miércoles, 12 de junio de 2013

23 MESES CORRIENDO. ¿SALIENDO DEL AGUJERO?

www.buscaditos.blogspot.com
Bueno, aquí tenemos a Samarita, la niña más chunga del cine, abandonando el lugar del que nunca debió salir, el pozo. Igual que yo, sólo que menda lerenda va más limpia y muchisísimo mejor peinada, dónde vamos a parar.

Me estoy portando bien este horroroso mes de junio, cosa que achaco a tres motivos: el primero que estuve bastante fastidiada el mes pasado con la maldita infección, y cuando salgo de una de éstas es como si volviera a nacer. A pesar de que los antibióticos me dejaron flojota, tenía ganas de correr. Estuve quince días en el dique seco por culpa de los estreptococos, sólo rompiendo mi retiro para correr la carrera del cáncer. Y me apetecía volver, buena señal. Pero no de cualquier manera. Ahora paso a explicarlo.

El segundo motivo es que, aunque el tiempo sigue siendo francamente asqueroso e indigno de un mes de junio que se precie, ya no hace frío. Por lo menos ese frío que hace que la pereza se te pegue al cuerpo como una maldita garrapata. Amanece temprano y eso me da ganas de empezar el día con energía, así que he vuelto a mi antigua costumbre de entrenar a primera hora de la mañana. Anteayer me tocó hacerlo bajo un calabobos (qué buen nombre) persistente, pero aún así, no me amilané.

El tercero, y paradójico, es que he terminado mi temporada de carreras, y eso ha supuesto para mí un gran relax porque ya no tengo la "presión del entrenamiento". Se acabó contar los días que faltan para la carrera y cuántas salidas tengo que hacer por huevos kinder hasta entonces. Corro por gusto y a la velocidad que me da la gana, sin sentir en la nuca el fétido aliento de nadie ni al cabrón de Pepito Grillo susurrándome en la oreja aquello de "citius, fortius, altius" mientras me deshace el hombro izquierdo con sus jodidos saltitos.

Bien, comencé a entrenar de nuevo el lunes pasado, aún encontrándome algo flojilla. Para animarme, me ando embaulando un complejo vitamínico a días alternos, a ver si recupero el tono. Y como una ya va siendo perro viejo (y cojo) y sabe que no se puede volver por las bravas, intentando pisar la alfombra roja y ser pasto de los flashes porque luego el cuerpo lo paga, he regresado a mi querido amigo Galloway con los brazos abiertos. Ya saben: medio kilómetro andando, medio corriendo y espero continuar así hasta julio. Y en lo que va de mes, pues ya me he cascado cerca de treinta kilómetros. El Galloway tiene otra gran ventaja: permite correr días seguidos en lugar de alternos, así que la semana pasada salí lunes, martes, jueves y viernes puesto que mi disponibilidad horaria me lo permitía. Esta semana no tendré tanta suerte y sólo podré hacer tres sesiones. Y he corrido contenta, las endorfinas vuelven a circular por mi organismo libremente. Y pasando del cronómetro como de la mierda, oiga. Nadie me está esperando al llegar. Y eso que a estas alturas de la película llevo en el body cien kilómetros menos que el año pasado por estas fechas. ¡Cien! Una de dos, o hace doce meses estaba muy envenenada o en los últimos once he sido una vaga de mierda. Probablemente ambas cosas.

Me quedan treinta días para cumplir mi segundo aniversario como runner y hacer aquello tan católico de examen de conciencia, dolor de corazón y propósito de enmienda. Hasta entonces, intentaré seguir corriendo a ver si llego a alguna parte. Hasta luego, vaguetes.

domingo, 26 de mayo de 2013

CARRERA CONTRA EL CÁNCER: MEDIO RETO SUPERADO!!!!

