viernes, 11 de enero de 2013

DIECIOCHO MESES CORRIENDO Y PENSANDO EN LOS SEIS SIGUIENTES

Foto propiedad de Jacobo L.
Pues sí. Año y medio ha pasado desde aquella aburrida tarde de julio de 2011 en que decidí pegarme una carrera de doscientos metros escasos y casi me sale el corazón por la boca. No sé si ha pasado mucha agua debajo del molino, pero les juro que por encima de mi cortavientos no ha sido poca, no. Voy a hacer un poco de balance, más que nada para animar a unos cuantos anónimos y conocidos que en los últimos meses se han añadido a este blog y que se desesperan porque no avanzan con la rapidez que ellos querían. El running no es deporte para impacientes, ya lo digo. Es un deporte de fondo no sólo para el cuerpo, también para la cabeza. Quizá yo he ido excesivamente despacio, pero no me arrepiento.

En estos dieciocho meses he corrido unos 1100 kilómetros, aproximadamente. No tengo datos fijos de los primeros seis meses, pero sí del último año: 700 kilómetros. Visto así parece mucho, pero no es tanto. La mayoría de los corredores que conozco no suelen hacer menos de 1000 anuales. Todavía voy por el segundo par de zapatillas.

Vayamos a las carreras: he hecho siete en un año: dos sansilvestres de casi ocho kilómetros, dos diezmiles, una de cinco y un par de cuatro. Las terminé todas, por lo menos. En una de ellas (la primera) llegué de última y en mi primera diez mil, de penúltima. Me congratulo especialmente de haberme atrevido a perder la vergüenza y acudir a las carreras populares, puesto que hoy en día entrenar para ellas se ha convertido en mi principal motivación para salir a correr. Ya no corro para estar en forma, lo hago para mejorar los tiempos en la siguiente carrera. 

Hablemos ahora de mejoras en los tiempos, por cierto. Sigo siendo una tortuga, pero menos coja que el año pasado. A falta de datos en cinco mil, he bajado ocho minutos en los ocho mil en doce meses y cinco en diez mil en seis meses. En mi primer test de Cooper no pasé de los 1500 metros en doce minutos; en el último llegué a los dos kilómetros. En enero del año pasado entrenaba a siete minutos y medio el kilometro, ahora lo hago entre treinta y cuarenta y cinco segundos menos. Así que mentiría como una cochina si dijera que no estoy contenta. También tengo claro que la mejora este año va a ser mucho menor, hasta que me estanque y no pueda mejorar más.

En cuanto a pulsaciones, la bajada también ha sido significativa (a pesar del cigarrito): unas diez pulsaciones en reposo. En carrera aguanto sin despeinarme unas veinte más que hace 365 días. Para redondear: ninguna lesión, que yo sepa. Un ligamento lateral interno de la rodilla un poco tocado y dolorcillos de menisco de vez en cuando. Mis abductores, impecables. Se nota que nunca he jugado al fútbol. Lo digo porque todos mis colegas runners que fueron futboleros en sus años mozos los tienen tocados, incluido mi señor marido.

En estos dieciocho meses he descubierto y desarrollado mis gustos personales en la práctica del footing. Me gusta correr a última hora de la tarde, aunque casi nunca puedo hacerlo, prefiero ir sola y necesito escuchar música a toda hostia, preferiblemente rock y heavy. Odio correr con calor y/o con lluvia.

