrenamiento: para los 21 km y para los 42. Como yo no tengo la menor intención de correr los 42 y los 21 no los descarto pero los veo muy lejos, decidí aplicarlo para mi entrenamiento diario, porque estoy cascada otra vez. Se me ha ocurrido pensar que mis dolores tibiales vienen de una falta de calentamiento. He probado el método dos días y estoy mucho mejor. El asunto consiste en correr una parte de cada kilómetro y andar otra. Como a mí me lleva unos 7-8 minutos correr un kilómetro, ando minuto y medio por cada uno. Una vez por semana hay que aumentar el tiempo de la sesión o la distancia, porque si no uno se estanca y no mejora. Por ahora he conseguido que los primeros tres kilómetros no resulten una tortura para mis espinillas y además puedo apretar en la segunda parte del kilómetro, porque sé que en breve podré tomarme un pequeño descanso y bajar las pulsaciones. ¿Que si se ralentiza el ritmo? Al principio sí. Al cabo de unos kilómetros ya no, incluso se puede bajar. Según el gurú éste, cualquiera puede correr una maratón en seis meses ¿lo cualo?
A mí lo que me flipa es que lo tenga registrado... jajajaja.

miércoles, 11 de enero de 2012

SEIS MESES CORRIENDO: VOLVIENDO A LA CASILLA DE SALIDA



Como dicen en mi pueblo: pasó el día, pasó la romería. Atrás quedó la San Silvestre y ahora queda una sensación de vacío, como diciendo: "¿Y ahora qué hago?" Tenía un poco perdida la perspectiva. Yo empecé a correr para estar en forma de cuerpo y mente, no para competir, teniendo en cuenta además que un perro cojo corre más rápido que yo.
Pero, por otro lado, el preparar alguna prueba es un gran incentivo, ése que te hace salir los días que hace un frío que pela o que jarrea que te cagas. Aunque sólo sea con el objetivo de acabar una carrera, como hago yo. La sensación de euforia de los días siguientes, con la satisfacción de haber pasado la prueba, es como una maldita droga, droga que actúa como bálsamo para las diecisiete mil agujetas que te impiden dar un paso sin parecer Robocop. Ahora llega el momento de reflexionar, y mi reflexión es la siguiente: he conseguido mis dos primeros objetivos sin esforzarme ni sufrir, sólo a base de disciplina, eso es lo único que he tenido que poner de mi parte: ocuparme de salir a correr tres días por semana a un ritmo tranquilo, sin intentar mejorar la velocidad ni el tiempo.
Ya dije en una entrada de mi otro blog que hay dos fechas al año en que todo se vuelve buenos propósitos, las mismas que coinciden con los lanzamientos de estúpidas colecciones por parte de las editoriales y con el overbooking de tripas cerveceras en los gimnasios: septiembre y enero. Así que yo me he hecho también mis buenos running-propósitos: de aquí a tres meses, correr diez kilómetros. Con objetivo a la vista: carrera popular el 15 de abril. Y para eso hay que entrenar distancia y velocidad. La distancia es cuestión de correr cada semana un poco más hasta llegar a los 10.000 metros, que es básicamente lo que he venido haciendo hasta ahora, ir aumentando metros hasta llegar a los ocho kilómetros. La velocidad es otro cantar, porque no puede echarse uno al paseo con el firme propósito de hacer la distancia de siempre más rápido sin morir en el intento. Así que no me queda otro remedio que volver a los comienzos, allá por julio, qué lejos queda ya: combinar andar y correr o, en otras palabras: combinar correr despacio con correr rápido. Lo que los expertos llaman fartlek o cambios de ritmo. Consiste el asunto en correr a tu ritmo y durante un corto período de tiempo correr a toda hostia, cosa bien desagradable por cierto. Empecé corriendo 30 segundos y andando un minuto y eso es lo que voy a volver a hacer dos días a la semana: correr rápido 30 segundos y despacio un minuto, o hasta que recupere un nivel aceptable de pulsaciones, e ir subiendo poco a poco. Dentro de un mes me haré un nuevo test de Cooper, a ver si he conseguido rebajar mis patéticos tiempos. Por lo de pronto, después de seis meses mis pulsaciones en reposo ya han bajado, lo cual quiere decir que el ejercicio ha sido efectivo para mi salud cardiovascular, que no es poco.

