martes, 23 de abril de 2013

CÓMO ACABÉ MI CUARTA DIEZ MIL: DEDICADO A ESTHER Y MIGUEL

Ustedes probablemente se estarán preguntando quiénes son Esther y Miguel y qué demonios habrán hecho para tener el "honor" de que esta patosa corredora les dedique no sólo la entrada del blog, sino la carrera del domingo. Ambos son runners y seguidores de la página de "A trote cochinero" en Facebook. Esther corría también el domingo y me mandó un post en el que decía que si acababa me dedicaría la carrera. Le contesté que si yo terminaba, aparte de dedicarle la carrera también le dedicaría esta entrada, así que ahí va, campeona. Lo que tú no sabías ni yo tampoco es que la dedicatoria iba a ser compartida.
Miguel, alias "Cabañés", es tan gallego como yo y como el pulpo con cachelos, y además tiene un blog donde cuenta sus experiencias con las zapas, entre otras cosas: http://muchocaminoporandar.blogspot.com.es/. Lo de gallego viene a cuento porque siendo ambos runners (el más que yo) era cuestión de tiempo que acabáramos conociéndonos en persona, cosa que sucedió el domingo y de la que me alegro enormemente, porque si no llega a ser por él, a lo mejor no habría corrido esta carrera.
Vayamos por partes, como Jack el Destripador, y no adelantemos acontecimientos. Al igual que el año pasado, mi marido corría la maratón y yo los diez kilómetros. Al igual que el año pasado, pasamos el día anterior comidos por los nervios. Al igual que el año pasado, el despertador sonó puntualmente a las siete y media. Y a diferencia del año pasado, no se escuchaba ningún "uuuuh" por el patio. El día había amanecido radiante, perfecto. Quizá no tan perfecto para los que afrontaban los cuarenta y dos kilómetros, ahora que lo pienso...
Salimos de casa vestidos de verde esperanza para encontrarnos, al igual que el año anterior, con la recua de juerguistas que aún no se había acostado y que nos deseó suerte con excesivo fervor. Ya por el camino nos dimos cuenta de que había más ambiente que en la primera edición, es lo que hacen unos míseros rayos de astro rey, fíjense. Llegamos a la salida y aquello ya bullía a las ocho y cuarto de la mañana. Mi chico se fue a calentar y a concentrarse y yo a dar una vuelta a ver a quién me encontraba. Y me encontré a  mi amigo Jorge y a Miguel, que está lesionado y tuvo el buen humor de venir a animar desde Ferrol una carrera que yo sabía que lamentaba en el alma no poder correr. En cuanto me vieron con la camiseta térmica se echaron las manos a la cabeza, insistiendo en que me la tenía que quitar, que me iba a cocer con ella. Teniendo en cuenta que no llevo los refajos de mi abuela para correr porque deben de estar apolillados y que Jorge va de manga corta sí o sí y que Miguel suele llevar su inseparable camiseta de manga sisa de enero a diciembre, no tuve muy en cuenta su sugerencia. Me dirigí a casa de mi suegra a dejar la bolsa, como siempre, y a mitad de camino no sé cómo me miro los pies y se me cae el mundo encima, por no decir todo el sistema solar. Me había olvidado de ponerme el chip de control, que a esas horas debía de estar durmiendo el sueño de los justos en el sofá de casa.
Nadie en su sano juicio podría imaginarse el cabreo que me agarré. No por el hecho de correr sin chip, que ni se me pasó por la cabeza. Fue el hecho de haberme olvidado de ponerlo lo que me indignó hasta convertirme casi en el increíble Hulk (total, ya iba de verde). Porque a mí esas cosas no me pasan, yo soy como Franco, lo dejo todo atado y bien atado, y el día anterior a una carrera preparo las cosas con mimo y por orden, colocando todo en una percha. Soy una obsesa del control. Total, que mi mierda de filosofía del NPN se fue al carajo en milésimas de segundo (ésas que el chip no iba a contabilizar), empecé a ver rojo y decidí que no corría, que me iba a casa. Y en ese momento me encontré a Miguel, que se volvió a echar las manos a la cabeza cuando le conté lo ocurrido y mi decisión, y me dijo que no fuera tonta y que corriera igual, que ojalá pudiera correr él, con o sin chip, pero yo me mantuve en mis cabreados trece. Ese es uno de los motivos por los que corro: para controlar mi mal genio. Me alejé furiosa, buscando una pared donde darme de cabezazos hasta que se me saliera la poquísima masa encefálica que tengo, pero no había ninguna disponible, todo el mundo las estaba usando para calentar. Entonces reflexioné y, por un momento, vi la luz. Pensé en Miguel, que había venido a animar una carrera que estaba deseando correr, y entendí que tenía toda la razón. Pensé en Esther, que probablemente también pensaría en mí mientras intentaba terminar su reto. Volé a casa de mi suegra, me quité la dichosa camiseta térmica y me fui a calentar cagando leches porque ya quedaba muy poco para dar la salida. Para acabar de animarme, en el cajón estaban Paloma y Antonio. Me alegré un montón de verlos.
Tanto en la salida de la maratón como en la de diez kilómetros se guardó un respetuoso minuto de silencio en memoria de los damnificados por el atentado de la maratón de Boston. De hecho, la mayoría de nosotros llevábamos el lazo negro facilitado por la organización. Sonó el pistoletazo de salida y empecé a patear siguiendo la táctica que he adoptado últimamente: coger la ventaja en los primeros kilómetros.
Foto propiedad de Riazor Atletismo