Bien escoltada antes de la salida
Esto de las carreras pequeñas tiene más peligro que una serpiente de coral dentro de los calzoncillos (o de las bragas, por aquello de no discriminar). Lo digo porque como te crees que tienes menos riesgo de palmarla por aquello de que es menor la distancia, pues decides probarte a ver cuánto aguantas y no llevar estrategia ni pollas. Y eso es lo que me pasó a mí hoy, y a mi marido, que corrió a un ritmo endiablado de 3'41".
Parece que últimamente mi tónica general es correr convaleciente de un trancazo monumental. Ya me pasó en la San Silvestre, que me levanté de la cama para correr. Esta vez no me levanté porque en ningún momento me había metido en ella. No por decisión mía, fue mi nómina la que no estuvo de acuerdo en absoluto en coger la baja para pasar encamada un brutal resfriado que acabó, cómo no, con antibióticos. Y a pesar de que el médico me aconsejaba no correr hoy, y que no había entrenado nada en los últimos quince días, fui. La carrera del cáncer es imperdonable para mí, por mi padre, por mi hermano, por todos los conocidos, desconocidos y anónimos que sufren esta mierda de enfermedad. Y lo mismo que yo debieron de pensar las 915 almas que participaron en la prueba absoluta. Al fin y al cabo, son sólo 5000 metros. Pero a mí, como digo, convaleciente, me parecieron 50.000.

La familia que corre unida, permanece unida
Nos tocó un día nublado y frío, a diferencia del año pasado, que fue radiante. Y la verdad es que la ciudad se volcó con el evento, estaba todo el mundo: Gaby, Fede (gracias por cogernos el dorsal, chavalote), Patricia, Bruno, Jorge, Miguel, Paloma, Antonio... Por cierto, el año pasado fueron Paloma y Antonio los que marcaron mi ritmo y gracias a eso me di cuenta de que podía correr más rápido de lo que yo pensaba sin despedirme de este mundo cruel, y lo había hecho a un ritmo de 6'20". A partir de ahí empecé a rebajar las marcas de todas mis carreras. Hoy no llevaba liebres, pero quería cubrir la mitad de mi reto, que les recuerdo que es correr 10 km en 60 minutos, es decir, ir a ritmo de 6'. Y para eso, primero hay que lograr correr los 5 km a ese ritmo. Bueno, pegaron el tiro y empecé muy bien, acabé el primer kilómetro a 5'15", ya sabiendo que me iba a resultar imposible seguir así. La primera vuelta me resultó una completa torturita china, me pesaban las piernas a plomo... ¡y los brazos! En diez kilómetros es normal que dos o tres veces tenga que bajarlos para relajar los músculos, pero en cinco no me había pasado nunca. Lo achaqué a la falta de entrenamiento y a lo hecha mierda que había estado los últimos quince días. Y me acordé del maldito médico: no debería haber corrido, pero ya estaba allí. La prueba constaba de dos vueltas al circuito y ya saben lo que pienso sobre eso: dejà-vu chungo. Más chungo todavía fue ver a gente andando ya en la primera vuelta. Mientras yo subía al Millenium me crucé con mi marido, que bajaba pateando como un gamo. Hasta entonces, todo controlado: 170 pulsaciones y yo más jodida que un ciclista subiendo el Tourmalet, sin coger bien el ritmo ni conseguir concentrarme en la música que iba escuchando. Llevaba el gps activado para medir el recorrido, y a los 1500 metros sólo me apetecía marcharme a casa y darme un baño caliente... o una ducha fría, no lo tenía muy claro.

Empezando la segunda vuelta, creo...

La cosa mejoró y empeoró en la segunda vuelta, ya no hubo dios que me hiciera bajar de las 188 pulsaciones (nunca había corrido a más de 180, o por lo menos tanto tiempo). En el 3,5 me llegó el momento revelación, ya saben, me dan igual ocho que ochenta. Había muchísima gente animando y bajé hacia la meta frenándome para no elevar más el ritmo cardíaco. Aunque iba agobiada, mis pulmones se comportaron, y es que en esta última semana apenas había fumado, y se nota, vaya si se nota. Iba haciendo sumas, restas, multiplicaciones, divisiones... en fin, sencillas operaciones de cálculo elemental a ver si conseguía terminar en 30 minutos o menos, bajar de los 32 minutos del año anterior, en suma, y de repente me asaltó un pensamiento espantoso, que fue el siguiente: Morgana ¿te imaginas hacer EL DOBLE de kilómetros a este ritmo? ¡Imposible! Creo que no lograré mi reto 10/60 en la vida. Afortunadamente, mi chico me esperaba a doscientos metros de la meta para tirar de mí y entrar juntos. Bueno, en su caso, reentrar, había terminado en 18 minutos, bendito él. Crucé el arco en 29'37" a 195 ppm. Había conseguido acabar en menos de media hora por los pelos y subir mi umbral aeróbico en unas 10 pulsaciones más. Y mi gps cantaba que no eran 5000 metros, sino 4830, pero ¿qué más da? Según la organización corrí a 5'54", según mi maldito cacharro, a 6'07". En cualquier caso, prueba conseguida.