En fin, tras tanto autobombo vayamos al futuro inmediato. ¿Qué voy a hacer este año? En principio, tres carreras de diez mil, en febrero, abril y octubre. Una de cinco mil fijo más todas las pequeñas que se me presenten y, por supuesto, la San Silvestre. ¿Objetivos? Pues tengo uno muy claro, como claro tengo que no creo que lo pueda cumplir: correr los diez kilómetros en una hora de aquí a julio. Aunque he conseguido bajar treinta segundos por kilómetro en esa distancia, los otros malditos treinta sé que me van a costar sangre, sudor y lágrimas y tampoco es plan, vaya. Que como dice Murakami, el dolor es obligatorio y el sufrimiento es opcional y yo de sufridora tengo poco. Para animarme me he planteado otro objetivo: hasta ahora el día de rodaje largo (uno a la semana) hacía como mucho diez kilómetros. La idea ahora es alargarlos hasta llegar hasta los quince o dieciséis, aumentando un kilómetro al mes. En enero, por aquello de no estresarme, haré una tirada larga a la semana de nueve. Por cierto, ayer hice la primera, vaga de mierda, no hacía una tirada de nueve en entrenamiento desde mediados de julio. Llegué absolutamente destrozada. Cuando terminé iba andando por la calle como si llevara globos en las suelas de las zapatillas, los dos últimos kilómetros fueron un completo infierno. Pero en eso consiste la cosa, claro. Estaba yo muy cómoda corriendo como mucho ocho kilómetros y para mejorar hay que salir de la zona de confort. Por cojones. Lo que me recuerda que en algún momento tendré que ir pensando en retomar un día de series. Sólo de pensarlo me entran sudores fríos.

¿Y vosotros? ¿Habéis definido los objetivos para este año? ¿Vais a sacar por fin el culito del sofá?

Nos vemos pronto, vagorrunners. Me voy corriendo.

martes, 8 de enero de 2013

SAN SILVESTRE 2012: EL CARRERÓN

foto propiedad de Fata Morgana
Queridos seguidores: antes de nada, feliz año nuevo a todos. Queridos seguidores novatos: si sois tortugas asmáticas os interesa leer esta entrada.
El 31 de diciembre afronté mi segunda San Silvestre (llamada por mí la San Suplicio) en las peores condiciones posibles. Al final se me coló algún virus maldito en mi sistema inmunológico y llevaba ocho días con un catarrazo de antología, hecha un puro moco y llevando siete noches sin dormir apenas por culpa de la tos. De hecho, esa mañana me levanté con tal cantidad de agujetas en la espalda y el diafragma que a punto estuve de mandar todo a tomar por saco. Para acabar de ayudar, esa tarde jarreó más que nunca, llovía que ni en la selva tropical. De lo más apetecible, vamos. Mi último entrenamiento, por evidentes motivos de salud, había sido el 25 de diciembre, así que iba descansadísima de piernas, a falta de descanso en mis vías respiratorias. Estaba tan obsesionada por hacer la carrera que tres días antes, y viendo síntomas claros de infección, fui al médico a que me diera un antibiótico suave y no le dije que iba a correr. Quería hacerlo y tenía que hacerlo, para eso había estado entrenando el último mes. Eso sí, me prometí a mí misma que me retiraría en caso de encontrarme mal o notar fatiga. 
Total, que allá nos presentamos mi marido y yo en el punto de salida a las cinco zulú, en vez de quedarnos en casa durmiendo la siesta, que la tarde no estaba para otra cosa. En el trayecto hasta la plaza de María Pita nos cayó la del pulpo y nos pusimos como pitos. La lluvia deslució la salida, sobre todo porque no se disfrazó tanta gente como otros años, pero no así el índice de participación: de los 1253 apuntados, llegamos a la meta 1126. El primero lo hizo en 24 minutos, el último en hora y siete.
¿Qué tal me fue a mí? Muy bien, la verdad. El año anterior había llegado de última y había tardado 58 minutos en hacerla, esta vez tardé 50. ¡Ocho minutos menos que el año pasado! Es decir, en un año le he bajado un minuto a cada kilómetro. No puedo estar más contenta.  Por eso digo, seguidores novatos, que no perdais la fe, el dios del running existe. Creo que se llama entrenamiento. Parece ser que los 700 km que les metí a las zapas en 2012 han servido de algo.
No sólo fue el resultado, fue la carrera en sí. Aunque me esté mal decirlo, corrí estupendamente, controlando muy bien el ritmo, cortándome en las cuestas (que por cierto me parecieron mucho menos chungas que el año pasado), aprovechando el tirón en las bajadas, disfrutando a tope, sin agobios, sin sofocos, sólo sonándome la nariz continuamente, eso sí. ¡Y sin cruzarme con los que iban ya de vuelta, sin llevar el coche escoba detrás, ni las motos! Habría firmado por llegar en 55 minutos, así que os podéis imaginar cómo iba gambeando en los últimos 500 metros, al ver que iba a acabar en menos de 51. Disfruté el momento, sí, porque sé que el año que viene ni de coña podré bajar tanto el tiempo, el ritmo llega un momento que se estabiliza por mucho que se entrene. Para acabar de hacerme feliz, dejó de llover, no hizo viento y mi marido estaba esperándome en la meta para darme un abrazo. A él le fue genial, como siempre, acabó en 30 minutejos de nada. Como yo no tengo foto en carrera, pongo la suya:
foto propiedad de www.sansilvestrecoruna.com
En cuanto a la organización, impecable. La gente se ha quejado del precio de la inscripción (12 euracos), pero no me parece tanto considerando que la camiseta que regalaban está guay (con gorrito de papá noel incluido) y que el avituallamiento de la meta incluía roscón de reyes, isotónica, fruta y agua. Por cierto, mucho mejor este año la organización de championchipnorte en cuanto a los resultados, ya desglosados en tiempo real, tiempo neto, etc. La San Silvestre coruñesa va por su tercera edición y se nota cómo va ganando en experiencia. Que cuenten conmigo el año que viene.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