lunes, 2 de enero de 2012

CÓMO TERMINÉ LA SAN SILVESTRE


            Aquí estoy. Antes de nada, feliz año a todos.
            Pues sí, he sobrevivido a la San Silvestre ¡por duplicado! A ver si soy capaz de narrar una crónica de mi carrera, digo la mía porque la de los demás no la sé. Como sabréis los que me seguís (y me soportáis) era mi primera carrera. La elegí porque el recorrido era asequible: 7,7 km con pocas cuestas (alguna de ellas, jodida) y me pareció estupenda para desvirgarme en esto del running: correr en casa, con amigos y conocidos dando ánimos, etc, etc, etc.
            Dicen que para toda carrera hay que plantearse un objetivo. El mío era sencillo y poco ambicioso: terminar. Si tenemos en cuenta que sólo llevo cinco meses corriendo, era lo único a lo que podía aspirar. No llevaba ningún plan de entrenamiento y, de hecho, no conseguí llegar a correr 7 kilómetros seguidos hasta la semana anterior. Aún encima, llevo arrastrando un resfriado “de los míos” (tos de perro continua) desde el 20 de diciembre, lo cual no me imposibilitó entrenar: seguí saliendo a correr tres días por semana con el moco colgando, cual runner-troll.
            Como soy previsora, el lunes 26 de diciembre me largué sola hasta la Plaza de María Pita, de donde partía la carrera, y me hice el recorrido. Conseguí terminarlo en bastante tiempo, pero con pocas dificultades, rodando al 80% de mi frecuencia cardíaca. Me tocó un día estupendo y soleado, pero frío. Eso me tranquilizó bastante y me alegro mucho de haber hecho la prueba antes del día D.
            Total, que llegó el 31, lloviendo a intervalos, yo con un ligamento medio tocado por la prueba del lunes, y allí me planté con marido y amigos. Él salía en el primer cajón por haber hecho tiempo el año anterior, yo con el mogolloning, gente disfrazada a diestro y siniestro: de supermán, de pitufo…
            Ya empecé mal. Al poner el pulsómetro en funcionamiento, no sé qué leches hice que escoñé todo. Así que me tiré los primeros 500 metros intentando arreglar el cacharro, que yo sin pulsómetro no soy persona. ¡Y menos mal que lo arreglé, que en cuanto volvió a funcionar me indicó que iba al 95% de mi frecuencia cardíaca! Mientras yo trasteaba, me iba pasando gente, entre ella un papá corriendo con el carrito de su niño, y al kilómetro y medio un ruido a mis espaldas me indicó que detrás de mí ya iba sólo el coche escoba. ¡Oportuno nombre!
            Decidí concentarme entonces en la carrera y dejarme de leches. Delante de mí iban dos tías con gorrito de papá noel y empezaron a andar. ¡Esta es la mía! Pensé. Pero iba tan a tope de pulsaciones que el menor intento de adelantamiento se me antojaba imposible. Además, cada vez que lo intentaba las muy se ponían a correr. Lo conseguí al tercer intento y no supe más de ellas, yo creo que eran de la organización. Para alegrarme un poco más la tarde, empezó a llover. El pulsómetro seguía pitando. Yo, ni puto caso.
            El recorrido de la San Silvestre coruñesa consiste, esencialmente, en correr unos 4 km del paseo marítimo hasta llegar a una rotonda, girar, y bajar esos mismos 4 km, lo cual quiere decir que en algún momento te vas a encontrar a los que ya vienen de vuelta, cosa que sucedió más o menos cuando yo iba por el km 2 o 2,5, subiendo la primera jodida cuesta, cegada por la lluvia y con un dolor de espinillas que me estaba cagando en mis muertos. El momento glorioso fue cuando me crucé con mi marido, que trotaba alegremente cuesta abajo mientras yo me asfixiaba subiendo lo que el bajaba. Me pegó un grito de ánimo y yo seguí mi trotecillo a 7 minutos el kilómetro.