En fin, bien está lo que bien acaba. Entré de 768 sobre los 915 y de 231 entre las 450 féminas. Ojalá el año que viene no me toque ir resfriada otra vez, porque juro que volveré. Mi chico quedó de 62, como el campeón que es.

Ahí entra el 62
Y con esto acaba una temporada de carreras de la que me siento satisfecha, puesto que he bajado mis tiempos en todas ellas con respecto al año pasado. Estoy especialmente contenta con las diez mil, he rebajado diez minutos los tiempos del 2012. Hasta que empiece la nueva temporada, el 6 de Octubre con La Coruña 10, me apuntaré a cositas pequeñas que me resulten apetecibles y seguiré entrenando lo que pueda, porque si de algo no estoy orgullosa esta temporada, es de mis entrenamientos.

PD. Gracias, Pablo, por las excelentes fotos.

lunes, 13 de mayo de 2013

VEINTIDÓS MESES CORRIENDO: GANO UNA MEDALLA

 Ustedes imagínense la escena:
-¡Mamá, mamá, mamá, he ganado una medalla de atletismo en el cole!
-¿No me digas, hija? ¡Qué bien!
El asunto tendría un pase si la ganadora en cuestión no tuviera cuarenta y siete añazos ¿verdad? Pero el caso es que así llegué yo el viernes por la tarde a casa de mi madre, que se partía de risa viéndome tan entusiasmada. Nunca ha entendido del todo nuestra afición al running.
En fin, que este último mes he continuado con mi filosofía del NPN, lo que se traduce en la práctica en semanas siguiendo puntualmente el plan de entrenamiento y semanas pasando de todo si llovía, que llovió. En una de mis salidas pude hacer realidad mi sueño de correr en Ourense por la ribera del Miño, lástima que el calor fuera francamente insoportable. Tuve que pasar una semana en el dique seco por lo maltrecha que quedé de los diez kilómetros de La Coruña 42, así que no entrené demasiado, todo sea dicho.
Con mi compañero Fernando, antes de empezar

El maratón do Salnés es una carrera escolar (3,73 km) que se viene celebrando en Portonovo todos los años. Ésta era la vigésima edición y yo ya la había corrido el año pasado con los alumnos de mi cole de 3º y 4º de la ESO. Este año fuimos con los de 1º y 2º. Acuden colegios de toda la comarca y está muy concurrido. La parte mala es que el trazado es bastante horroroso, con un par de cuestas de éstas que empiezan tendidas y al final tienen un repecho que te cagas. Y no lo compensas con la cuesta abajo, no... al contrario, tienes que ir frenando la inercia porque las piernas no dan para más.
El año pasado me encontré con la desagradable sorpresa del trazado unida al calor insoportable, pero este año ya sabía a lo que me enfrentaba, la experiencia es un grado. Y un vientecillo del nordeste anunciaba que la cosa iba a ser menos sacrificada que el año anterior. Además, esta vez corrí sola, en la anterior edición iba marcándole el ritmo a una alumna. Y es de esas carreras odiosas que das dos vueltas al mismo circuito, lo que yo llamo el "Síndrome del dejà-vu chungo", así que te comes cuatro cuestas sí o sí, dos de ellas al lado de la meta para entrar en la ídem arrastrándote como una puta serpiente, sin la menor elegancia y con nula dignidad. Véase si no cómo pasé la primera vuelta, que parezco Lina Morgan:


Bien, mi intención era la misma que en todas las carreras que he corrido este año: hacer menos tiempo que el año anterior. Ésta la había terminado en 27'30'' hace doce meses y conseguí rebajar tres minutos y acabar en 24'15". No estoy satisfecha con el resultado, en las demás carreras, siendo más distancia, he conseguido bajar entre cuarenta y cinco segundos y un minuto, pero ya digo que las cuestas malditas son muy poco agradecidas y sólo conseguí acortar treinta segundos por kilómetro. En fin, menos da una piedra. El recorrido transcurrió como de costumbre: rodeada de chavales que salieron como toros en los sanfermines y pincharon al empezar la primera cuestita, para rehacerse milagrosamente a los trescientos metros de la meta. Yo corrí todo el tiempo, sin quemarme demasiado, la verdad es que a lo mejor podría haber sufrido un poco más, pero no tenía ganas. Al final crucé la meta con bastante presencia de ánimo, teniendo en cuenta que iba con un pulmón en cada mano:


llegada a meta
 Y cuando las chicas del control de meta me pusieron la medalla al cuello, no me lo podía creer. "¿Pero es para mí?" repetía sin cesar. Es la primera vez en mi vida que gano algo en una competición deportiva, no os podéis imaginar la ilusión que me hizo, aunque fuera en una carrera tan cortita, estaba como si hubiera acabado la maratón. ¡Mi primera y probablemente última medalla! Se la dediqué a Marta, la alumna con la que había corrido el año pasado. Cuando salieron las clasificaciones vi que había quedado de cuarta en mi categoría... por los pelos me quedé sin trofeo y sin podio. Casi mejor, no creo que mi maltrecho corazón hubiese soportado tanta emoción. A lo mejor el año que viene...



mi medalla, mi tesoro...
Lo mejor, las felicitaciones y los aplausos de los alumnos que habíamos llevado. Muchos de ellos llevaron medalla también, y algún que otro trofeo.
En fin, que sólo me queda una carrera para terminar la temporada: será la del Cáncer en La Coruña el 26 de mayo y espero poder ir y hacer mejor tiempo que el año pasado. ¡Y qué poco me queda para mi runneraniversario, sólo un par de meses! Tengo que ir pensando en cómo lo celebro. ¿Alguna sugerencia?






martes, 23 de abril de 2013

CÓMO ACABÉ MI CUARTA DIEZ MIL: DEDICADO A ESTHER Y MIGUEL

Ustedes probablemente se estarán preguntando quiénes son Esther y Miguel y qué demonios habrán hecho para tener el "honor" de que esta patosa corredora les dedique no sólo la entrada del blog, sino la carrera del domingo. Ambos son runners y seguidores de la página de "A trote cochinero" en Facebook. Esther corría también el domingo y me mandó un post en el que decía que si acababa me dedicaría la carrera. Le contesté que si yo terminaba, aparte de dedicarle la carrera también le dedicaría esta entrada, así que ahí va, campeona. Lo que tú no sabías ni yo tampoco es que la dedicatoria iba a ser compartida.
Miguel, alias "Cabañés", es tan gallego como yo y como el pulpo con cachelos, y además tiene un blog donde cuenta sus experiencias con las zapas, entre otras cosas: http://muchocaminoporandar.blogspot.com.es/. Lo de gallego viene a cuento porque siendo ambos runners (el más que yo) era cuestión de tiempo que acabáramos conociéndonos en persona, cosa que sucedió el domingo y de la que me alegro enormemente, porque si no llega a ser por él, a lo mejor no habría corrido esta carrera.
Vayamos por partes, como Jack el Destripador, y no adelantemos acontecimientos. Al igual que el año pasado, mi marido corría la maratón y yo los diez kilómetros. Al igual que el año pasado, pasamos el día anterior comidos por los nervios. Al igual que el año pasado, el despertador sonó puntualmente a las siete y media. Y a diferencia del año pasado, no se escuchaba ningún "uuuuh" por el patio. El día había amanecido radiante, perfecto. Quizá no tan perfecto para los que afrontaban los cuarenta y dos kilómetros, ahora que lo pienso...