Me encanta correr en La Coruña, las carreras allí se me pasan rapidísimo a pesar del dolor y el esfuerzo, aunque sólo sea por la maravillosa vista que ofrece el paseo marítimo. Y con el día que hizo el domingo, ni les cuento. Había mucha gente animando y fue estupendo ir todo el tiempo rodeada de corredores, porque, a diferencia del año pasado, nunca fui sola. Cuando me quise acordar ya estaba llegando al kilómetro cinco y recogiendo la botella de agua que, por no variar, me tiré por encima. Menos mal que acabé haciéndoles caso a estos dos y sacándome la camiseta térmica. Qué pena no haber llevado las mallas cortas. Entre el cinco y el seis me pasaron los primeros de la maratón (el año pasado me pasaron en el primer kilómetro). Para entonces ya me había invadido la euforia y había conseguido disociar mi cuerpo en partes para intentar olvidarme de que tenía piernas. Y poco después, sentí el primer pinchazo en el hombro derecho. Agudo y desagradable. Relajé un poco los brazos a ver si se me pasaba, pero pronto otra preocupación comenzó a invadirme: un dolor agudo en la parte de atrás de la rodilla, en la corva. No lo suficientemente molesto como para hacerme parar, pero sí como para romperme la cabeza. Me acompañó hasta la entrada en meta. Empecé a devanarme los sesos pensando en qué habría hecho mal, hasta que me vino un flashback: me visualicé a mí misma subiendo la pierna izquierda a una valla demasiado alta con la fuerza de quien descarga cajas en el muelle.
Evidentemente, a partir de la mitad del recorrido la mayoría de los que había pasado en la salida comenzaron a rebasarme sin compasión. Para entonces ya iba yo concentrada en los que me cruzaba de la maratón, que estaban dando la segunda vuelta, a ver si veía a mi costillo, pero ni rastro... Creo que uno de los motivos por los que corro los diez es para no quedarme en casa mordiéndome las uñas mientras él hace la maratón. Así, por lo menos, sólo me las muerdo la última hora, cuando ya me he duchado y mi cerebro empieza a funcionar con normalidad.
Foto: Voz de Galicia
A todo esto, la (cojonuda) organización había contratado a varios grupos de rock para amenizar el trayecto, de los que no me enteré porque llevaba mi propia música para inhibirme un poco, ya sabéis que detesto tanto el ruido de mis pies como el de mi respiración, me pone nerviosa. Enfilé el kilómetro ocho para correr ya por el centro y el público se había cuadruplicado. Como siempre, me rechifló que la policía parara el tráfico para dejarme pasar.
El último kilómetro fue un infierno. Apretaba el calor, la pierna me dolía bastante y los pulmones ya empezaban a amenazar con estallar. Muy oportunamente, los de la banda de rock tocaban con denuedo "Mi pobre corazón", de Fito y Fitipaldis. Me pregunté con la última neurona que me quedaba si estarían de cachondeo. A unos quinientos metros de la meta me encontré a Miguel encaramado a lo que creo que era la entrada del parking y nos chocamos la mano. Una corredora a la que había pasado en el primer kilómetro aprovechó para cobrársela y adelantarme cuando ya no quedaba nada, pero yo ya no podía más. Lo único que me preocupaba era llegar en menos de una hora y ocho, que había sido mi último tiempo.
A falta de tiempo oficial (el neto suele ser menos), crucé la meta en una hora, siete minutos y diecisiete segundos. Estoy contenta, he vuelto a bajar mi tiempo y la acabé en diez minutos menos que el año pasado. Me queda una diez mil este año, en octubre, y tengo clarísimo que no llegaré a bajar los siete minutos que quedan hasta la hora. Tendré que sudar y sufrir cada segundo.
Subir hasta casa de mi suegra a desayunar fue relativamente fácil. Adoro esos desayunos, aunque no puedo comer mucho, el esfuerzo está reciente y no me entran grandes cantidades de comida. El problema fue bajar. Tras un parón de veinticinco minutos me había olvidado de la pierna por completo, pero la hija puta se encargó de manifestarse cuando empecé a bajar las escaleras, pegué un chillido que se debió de escuchar en la Torre de Hércules. Tuve que bajar abrazada literalmente al pasamanos. Crucé la plaza cojeando, vi llegar a meta a Pedro Nimo y me encaminé a mi casa a uno por hora fijándome en todos y cada uno de los corredores de la maratón, esperando ver a mi chico y comprobar que seguía vivo. No tuve suerte. Apareció a las doce y pico con la medalla colgada del cuello, cojo de las dos piernas y una sonrisa gigantesca: había terminado en tres horas dieciséis, un cuarto de hora menos que el año pasado.
Pues así terminé mi cuarta diez mil, mi décima carrera: sin chip y con una pata coja, pero contenta por haberla terminado en menos tiempo. Ayer puse un mail a Championchipnorte preguntando cómo les reenviaba lo que era suyo y hoy lo mandé por correo. Aún cojeo un poco. Tengo un buen puñado de agujetas y he sacado algo en limpio de todo esto: jamás en mi vida me volveré a dejar el chip en casa. Al paso que voy, lo más probable es que me deje la cabeza...