CINCO MESES DOS PUNTO CERO: LLEGO A MADRID, CAMBIO LAS ZONAS, COJO EL RITMO Y SÓLO PIENSO EN LA SAN SILVESTRE


imagen: sansilvestrecoruña.com
Bueno, bueno, bueno... parece que después de tanta inercia por fin arrancamos. Y aún así, no todo lo que debería. La pereza, esa maldita desgraciada que me susurra al oído, está haciendo estragos en mis piernas este año. Que si llueve, que si hace frío, que si estoy cansada... Menos mal que el pensar en la San Silvestre a la vuelta de la esquina (12 días) le da ciertas alas a mis pies. En las últimas cuatro semanas he hecho diez salidas (lo normal son doce): setenta kilómetros en total. También he pasado la barrera de los 600 este año, es decir, ya he llegado (figuradamente) a Madrid, ahora toca dar la vuelta. Pero bueno, el análisis de tanto dato lo dejo para hacer balance a finales de año, sobre todo pensando que la semana de la Sansil estaré de reposo absoluto y, por lo tanto, muy aburrida. Vaya por delante que en el único simulacro de carrera que he hecho hasta ahora he bajado el tiempo en cinco minutos respecto al año pasado, lo cual me llena de "orgullo y satisfacción". La parte mala es que no he hecho el recorrido original (putas cuestas), sino todo en llano, y el resultado por lo tanto no es fiable, que ya sé yo cómo reacciono en cuesta, parezco la puta máquina de vapor. La primera que se inventó, vaya. La de Watt.

Hablando de datos ¿se acuerdan de que he hablado varias veces en este pequeño rincón sobre las zonas cardíacas? Pues me he rehecho las mías, teniendo en cuenta que los datos empíricos afirman que mi umbral anaeróbico (correr con deuda de oxígeno, algo que sólo se puede hacer muy poco tiempo) está más alto de lo que dicen las tablas (la prueba: hacer mi última carrera a una media de 179 pulsaciones sin atisbo de palmarla), así que me hice un nuevo test de Karvonen subiendo el umbral. Para terminar esta puesta a punto, también me he hecho un test de Cooper, hacía tiempo desde el último, y he mejorado bastante desde la última vez: 1930 metros en 12 minutos. Por lo menos ya he salido de la zona de rendimiento bajo.