Salimos de casa vestidos de verde esperanza para encontrarnos, al igual que el año anterior, con la recua de juerguistas que aún no se había acostado y que nos deseó suerte con excesivo fervor. Ya por el camino nos dimos cuenta de que había más ambiente que en la primera edición, es lo que hacen unos míseros rayos de astro rey, fíjense. Llegamos a la salida y aquello ya bullía a las ocho y cuarto de la mañana. Mi chico se fue a calentar y a concentrarse y yo a dar una vuelta a ver a quién me encontraba. Y me encontré a  mi amigo Jorge y a Miguel, que está lesionado y tuvo el buen humor de venir a animar desde Ferrol una carrera que yo sabía que lamentaba en el alma no poder correr. En cuanto me vieron con la camiseta térmica se echaron las manos a la cabeza, insistiendo en que me la tenía que quitar, que me iba a cocer con ella. Teniendo en cuenta que no llevo los refajos de mi abuela para correr porque deben de estar apolillados y que Jorge va de manga corta sí o sí y que Miguel suele llevar su inseparable camiseta de manga sisa de enero a diciembre, no tuve muy en cuenta su sugerencia. Me dirigí a casa de mi suegra a dejar la bolsa, como siempre, y a mitad de camino no sé cómo me miro los pies y se me cae el mundo encima, por no decir todo el sistema solar. Me había olvidado de ponerme el chip de control, que a esas horas debía de estar durmiendo el sueño de los justos en el sofá de casa.
Nadie en su sano juicio podría imaginarse el cabreo que me agarré. No por el hecho de correr sin chip, que ni se me pasó por la cabeza. Fue el hecho de haberme olvidado de ponerlo lo que me indignó hasta convertirme casi en el increíble Hulk (total, ya iba de verde). Porque a mí esas cosas no me pasan, yo soy como Franco, lo dejo todo atado y bien atado, y el día anterior a una carrera preparo las cosas con mimo y por orden, colocando todo en una percha. Soy una obsesa del control. Total, que mi mierda de filosofía del NPN se fue al carajo en milésimas de segundo (ésas que el chip no iba a contabilizar), empecé a ver rojo y decidí que no corría, que me iba a casa. Y en ese momento me encontré a Miguel, que se volvió a echar las manos a la cabeza cuando le conté lo ocurrido y mi decisión, y me dijo que no fuera tonta y que corriera igual, que ojalá pudiera correr él, con o sin chip, pero yo me mantuve en mis cabreados trece. Ese es uno de los motivos por los que corro: para controlar mi mal genio. Me alejé furiosa, buscando una pared donde darme de cabezazos hasta que se me saliera la poquísima masa encefálica que tengo, pero no había ninguna disponible, todo el mundo las estaba usando para calentar. Entonces reflexioné y, por un momento, vi la luz. Pensé en Miguel, que había venido a animar una carrera que estaba deseando correr, y entendí que tenía toda la razón. Pensé en Esther, que probablemente también pensaría en mí mientras intentaba terminar su reto. Volé a casa de mi suegra, me quité la dichosa camiseta térmica y me fui a calentar cagando leches porque ya quedaba muy poco para dar la salida. Para acabar de animarme, en el cajón estaban Paloma y Antonio. Me alegré un montón de verlos.
Tanto en la salida de la maratón como en la de diez kilómetros se guardó un respetuoso minuto de silencio en memoria de los damnificados por el atentado de la maratón de Boston. De hecho, la mayoría de nosotros llevábamos el lazo negro facilitado por la organización. Sonó el pistoletazo de salida y empecé a patear siguiendo la táctica que he adoptado últimamente: coger la ventaja en los primeros kilómetros.
Foto propiedad de Riazor Atletismo