lunes, 15 de abril de 2013

VEINTIÚN MESES CORRIENDO: Y EL VENENO SALIÓ DE MI CUERPO

retomaraton.wordpress.com
Hola, queridos vaguetes. No, no me ha picado una víbora, ni un escorpión, ni una viuda negra. No, no tomo anabolizantes. No, no he fabricado más ácido láctico del habitual por exceso de entrenamiento. No, no he tomado cicuta/cianuro/estricnina o similar en un acceso de desesperación, asqueada de mi bajo rendimiento. Simplemente, el veneno de correr ha salido de mi organismo. Y tengo mi cuarta diez mil dentro de seis días.
¿Quiere esto decir que lo dejo? En absoluto. He llegado al final de un proceso de desintoxicación que se inició hace meses y contra el que he estado luchando contra viento y marea. Sencillamente, me he cansado de luchar. Tiro la toalla. Y estoy contenta con la decisión.
Cuando empecé en esto del trote hace ya veintiún meses, a las ocho o diez semanas me di cuenta de que estaba siendo víctima de un enganche peligroso, sensación que se centuplicó tras correr mi primera carrera popular. Me obligaba a salir a entrenar sí o sí, en cualquier situación climatológica, aunque cayeran chuzos, estuviera cansada o tuviera otra cosa que hacer. Esto fue "in crescendo" hasta que me topé, hace unos ocho meses, con una situación de sobreentrenamiento de la que creo que aún no me he recuperado del todo. Tras ese punto álgido, comenzó la lucha. Me di cuenta de que estaba metida en un combate entre lo que quería mi cerebro (seguir entrenando a dolor) y lo que me decía mi cuerpo (bajar el ritmo o incluso dejarlo). Entré entonces en una espiral de remordimientos de conciencia continuos y aún así manteniendo más o menos un ritmo uniforme de entrenamientos: tres días a la semana, etc. Lo malo de las espirales es que resulta complicado salir de ellas, así que aproveché la puerta abierta de las vacaciones de semana santa para tomarme un descanso. Como me iba a ir de viaje y no iba a poder entrenar, decidí descansar, recapacitar e intentar volver a los orígenes: correr como actividad sana que me mantiene en forma. Y ha sido como quitarme un peso de encima, lo juro. He decidido adoptar la filosofía del NPN: no pasa nada. ¿Que hoy no me apetece ir? no pasa nada. ¿Que hoy fui e hice un tiempo más penoso que de costumbre? No pasa nada. ¿Que hice menos distancia de la prevista? No pasa nada. Ya está bien de culpabilidad judeo-cristiana.
Resumiendo: que he decidido dejar de prepararme para las carreras populares, que no dejar de correr ni de ir a las carreras populares. Lo que tenga que sonar, sonará. Quizá si no hubiera bajado los tiempos en las tres últimas entrenando muy poco no habría tomado la decisión. ¿Será para siempre? No pasa nada. ¿Volverá mi obsesión? No pasa nada.
A todo esto, el domingo corro mi carrera favorita: los diez kilómetros de La Coruña paralelos a la maratón. Parece ser que el tiempo será más misericordioso con nosotros que el año pasado, lo cual tampoco es muy difícil. Lo siento por mi marido y me alegro por mí. No he perdido la ilusión por ir, pero no he entrenado mucho. Firmo por el tiempo de mi última diez mil sin mirar: 1:08. Lo máximo que he corrido estos días han sido seis kilómetros y arrastrando un poco el culito, pero... NPN. Y la semana que viene estaré por aquí contando la crónica, por supuesto, porque termine o no... ¡NO PASA NADA!