Pero bueno, vayamos a lo importante, a lo que me quita el sueño, que no el hambre, lástima. La maldita San Silvestre. La San Suplicio, como la he rebautizado. Me preocupa por varias causas. La primera, porque va a ser la primera carrera que corra por segunda vez, con lo cual inauguro la era 2.0 de carreras populares: este año tengo pensado correr por lo menos las mismas del año pasado. Y eso me lleva a la segunda causa: como no mejore los tiempos sensiblemente desde la última vez me va a dar un bajón de carallo, que me conozco. Hasta ahora la cosa ha ido bien en los entrenamientos: unos 4-5 minutos menos, pero no he hecho ninguno en el escenario real de la prueba con sus putas chungas cuestas, he entrenado siempre en llano. Eso me lleva a otras varias pajas mentales de las mías: me quedan unas cuatro salidas hasta el día D, y no sé si tendré tiempo de hacerlas todas entre el trabajo, el mal tiempo, las fiestas familiares, etc. Ando escapando de todo aquel que tose, estornuda o muestra el menor síntoma de gripe y/o trancazo por miedo al contagio. Y una sublime obsesión: no repetir los errores del año pasado, entre ellos, hacer el recorrido de prueba la misma semana de la carrera. Esta vez el objetivo no es llegar a la meta, sino hacerlo en cinco minutos menos que el año pasado. A ver qué tal me va. Felices fiestas, vagorrunners. Si el mundo no se acaba el viernes, nos veremos en enero.


martes, 13 de noviembre de 2012

CUATRO MESES DOS PUNTO CERO. ¿RUNNER BLUES?

larazalaraza.com
¿Qué tal vaguetes? Por aquí ando yo dispuesta a chafardear mis no logros de este mes, a cuarenta y ocho días de mi amada San Silvestre y sólo con cincuenta kilómetros a mis espaldas en los últimos treinta días. ¿Son pocos? Sí. La mitad de los que tenía que haber hecho. Por cierto, me faltan 18,5 kilómetros para llegar, figuradamente, a Madrid. Este año he corrido casi 600.
No sé el motivo, pero me busco a mí misma y no me encuentro. Para empezar, he tenido que volver a poner a mis zapatillas las plantillas taloneras, porque la periostitis tibial amenazaba con regresar, y si en este caso primeras partes nunca fueron buenas, no les digo las segundas. Para seguir, me veo incapaz de correr más de seis kilómetros seguidos. No me apetece, no quiero, no me motiva, no me sulibeya. A la hora de levantarme del sofá para ir a correr unas manos invisibles tienen que salir de mis propias manos y empujarme el culo. Empiezo a pensar que sufro el runner blues o tristeza del corredor y que ello es fruto del sobreentrenamiento al que me sometí en verano. No, si ya lo decía yo: esos polvos siempre acaban trayendo estos lodos. Total, que me estoy obligando a correr. Unos días me va mejor que otros, pero no soy yo. No tengo aquella alegría exultante que me dominaba hace meses al llegar de una sesión. Vuelvo a tener las mil y una agujetas. Pero yo me obligo, porque afortunadamente tengo mucha fuerza de voluntad y porque no hay marcha atrás. No quiero perder forma, no quiero perder músculo. No quiero volver a ser una vaga con un sofá pegado a mi culo. Pero me cuesta lo mío, y eso que estos meses son los que más me gustan para correr, sin calor y sin agobios de gente en los paseos marítimos. Supongo que también se deberá a que he cambiado los rangos de esfuerzo, ahora entreno más rápido y me canso más, evidentemente. Pero no soy yo, y no me gusta convivir con una extraña en el cuerpo. Tengo miedo de que me entren ganas de dejarlo y espero que sea pasajero. En fin, veremos qué pasa el mes que viene.

miércoles, 24 de octubre de 2012

LAS SERIAS SERIES Y SU APESTOSO PRIMO EL PULSÓMETRO

Consideración previa: niños, no intentéis hacer esto solos en casa (sin consultar a un médico).
Algún día había que abordar el tema. Todo lo malo tiene que llegar, tarde o temprano. De ahí el título de esta entrada de blog: ya es bastante chungo su contenido, hagamos por lo menos una presentación graciosa ¿no?