            Primera cuesta abajo, qué alegría para mi cuore y qué sufrimiento para las rodillas. Y en esto, que me veo un tío que va andando y abandona. Eso me dio ánimos, porque, a todo esto, en ningún momento se me ocurrió rajarme o pensar que no iba a terminar la carrera. Lo mismo que la había hecho el lunes la hacía el sábado. En vez de aprovechar la cuesta abajo para salir cagando leches, aminoré el ritmo para ver si mis maltrechas pulsaciones se rehacían un poco. Ya les adelanto que jamás conseguí en todo el tiempo trotar a menos de 160 pulsaciones, cuando lo normal en mí es hacerlo entre 150-159. A 155 acometí la segunda cuesta recontrajodida, la que va hasta la torre de Hércules. Había gente en las ventanas de los edificios animándome. Yo le decía lo mismo a todo el mundo: “La voy a terminaaaar”. Delante de mí llevaba a una pareja que empezó a andar, pero no pude alcanzarlos. Poder podía, pero probablemente me estallaría el corazón en mil pedazos si lo intentaba.
            En esto que los del coche escoba empezaron a empatarse conmigo, pues conocía a uno de ellos. Fueron de lo más amables, preguntándome continuamente si estaba bien. Yo contestaba invariablemente: “por mis ovarios que la termino, coño”. Acabó la tortura de la cuesta y, como regalo, adelanté a una pava que iba un poco hecha polvo. Las piernas ya no las notaba, normalmente a partir del km 3 ya me dan igual ocho que ochenta. Tardé en darme cuenta de que había dejado de llover.
            Empezó entonces la cuesta abajo. Pasé el control con los susodichos mensajes de ánimo y me sentí como la reina de Inglaterra cuando la poli paró el tráfico (ya lo habían reanudado, jajaja) hasta tres veces para que yo pasara. Los del coche escoba seguían dándome palique y yo tenía el ojo puesto en los dos o tres que llevaba delante, incluida la pava a la que había adelantado y que, como podéis deducir, se había rehecho y, a su vez, me había adelantado. En mi descargo diré que era bastante más joven que yo. Intentaba pensar en algo, pero no podía. No puedo decir ni queriendo en qué pensé durante aquellos 7,7 kilómetros. Tampoco tenía unas ganas locas de terminar, sobre todo porque me iba a dar vergüenza entrar sola.
            Al pasar el kilómetro 6 un chico me gritó: “Vengaaa, que sólo queda un kilómetro”, aunque yo ya lo sabía. Decidí apretar un poco a ver si conseguía reducir la distancia con los tres de delante. Lo mismo me iban diciendo los del coche escoba, que ya no quedaba nada. Contesté toda chula que ya lo sabía, que ya había hecho el recorrido el lunes.
            En el último tramo conté con una visita inesperada que me ayudó moralmente a recorrer los últimos metros. Los de delante me esperaron (desde aquí les doy las gracias) para entrar todos juntos en la meta. El speaker, que debía de estar hasta las bolas de esperar y con ganas de irse a cenar a su casa, entró conmigo vociferando. Aceleré y entré a 180 pulsaciones, ciega, sorda, muda y sin poder frenar de la inercia que llevaba. Mi marido y yo nos abrazamos y él se puso a saltar intentando en vano que yo hiciera lo mismo. Parecía un muñeco en sus brazos, no podía más. Entregué el chip y fui a fundirme medio litro de bebida isotónica. Reventaba de orgullo: había terminado la San Silvestre dos veces en la misma semana. Llegué a casa, me di un baño caliente y me fumé un cigarrito para celebrarlo. ¿Que si volveré el año que viene? ¡Por supuesto! Aunque llegue de última. Cuando tenga fotos, ya os las enseñaré para que echéis unas risas.