martes, 19 de marzo de 2013

LAS PULSACIONES DE LOS COJ... Y LOS COLEGAS DE FACEBOOK

www.tecnoadicto.net
Me congratula decir que la página de facebook de "A trote cochinero" va teniendo cierto número de seguidores, tanto amigos de toda la vida como anónimos. Lo de los conocidos tiene su lógica, que para eso son amigos míos. Lo de los anónimos me hace más gracia, pues supongo que habrán aterrizado por aquí por puritita casualidad y deciden quedarse. Sepan que son muy bienvenidos. Diré, de paso, que la mayoría de ellos, tanto amigos como recién llegados, corren más rápido que yo. Como si eso fuera muy difícil, vaya. El espectro de seguidores es amplio: algunos han corrido maratones y otros están empezando. Algunos recuerdan sus comienzos leyendo mis desgracias y otros, simplemente, son tan desgraciados como yo en esta ardua andadura, nunca mejor dicho. Y algunos me hacen preguntas. Y yo insisto: sólo puedo aportar mi opinión a nivel usuario, eso es lo que le contesté a Nuria cuando me preguntó cuándo iban a bajar sus pulsaciones.
El tema de las pulsaciones veo que crece en progresión geométrica a la vez que lo hace la edad del runner neófito. Los que empiezan a los veinte años no se preocupan por tales chorradas, es complicado que caigan fulminados por infarto miocardio en mitad del asfalto. Pero cuando uno ya está más cerca de los cincuenta que de los cuarenta y además coquetea con el cilindro nicotínico, como es mi caso, durante los primeros meses el saber cuántos latidos por minuto da la patata se convierte en un trastorno obsesivo-compulsivo.
Bien, después de veinte meses de autoobservación y pegada al pulsómetro como una lapa (sí, tengo dependencia, lo reconozco), he llegado a algunas conclusiones que expuse a Nuria en cuatro palabrillas y que paso a desglosar aquí con un poco más de enjundia, que tengo más espacio. Lo primero, el rango de pulsaciones, es decir, el que va desde las que tienes en reposo, recién despierto, hasta las máximas que puede dar tu patata antes de estallar. Las primeras son modificables, las segundas no. Todos tenemos un techo de pulsaciones que no se puede rebasar, y la única manera de saberlo de forma certera y fiable es hacerse una prueba de esfuerzo. Ya dije en otra entrada que hay unas tablas aproximativas que tiran por lo bajo. En mi caso, como unas 20 por lo bajo.
Las pulsaciones que bajan al entrenar son las pulsaciones en reposo. Yo nunca me las he medido en reposo absoluto, no tengo paciencia, ni ganas, ni tiempo y además me levanto de mala leche, pero sí me las he controlado en reposo "de sofá", y han bajado de ochenta y pico a setenta en un año. Eso quiere decir que necesito menos esfuerzo para bombear la misma cantidad de sangre, lo que lleva a ciertas modificaciones en el rango de pulsaciones "altas", que es el que tenemos al correr o hacer cualquier otra actividad aeróbica. Al cabo de un año corriendo, a idénticas pulsaciones correrás más rápido.
Por poner un ejemplo, y ahora me congratulo de llevar registro de todos mis entrenamientos, porque levanta la moral y sirve para hacer posts como éste, hace doce meses a 150 pulsaciones hacía un kilómetro casi en 8 minutos, ahora con las mismas pulsaciones lo hago en 7,20. Los cambios son casi imperceptibles de un mes para otro, pero si se hace un registro concienzudo, al cabo de un año notarás la diferencia.
Hay otra cuestión: a medida que uno va entrenando, aguanta cada vez más tiempo en rangos de pulsaciones más altas, incluso en el umbral anaeróbico. ¿Cómo saberlo sin arriesgar demasiado? Bueno,  la forma de comprobarlo más certera y más peligrosa quizá es probarse en carrera. Recuerdo mi primera San Silvestre: me juré a mí misma que no pasaría de las 158 pulsaciones: corrí a una media de 169 durante una hora. Las establecí como tope para las siguientes carreras de más de cinco kilómetros hasta que corrí mi segunda diez mil a una media de 179. Como no me he muerto asumo que puedo mantener ese ritmo durante diez mil metros. Otra forma no tan agresiva de ponerse a prueba es haciendo series y correr durante unos minutos subiendo las pulsaciones. Entiendo que durante un tiempo estuve haciendo el pinzo por no arriesgar, pero con la salud no se juega.
El dejarse llevar por la marea de la salida de una carrera popular resulta determinante para ver el aguante que se tiene. Uno lleva una idea en la cabeza sobre el ritmo que debe llevar y de repente ve sus esquemas totalmente rotos al darse cuenta de que para seguir a los demás va a tener que subir su frecuencia cardíaca sobre el tope que se había impuesto a priori. En la primera que corrí iba con mucho miedo a que me diera un patatús, ahora, una vez pasada la incomodidad de los primeros minutos (un par de kilómetros, quizá) y establecido el patrón de respiración, acabo sintiéndome cómoda corriendo en rangos altos. Procuro no pasar durante mucho rato de ese tope de 179 y dedicar un ratillo de cada kilómetro para bajar hasta 167-170. Pero, insisto, eso es lo que me sirve a mí, no sé cómo resultaría en otra persona.
En cuanto al tema de correr sin pulsómetro, ni se me pasa por la cabeza, al menos en una carrera. Lo de los entrenamientos es harina de otro costal y a veces no lo llevo. Es lo que se llama correr por sensaciones. Pues bien, cuando tengas la SENSACIÓN de que te vas a morir, es momento de bajar el ritmo. La mayoría de los corredores con cierta experiencia prescinden del cacharro para entrenar, de hecho yo heredé el de mi marido porque lo tenía arrumbado en un cajón criando polvo. La primera vez que lo usé controlaba tanto del asunto que, y juro que lo que voy a contar no es broma, me lo puse por ENCIMA de las tetas en vez de colocarlo por debajo, de ahí la foto que he elegido para la entrada de hoy. Me da un sofocón cada vez que lo pienso. Y desde entonces, raras veces he corrido sin él. Eso sí, procuro no mirarlo más de una vez por kilómetro y lo tengo en modo silencio para que no vaya pitando y dando la vara al personal. Si no llevas pulsómetro se dice, se comenta, se rumorea que la forma de saber si uno está corriendo a ritmo cómodo es llevar una conversación con la voz ligeramente entrecortada. El otro día hice la prueba cuando salí con mi marido a hacer un rodajillo suave y fui capaz de correr y hablar al mismo tiempo sin morirme.
En fin, corras con o sin pulsómetro, corre con la cabeciña, por favor.