Para quien no sepa qué son las series en idioma runner, éstas consisten en aumentar la velocidad con que se corre durante x metros o x minutos hasta lo que el individuo sea capaz de soportar. En dos palabras: una tortura. Las series están encaminadas a mejorar el rendimiento en carrera y, tarde o temprano, todo el mundo las acaba haciendo. El objetivo a corto plazo es sacar a tu pobre corazón en la sostenido de su zona de confort. ¿Ya te están entrando sudores fríos, vaguete? Te recuerdo que cuando estás echando un polvo tu corazón probablemente también ha salido de su zona de confort y te suele importar un carajo.

Pero... ¿cuál es la zona de confort del corazón? Para empezar, eso es como el culo y las opiniones: cada uno tiene la suya. La única manera de saberlo al cien por cien sin riesgo de caer fulminado por paro cardíaco es ir al médico a hacerse una prueba de esfuerzo. Lo gracioso es que tengo un amigo que un día fue a hacérsela por pura curiosidad, después de muchos años corriendo sin el menor problema. Empezó a trotar en la cinta, y cuando ya había considerado que era el momento de darle caña al asunto, el médico le dijo que parara, que había llegado al límite. Mi amigo le contestó: "¿Está de coña? Pero si ahora empieza lo bueno." Está claro que llevaba años corriendo por encima de lo que aconsejaba la prueba de esfuerzo y que, puesto que no había muerto, no había ningún problema.

La forma en que la mayoría conocemos malamente nuestras zonas de confort es a través de la fórmula del 220-la edad o la fórmula de Karvonen. Esta última da un margen de unas diez pulsaciones más. Es decir, si la 220 te dice que tu límite es de unas 160 pulsaciones (por ejemplo), el Karvonen fija el techo en 170. Os podéis hacer el test de Karvonen en esta página, y así delimitar vuestras zonas de entrenamiento.

Bueno, una vez que sabemos cuáles son nuestras zonas de entrenamiento y en cuáles sale el corazón de su zona de confort, es decir, la 4 y la 5, ya podemos empezar a hacer las malditas putas series. Hay varias formas de hacerlas: por distancia, normalmente de 100, 200, 500, 1000 o 2000 metros, por tiempo, x minutos corriendo, o, como hago yo, por pulsaciones. Si eliges este método necesitarás un pulsómetro.

Los gurús de esto dicen que para hacer series hay que llevar corriendo regularmente unos seis meses. Me imagino que tienen razón. Si estás empezando a correr por el método andar/correr, realmente ya estás haciendo series. Suaves, pero series, al fin y al cabo.

A mí nadie me ha enseñado a hacer series y, como siempre, he tirado de intuición y sensatez. Hace seis meses empecé un día a la semana con series suaves por distancia: 500 metros andando, 500 corriendo. Sin pasar nunca de la zona 3 de entrenamiento. Insisto, muy suaves. Hace cuatro meses decidí darme un poco más de caña. Ahora  empiezo andando hasta llegar a las 120 pulsaciones (zona 1). Entonces empiezo a correr a todo lo que doy hasta alcanzar la zona 5, 170 pulsaciones. Vuelvo a andar hasta bajar a las 120 pulsaciones, y así sucesivamente. Antes de correr hasta la zona 5 hacía las series en la zona 4, hasta que me acostumbré. Las series permiten obtener dos beneficios importantes: aguantarás más tiempo corriendo en zonas de entrenamiento altas, cosa que suele suceder en carrera, y a idénticas pulsaciones correrás más rápido que hace un tiempo. Por poner un ejemplo: hace seis meses el ritmo que era capaz de aguantar en carrera eran 168 pulsaciones. Ahora aguanto las 178. Por cierto, mi umbral de resistencia está más alto de lo que dice Karvonen: es imposible aguantar corriendo una hora al 100% de la frecuencia cardíaca. Hace seis meses hacía los diez kilómetros a 7:30 minutos por kilómetro, ahora los hago en 7:00. La primera vez que corrí cinco kilómetros seguidos tardé 45 minutos. Ahora los corro en 32. ¿Ha sido por las series? Quiero pensar que, entre otras cosas, sí.

La mayoría de los corredores odian las series, queda uno machacado y con la sensación de que el corazón se le sale por la boca. Pero también tienen sus ventajas, sobre todo para los que corremos despacio. Es de lo más agradable notar la sensación de estar volando aunque sólo sea durante unos pocos minutos. Controlar el ritmo cardíaco mientras lo haces te da ciertas garantías de no caer fulminado. Además, las series son una buena oportunidad para ir corrigiendo la zancada y otros defectos de técnica de carrera. Con el tiempo, el rato que aguantes en la diabólica zona 5 será cada vez mayor y lo notarás el día que corras tu próxima carrera popular.

En cualquier caso, insisto en lo del principio: recuerda que estás leyendo las reflexiones de una runner loca. Ante cualquier duda, lo mejor es consultar con el médico. Se trata de correr no sólo con los pies, sino también con la cabeciña. Hasta la próxima.



lunes, 15 de octubre de 2012

TRES MESES DOS PUNTO CERO: VOLVIENDO A LA NORMALIDAD

therunningclinic.ca
¿Que por qué he elegido esta imagen? Lo primero, porque me hizo gracia. Lo segundo, porque a lo mejor algunos de ustedes creen que se les ha quedado este cuerpo después de los excesos veraniegos. Cómo cuesta volver al buen camino, señorrr. De hecho, aún no tengo una verdadera rutina running establecida, la carrera de diez mil del domingo pasado trastocó todo, porque correr a ritmo infernal me obliga a descansar la semana anterior y la posterior. En total, he corrido sesenta kilómetros en el último mes. No está mal, pero podía ser mejor. En lo que va de año llevo 527, ya me queda muy poquito para llegar a Madrid.


Afortunadamente no he tenido demasiados problemas para irme incorporando a la rutina, aunque me cuesta infinito volver a los ocho kilómetros por rodaje que estaba haciendo antes de agosto. Poder, puedo, pero a costa de que se me quede la cara como la del entrañable Homer Simpson. La idea es volver al plan original de entrenamiento de cara a la San Silvestre: un día de rodaje largo y tranquilo, otro día de series Galloway y un tercero de carrera más corta a más velocidad. Por lo menos, este mes he conseguido bajar ya de los 7 m/km. Lo más rápido que he corrido ha sido a 6,30. Así que estoy contenta, aunque también es verdad que yo en esto del running me pongo contenta enseguida.

Como anunciaba en posts anteriores, me ha tocado cambiar de zapatillas porque las otras tenían los talones completamente desgastados, en vez de runner parezco buzo, vaya. Siempre las compro en tienda de deportes con atención personalizada, les llevo las viejas, me miran la pisada, me preguntan cuántos kilómetros corro, y a partir de ahí me sacan el muestrario. He vuelto a confiar en Saucony porque son las que más refuerzo tienen en el talón. Espero que me duren 800 kilómetros. Ahora sólo me falta elegir a qué carreras quiero ir durante el próximo año. Las de diez mil ya están elegidas: espero correr tres, una en febrero, otra en abril y otra en octubre. Iré a la San Silvestre también, casi ocho kilómetros. A la del cáncer, cinco kilómetros, y después a lo que me surja entre medias de distancias pequeñas y apetecibles. En total, cinco fijas más lo que surja. Y ya me parece bastante. Eso sin perder de vista el objetivo: diez kilómetros en una hora de aquí a julio. A ver qué tal me va en las próximas cuatro semanas. Hasta pronto, runners.

lunes, 8 de octubre de 2012

CÓMO ACABÉ MI SEGUNDA DIEZ MIL: CRÓNICA DE LA VI CORUÑA 10

Consideraciones previas: 
1. Ustedes ven que encima justo de esta entrada está un cuadro con mis zonas cardíacas ¿no? Bien, no lo pierdan de vista.
2. La Coruña es una bella ciudad atlántica que se caracteriza principalmente por sus frescas temperaturas. 24 grados en La Coruña suponen una sensación térmica de por lo menos 30. Sensación incrementada si sopla viento sur.