martes, 12 de marzo de 2013

OCHO MESES DOS PUNTO CERO: VEINTE MESES CORRIENDO. MAILLOT A LA IRREGULARIDAD

corredorcansao.blogspot.com
Me encantaría poder decir que estoy a tope de power y devorando asfalto como una loca, pero no es verdad. De hecho, creo que no he cogido el ritmo desde septiembre. Lejos de ir mejorando en la regularidad de mis entrenamientos, creo que cada vez voy a peor. Supongo que todo el mundo pasa épocas buenas y malas y yo me he dado contra un muro enorme, y eso que no corro maratones. Sobre todo por inesperado, porque pensé que el segundo año sería muchísimo mejor que el primero y que, motivada por la continua mejora, sería mucho más disciplinada, pero no.
Que he mejorado, de hecho, ya "sólo" me separan ocho minutos (una puta eternidad) de mi objetivo. He bajado nueve minutos en diez kilómetros desde el año pasado entrenando menos, pero la maldita realidad es que ahora para ir a la calle casi necesito un policía que me vaya empujando por las escaleras del edificio y casi a punta de pistola. No todos los días, por supuesto, pero sí muchos de ellos. Es una pena, pero es lo que hay. Vendrán tiempos mejores, digo yo. El año pasado por estas fechas hacía rodajes de nueve o diez kilómetros un día a la semana. Este año no paso de seis ni queriendo. Hago descansos demasiado a menudo. Pospongo salidas para el día siguiente y a veces no hago las tres reglamentarias. Sin embargo, sigo teniendo en mente mi calendario de carreras, la próxima es el 21 de abril, y espero que, pasado el coñazo del cambio de estación, que lo llevo muy mal, retome con más ganas. Ya he dicho alguna vez que me aterrorizan los parones y los descansos por si llegan a ser definitivos.
Sigo diciendo que el tiempo no ayuda. Lleva lloviendo día sí y día también desde noviembre. El jueves pasado volví para casa como una completa sopa, tiritando calada hasta los huesos. Necesité una ducha de veinte minutos para entrar en calor y volver a sentir los dedos de las manos. Lo gracioso es que me crucé con dos chalados más que iban tan empapados como yo. 
Estoy pensando que a lo mejor lo que necesito es un parón de un mes. Pero... ¿y si después no vuelvo? El mes que viene, la respuesta.