Dicho esto, vayamos al tajo:
Es altamente probable que escribir esta entrada me lleve tres días o cuatro. No sé con exactitud cuántos huesos hay en el cuerpo humano. ¿206, quizá? Bien, a mí en este momento me duelen unos 706. Hace unas diez horas que terminé mi segunda carrera de diez kilómetros con el mayor subidón de adrenalina que he tenido en mi vida. Y eso que no iba a ir. Y eso que me apunté el penúltimo día, con una contractura de cervicales que no me dejaba maniobrar con el coche marcha atrás ni levantar el brazo. Y eso que mi entrenamiento de este último mes decía a gritos que no fuera. Pero fui, porque soy una maldita mula y me gusta correr en mi ciudad. Y la acabé, porque a cabezona no me gana ni dios.

La Coruña 10, que ya va por su sexta edición, pertenece a una especie de trilogía running coruñesa que se completa con La Coruña 21 y La Coruña 42. De hecho, mi última (y primera) diez mil fue la que se organizó paralela al maratón, en abril. Y yo estaba envenenada, porque había llegado de penúltima y quería bajar mis tiempos hiciera falta o no. Y hoy conseguí bajar de 7,40 el kilómetro a 7,15. Les recuerdo que mi nuevo reto es bajar a 6' en diez kilómetros de aquí a julio. En los últimos meses había probado varias estrategias: empezar a toda hostia y luego aflojar. Empezar floja y luego ir a toda hostia... el resultado era más o menos parecido, así que decidí buscarme un buen culo al que agarrarme, pero no encontré ninguno que fuera al ritmo que yo quería, así que al final fui a mi bola. Paloma y Antonio no corrían esta vez y yo no tenía liebre que me contuviera o que me estimulara si aflojaba mucho.

Bueno, pues allá nos fuimos mi marido y yo a correr ni juntos ni revueltos (salíamos en distintos cajones, que él ya es veterano en estas lides y medio liebre) con un calor de mil demonios. Si la carrera hubiera sido el sábado habría estado muy nublado y con chubascos ocasionales. Pero como fue hoy, tocó trotar a 24º (recuerden lo de la sensación térmica) con viento sur flojo y un sol de justicia. Chachi piruli. Casi tres mil pares de zapas acudieron a la convocatoria. Acabaron la carrera 2080. El ganador se ventiló los diez mil machacantes en treinta minutos y cuarenta segundos. Menda lerenda tardó una hora y doce minutos y dejó a once corredores a sus espaldas. Es un gustazo dejar de estar en la última página de la clasificación, se lo juro por lo más sagrado. Alguno creerá que bajar el tiempo en la misma distancia cinco miserables minutos, de 1h 17 a 1h 12 es una minucia, pero no es así. Bajar esos malditos 300 segundos supone correr medio minuto más rápido por kilómetro y una subida de unas cuantas pulsaciones en el ritmo cardíaco. Añadamos a eso el calor, las cuestas y dejarse llevar por el ritmo de carrera y ya tenemos los ingredientes para el pastel del sobreesfuerzo. Sobreesfuerzo que debió de ser común al grupo de corredores que me tocó en suerte, porque la mitad acabó andando en vez de correr y es la primera vez en mi vida que veo que los servicios de urgencias tienen que llevarse a gente en la ambulancia por desmayos y jamacucos varios. Y créanme, da mal rollito que te cagas, porque te da por pensar que el siguiente puedes ser tú.

Para que se hagan una idea, los días que salgo a correr medianamente relajada voy a un ritmo de siete minutos y no paso de las 160 pulsaciones. Hoy fui a 15 segundos más (aunque mi gps decía que mi ritmo era de 6'55'') y mi media cardíaca (cardíaca me pongo cada vez que lo pienso) fue de 179. El primer kilómetro lo hice a 5'30'', hasta que me topé con la cuesta del paseo marítimo que lleva hasta la torre de Hércules y tuve que aflojar. E incluso andar unos 100 metros casi al final de la cuesta. Para entonces, los primeros tres kilómetros estaban liquidados y yo me moría por una ducha helada. Notaba cómo me ardía la piel, me estiraba el sudor por la cara y los brazos para refrescarme. La mayoría de los corredores que me rodeaban turnaban andar y correr y yo seguía sin culito al que agarrarme. Empezó la cuesta abajo pero yo seguía hecha mierda por el maldito sol, hasta que en el kilómetro cuatro empezaron las zonas de sombra y vislumbré el puesto de avituallamiento como un beduino ve un oasis. Tan contenta me puse que apreté el ritmo para llegar cuanto antes a coger la botella de agua. No la usé para beber: me la tiré por encima y regalé al respetable un concurso unipersonal de camisetas mojadas. Si no llego a darme esa miniducha no sé qué habría sido de mí, de verdad. Entretanto, me daba tiempo a pensar en todo lo que he leído durante este último año acerca de correr pasado de ritmo y lo malo malísimo que es fabricar ácido láctico y el riesgo de colapso y que si patatín y que si patatán. Decidí que si llevaba la mitad del trayecto corriendo a semejante ritmo y no me había muerto pues probablemente era por lo que siempre he sospechado: mi umbral anaeróbico está mucho más alto de lo que dicen las tablas. Y, por lo que he hablado con otros runners, el del resto del mundo, también. Así que seguí corriendo a la espera de que llegara el momento de euforia que suele aparecer en toda carrera. Y lo hizo entre los kilómetros seis y siete. Es ese momentazo en que, por muy recontrajodido que vayas, a ti te parece que vas pisando algodones y ya te dan igual ocho que ochenta, porque sabes que vas a acabar y empiezas a disfrutar del evento y a relajarte. A punto estuve de sacarme el pulsómetro y tirarlo al mar, pero no tenía fuerzas. Y eso que siempre tuve claro que iba a acabar, lo que no quería era acabar de última.

Para entonces, muchos corredores ya iban claramente andando y con aspecto francamente desencajado. Me crucé con dos señoras en el paseo que se me quedaron mirando y musitaron: "Ay, pobre". Me sofoco enseguida y mi cara debía de ser como un semáforo en rojo, pero no me detuve. En el kilómetro ocho me tocaba pasar por delante de casa de mi madre y me hacía ilusión saludarla, y también calculé que mi marido ya habría terminado y me lo encontraría en algún punto del recorrido, como así fue. Mi madre no estaba en la ventana, se cansó de esperar y creyó que ya había pasado (como si fuera a pasar sin saludarla, vamos) y mi marido estaba en la esquina de la calle con una salvadora bebida isotónica para mí y un mensajillo de ánimo que me supo a gloria. Sólo quedaban dos kilómetros. Y, como Forrest Gump, seguí corriendo. El último kilómetro se me hizo muy largo, pues había que pasar por delante de la meta hasta el final de la calle, girar en la rotonda ciento ochenta grados y volver sobre tus pasos. Las ganas de quedarse en la meta sin ir hasta el final de la calle créanme que son francamente irresistibles. Es una especie de crueldad final por parte de la organización. Crucé la meta con esa alegría salvaje que me entra cuando veo que por fin he terminado, escuchando el Money de Pink Floyd a toda caña y deseando beberme un río.
foto: federación galega de atletismo
Hablando de la organización, creo que por los siete pavos que costaba inscribirse estuvo bastante bien, aunque no entiendo mucho de esas cosas. Además de comida y bebida en abundancia al terminar, había servicio de masajista. Quizá se echó de menos un segundo punto de avituallamiento para un día tan caluroso, pero por lo demás bien. No sé cómo estaba el tema de las consignas para dejar las cosas porque iba con lo puesto. Yo me largué para casa mientras me ventilaba medio litro de isotónica al mismo tiempo. Mientras me iba, los servicios de emergencias atendían a otro desmayado. Antes de llegar al portal un pinchazo en el ojo izquierdo me comunicó que el esfuerzo de la carrera iba a pasar su factura inminente en forma de migraña demoledora. Qué le vamos a hacer, quien algo quiere algo le cuesta.

¡Y pensar que hay gente que hace esto todos los fines de semana!