lunes, 4 de marzo de 2013

PADRÓN 2013: CÓMO ACABÉ MI TERCERA DIEZ MIL

Foto propiedad de Fata Morgana
Para quien se lo esté preguntando, ya le respondo por anticipado que sí: Padrón es la localidad de donde son los pimientos que a veces pican. Y además celebra un par de carreras importantes al año, hasta tal punto que ésta, la popular, que va por su undécima edición, tiene homologada la distancia desde el año pasado y eso ha hecho que cada vez haya más nivelazo en los participantes. Así que no pude remediar sentirme como un pulpo en un garaje.
Había ido a Padrón dos veces como ayudante de campo anteriormente y siempre me gustó el ambientazo. Como antes de la absoluta hay carreras en otras categorías, aquello está petado de gente animando. Es un público encantador el de la localidad coruñesa, no paran de animar. Ojalá hubiera podido contestar a todos los que me transmitieron su solidaridad, pero estaba demasiado ocupada en seguir existiendo.
En fin, vayamos por partes que yo enseguida empiezo a divagar. Empezó la carrera a las seis de la tarde, unos ochocientos y pico participantes. Mucho nivel, mucha camiseta de club de atletismo. Cuatro cajones, mi marido al dos y menda lerenda al cuatro, con la plebe, que una es muy plebeya y muy working class. Toda la semana haciendo el vago sin entrenar ni una sola vez, última salida, el domingo anterior cinco paupérrimos kilómetros. La ola de frío me había anclado al sofá como una garrapata al cogote de un perro. Por la mañana, aprovechando el día radiante, nos habíamos dado un paseo de cuatro kilómetros para darle un poco de vidilla a los cuádriceps, y ése fue todo mi entrenamiento semanal para tan magno acontecimiento. Toma ya.
El recorrido de la popular de Padrón consiste en dos vueltas de cinco kilómetros bordeando el río. Es muy agradable y relajante para pasear. Correr es otra historia, porque en la segunda vuelta te da la impresión de estar teniendo un dejà vu de los malos, de los chungos, que si ya ibas jodido en la primera ronda, en la segunda ni te cuento, siempre llevas cinco kilómetros más a tus espaldas, jodido al cuadrado. Por lo menos, no había ni lluvia ni viento ni calor que vinieran a prolongar mi sufrimiento. Afortunada que es una. 
Como siempre, mi estrategia de carrera fue el socorrido "sálvese quien pueda" en cuanto oí el pistoletazo: gambear todo lo posible hasta que mi maltrecho organismo empiece a dar señales de colapso inminente. Me dejé llevar por la marea, que pateaba a cristo y a su madre, ya dije más arriba que había nivel, Maribel, y en el primer kilómetro ya llevaba un bagaje considerable para conseguir mi objetivo: terminar en una hora y diez. Mi última diez mil la había acabado en hora y doce, allá por octubre. Iba yo los primeros quinientos metros muy animada por la música de B-Movie cuando noté que me tocaban en el hombro. Era una corredora tocapelotas que me informaba de que no se podían usar cascos durante la carrera. Le dije que mientras no me avisara nadie de la organización iba a seguir oyendo música. Y entonces rebobiné. Efectivamente, el año pasado yo estaba situada en la meta haciendo fotos y en el paso de los cinco kilómetros el juez había amonestado a unos cuantos con el tema de los auriculares.
En el kilómetro dos ya había establecido el ritmo de carrera (179 ppm) puesto que el trazado era completamente llano, y corría bastante eufórica, a pesar de que me iba pasando hasta el tato. Entre el 4 y el 5 pensé que ya iba de última, sobre todo cuando me pasaron doblados los cuatro primeros en llegar a la meta. En el paso de los cinco había muchísima gente animando y animándome a mí, por cierto. El juez me señaló los cascos e hizo un gesto negativo con un dedo tan amenazador que podía servir para hacer tactos rectales. Asentí con la cabeza y me los quité. Una chica del público me dijo que no le hiciera caso y que siguiera con ellos puestos, así que me los fui poniendo intermitentemente, cada vez menos.
Fue chungo hacer la segunda vuelta completamente sola y sin más entretenimiento que mi propia respiración, entrecortada y jadeante. Pero como para entonces ya andaba yo haciendo multiplicaciones y divisiones (con lo mal que se me dan las matemáticas, poddió) para intentar calcular si podía acabar en hora y siete, no lo llevé demasiado mal. La velocidad de crucero estaba adquirida y me sentía contenta por poder hacer los diez kilómetros a menos de siete minutos por kilómetro. En el kilómetro siete, hablando de números proféticos, me empecé a encontrar con algunos que, acabada la carrera, estaban dando una tercera vuelta al circuito. Sólo de pensarlo entré en agonía.
En el kilómetro nueve ya estaba mi marido esperándome para hacer el último tramo conmigo hasta la meta. Le semibalbuceé que iba más o menos bien y que intentaría la hora y siete, pero la verdad verdadera es que ya no podía con el culo, ni con los pulmones, ni con la más mínima célula de mi cuerpo. Crucé la meta en una hora, ocho minutos y dos segundos. Teniendo en cuenta que días antes firmaba sin mirar la hora y diez, me siento satisfecha. Lo que ya me gustó muchísimo menos fue la idea de volver a cerrar la lista de participantes que llegaron a meta, ya me estaba acostumbrando yo a dejar a unos cuantos por debajo. A lo bueno se acostumbra uno enseguida, ya sabemos.
Otros años recuerdo que el avituallamiento de la meta era espectacular, parecía las bodas de Camacho. Iba yo ya los últimos kilómetros relamiéndome pensando en una isotónica, así que ni les cuento la cara de gilipollas que se me quedó cuando llegué al puesto y vi que sólo quedaba agua, muchas manzanas y UNA miserable barrita de cereales que desapareció por mi gaznate más rápido que decirlo. Del masajista, ni trazas, pero tampoco me hacía falta. No tuve el menor dolor durante la carrera, a excepción del culo en los últimos kilómetros y una pequeña torcedura de tobillo en el kilómetro cinco que no me impidió seguir gambeando.
Y cuando ya íbamos hacia el coche, la sorpresa final: nos cruzamos con el que llegaba de último, o de penúltimo, no lo sé. Un señor bastante mayor con más moral que el alcoyano y con un aspecto bastante más fresco del que llevaba yo unos ocho minutos antes. Inmediatamente pensé en que el pobre hombre no iba a tener ni una miserable barrita de cereales, puesto que yo acababa de comerme la última. Los de championchip, como siempre, rapidísimos, sacaron los resultados al poco rato y podías consultar el tuyo a través del código QR que incluía el dorsal. Viva la tecnología. Así me enteré de que había llegado de antepenúltima y de última entre las cien mujeres que habían corrido. Y yo encantada: había cumplido mi objetivo en dos minutos menos y no me había muerto. ¿Qué más se puede pedir?
Y es que la cosa es como le dije yo a la del puesto de control del 7,5: no es peor que parir.

miércoles, 13 de febrero de 2013

DIECINUEVE MESES CORRIENDO (7 MESES 2.0) ¿QUÉ HAGO YO AQUÍ?

http://shapeupnyc.com
Lamento anunciarlo, pero estoy deprimida. Running-deprimida, se entiende. No estoy teniendo un segundo año exultante como el primero. Tengo muchos bajones y cambios de humor con respecto a mis entrenamientos. Unas semanas soy perfectamente metódica y la siguiente me salto sesiones y me siento culpable por ello. Es del género tonto negar el desánimo que me embarga últimamente, es bastante mejor trabajar en positivo e intentar buscar la causa. Cierto es que el tiempo no acompaña: empalmamos una borrasca con otra desde el mes de noviembre. Otro problema es el aumento del kilometraje, las semanas que hice una sesión de diez kilómetros quedé tan sumamente arrastrada que no fui capaz de salir a correr hasta tres días después. No me refiero a cansancio, sino a dolores fuertes de rodillas, espinillas e incluso de lumbares. Y no puede ser. Eso es hacer oposiciones a la lesión. Estoy a menos de un mes de mi próxima carrera de diez kilómetros y no tengo ni puñetera idea de cómo rediseñar mi entrenamiento.

Es probable que todo el problema venga de ahí, del envenenamiento con las carreras populares. Si yo hubiera seguido mi plan original, que era salir a correr simplemente para hacer algo de actividad física y sin marcarme objetivos, probablemente ahora no estaría así. Me temo que seguramente estaría peor y a estas alturas lo habría dejado del todo. Esta temporada me gustaría tomarme unas vacaciones, pero mi pepito grillo, mi mala conciencia, no me lo permite, así que tengo que ir pensando cómo diantre voy a hacer para sacarme de encima el muermazo que me invade, teniendo en cuenta que mis medios son limitados tanto para aumentar el número de sesiones, como cambiar el recorrido o mucho menos ponerme a hacer series. Si alguien tiene alguna idea, que me la diga, por favor. Lo que está claro es que el objetivo general de este año, el de los diez mil en sesenta minutos, se ha pirado en globo. En fin, a ver qué pasa el mes que viene...

viernes, 11 de enero de 2013

DIECIOCHO MESES CORRIENDO Y PENSANDO EN LOS SEIS SIGUIENTES

Foto propiedad de Jacobo L.
Pues sí. Año y medio ha pasado desde aquella aburrida tarde de julio de 2011 en que decidí pegarme una carrera de doscientos metros escasos y casi me sale el corazón por la boca. No sé si ha pasado mucha agua debajo del molino, pero les juro que por encima de mi cortavientos no ha sido poca, no. Voy a hacer un poco de balance, más que nada para animar a unos cuantos anónimos y conocidos que en los últimos meses se han añadido a este blog y que se desesperan porque no avanzan con la rapidez que ellos querían. El running no es deporte para impacientes, ya lo digo. Es un deporte de fondo no sólo para el cuerpo, también para la cabeza. Quizá yo he ido excesivamente despacio, pero no me arrepiento.

En estos dieciocho meses he corrido unos 1100 kilómetros, aproximadamente. No tengo datos fijos de los primeros seis meses, pero sí del último año: 700 kilómetros. Visto así parece mucho, pero no es tanto. La mayoría de los corredores que conozco no suelen hacer menos de 1000 anuales. Todavía voy por el segundo par de zapatillas.

Vayamos a las carreras: he hecho siete en un año: dos sansilvestres de casi ocho kilómetros, dos diezmiles, una de cinco y un par de cuatro. Las terminé todas, por lo menos. En una de ellas (la primera) llegué de última y en mi primera diez mil, de penúltima. Me congratulo especialmente de haberme atrevido a perder la vergüenza y acudir a las carreras populares, puesto que hoy en día entrenar para ellas se ha convertido en mi principal motivación para salir a correr. Ya no corro para estar en forma, lo hago para mejorar los tiempos en la siguiente carrera. 

Hablemos ahora de mejoras en los tiempos, por cierto. Sigo siendo una tortuga, pero menos coja que el año pasado. A falta de datos en cinco mil, he bajado ocho minutos en los ocho mil en doce meses y cinco en diez mil en seis meses. En mi primer test de Cooper no pasé de los 1500 metros en doce minutos; en el último llegué a los dos kilómetros. En enero del año pasado entrenaba a siete minutos y medio el kilometro, ahora lo hago entre treinta y cuarenta y cinco segundos menos. Así que mentiría como una cochina si dijera que no estoy contenta. También tengo claro que la mejora este año va a ser mucho menor, hasta que me estanque y no pueda mejorar más.

En cuanto a pulsaciones, la bajada también ha sido significativa (a pesar del cigarrito): unas diez pulsaciones en reposo. En carrera aguanto sin despeinarme unas veinte más que hace 365 días. Para redondear: ninguna lesión, que yo sepa. Un ligamento lateral interno de la rodilla un poco tocado y dolorcillos de menisco de vez en cuando. Mis abductores, impecables. Se nota que nunca he jugado al fútbol. Lo digo porque todos mis colegas runners que fueron futboleros en sus años mozos los tienen tocados, incluido mi señor marido.

En estos dieciocho meses he descubierto y desarrollado mis gustos personales en la práctica del footing. Me gusta correr a última hora de la tarde, aunque casi nunca puedo hacerlo, prefiero ir sola y necesito escuchar música a toda hostia, preferiblemente rock y heavy. Odio correr con calor y/o con lluvia.

En fin, tras tanto autobombo vayamos al futuro inmediato. ¿Qué voy a hacer este año? En principio, tres carreras de diez mil, en febrero, abril y octubre. Una de cinco mil fijo más todas las pequeñas que se me presenten y, por supuesto, la San Silvestre. ¿Objetivos? Pues tengo uno muy claro, como claro tengo que no creo que lo pueda cumplir: correr los diez kilómetros en una hora de aquí a julio. Aunque he conseguido bajar treinta segundos por kilómetro en esa distancia, los otros malditos treinta sé que me van a costar sangre, sudor y lágrimas y tampoco es plan, vaya. Que como dice Murakami, el dolor es obligatorio y el sufrimiento es opcional y yo de sufridora tengo poco. Para animarme me he planteado otro objetivo: hasta ahora el día de rodaje largo (uno a la semana) hacía como mucho diez kilómetros. La idea ahora es alargarlos hasta llegar hasta los quince o dieciséis, aumentando un kilómetro al mes. En enero, por aquello de no estresarme, haré una tirada larga a la semana de nueve. Por cierto, ayer hice la primera, vaga de mierda, no hacía una tirada de nueve en entrenamiento desde mediados de julio. Llegué absolutamente destrozada. Cuando terminé iba andando por la calle como si llevara globos en las suelas de las zapatillas, los dos últimos kilómetros fueron un completo infierno. Pero en eso consiste la cosa, claro. Estaba yo muy cómoda corriendo como mucho ocho kilómetros y para mejorar hay que salir de la zona de confort. Por cojones. Lo que me recuerda que en algún momento tendré que ir pensando en retomar un día de series. Sólo de pensarlo me entran sudores fríos.

¿Y vosotros? ¿Habéis definido los objetivos para este año? ¿Vais a sacar por fin el culito del sofá?

Nos vemos pronto, vagorrunners. Me voy corriendo.