Me encanta correr en La Coruña, las carreras allí se me pasan rapidísimo a pesar del dolor y el esfuerzo, aunque sólo sea por la maravillosa vista que ofrece el paseo marítimo. Y con el día que hizo el domingo, ni les cuento. Había mucha gente animando y fue estupendo ir todo el tiempo rodeada de corredores, porque, a diferencia del año pasado, nunca fui sola. Cuando me quise acordar ya estaba llegando al kilómetro cinco y recogiendo la botella de agua que, por no variar, me tiré por encima. Menos mal que acabé haciéndoles caso a estos dos y sacándome la camiseta térmica. Qué pena no haber llevado las mallas cortas. Entre el cinco y el seis me pasaron los primeros de la maratón (el año pasado me pasaron en el primer kilómetro). Para entonces ya me había invadido la euforia y había conseguido disociar mi cuerpo en partes para intentar olvidarme de que tenía piernas. Y poco después, sentí el primer pinchazo en el hombro derecho. Agudo y desagradable. Relajé un poco los brazos a ver si se me pasaba, pero pronto otra preocupación comenzó a invadirme: un dolor agudo en la parte de atrás de la rodilla, en la corva. No lo suficientemente molesto como para hacerme parar, pero sí como para romperme la cabeza. Me acompañó hasta la entrada en meta. Empecé a devanarme los sesos pensando en qué habría hecho mal, hasta que me vino un flashback: me visualicé a mí misma subiendo la pierna izquierda a una valla demasiado alta con la fuerza de quien descarga cajas en el muelle.
Evidentemente, a partir de la mitad del recorrido la mayoría de los que había pasado en la salida comenzaron a rebasarme sin compasión. Para entonces ya iba yo concentrada en los que me cruzaba de la maratón, que estaban dando la segunda vuelta, a ver si veía a mi costillo, pero ni rastro... Creo que uno de los motivos por los que corro los diez es para no quedarme en casa mordiéndome las uñas mientras él hace la maratón. Así, por lo menos, sólo me las muerdo la última hora, cuando ya me he duchado y mi cerebro empieza a funcionar con normalidad.
Foto: Voz de Galicia
A todo esto, la (cojonuda) organización había contratado a varios grupos de rock para amenizar el trayecto, de los que no me enteré porque llevaba mi propia música para inhibirme un poco, ya sabéis que detesto tanto el ruido de mis pies como el de mi respiración, me pone nerviosa. Enfilé el kilómetro ocho para correr ya por el centro y el público se había cuadruplicado. Como siempre, me rechifló que la policía parara el tráfico para dejarme pasar.
El último kilómetro fue un infierno. Apretaba el calor, la pierna me dolía bastante y los pulmones ya empezaban a amenazar con estallar. Muy oportunamente, los de la banda de rock tocaban con denuedo "Mi pobre corazón", de Fito y Fitipaldis. Me pregunté con la última neurona que me quedaba si estarían de cachondeo. A unos quinientos metros de la meta me encontré a Miguel encaramado a lo que creo que era la entrada del parking y nos chocamos la mano. Una corredora a la que había pasado en el primer kilómetro aprovechó para cobrársela y adelantarme cuando ya no quedaba nada, pero yo ya no podía más. Lo único que me preocupaba era llegar en menos de una hora y ocho, que había sido mi último tiempo.
A falta de tiempo oficial (el neto suele ser menos), crucé la meta en una hora, siete minutos y diecisiete segundos. Estoy contenta, he vuelto a bajar mi tiempo y la acabé en diez minutos menos que el año pasado. Me queda una diez mil este año, en octubre, y tengo clarísimo que no llegaré a bajar los siete minutos que quedan hasta la hora. Tendré que sudar y sufrir cada segundo.
Subir hasta casa de mi suegra a desayunar fue relativamente fácil. Adoro esos desayunos, aunque no puedo comer mucho, el esfuerzo está reciente y no me entran grandes cantidades de comida. El problema fue bajar. Tras un parón de veinticinco minutos me había olvidado de la pierna por completo, pero la hija puta se encargó de manifestarse cuando empecé a bajar las escaleras, pegué un chillido que se debió de escuchar en la Torre de Hércules. Tuve que bajar abrazada literalmente al pasamanos. Crucé la plaza cojeando, vi llegar a meta a Pedro Nimo y me encaminé a mi casa a uno por hora fijándome en todos y cada uno de los corredores de la maratón, esperando ver a mi chico y comprobar que seguía vivo. No tuve suerte. Apareció a las doce y pico con la medalla colgada del cuello, cojo de las dos piernas y una sonrisa gigantesca: había terminado en tres horas dieciséis, un cuarto de hora menos que el año pasado.
Pues así terminé mi cuarta diez mil, mi décima carrera: sin chip y con una pata coja, pero contenta por haberla terminado en menos tiempo. Ayer puse un mail a Championchipnorte preguntando cómo les reenviaba lo que era suyo y hoy lo mandé por correo. Aún cojeo un poco. Tengo un buen puñado de agujetas y he sacado algo en limpio de todo esto: jamás en mi vida me volveré a dejar el chip en casa. Al paso que voy, lo más probable es que me deje la cabeza...


lunes, 15 de abril de 2013

VEINTIÚN MESES CORRIENDO: Y EL VENENO SALIÓ DE MI CUERPO

retomaraton.wordpress.com
Hola, queridos vaguetes. No, no me ha picado una víbora, ni un escorpión, ni una viuda negra. No, no tomo anabolizantes. No, no he fabricado más ácido láctico del habitual por exceso de entrenamiento. No, no he tomado cicuta/cianuro/estricnina o similar en un acceso de desesperación, asqueada de mi bajo rendimiento. Simplemente, el veneno de correr ha salido de mi organismo. Y tengo mi cuarta diez mil dentro de seis días.
¿Quiere esto decir que lo dejo? En absoluto. He llegado al final de un proceso de desintoxicación que se inició hace meses y contra el que he estado luchando contra viento y marea. Sencillamente, me he cansado de luchar. Tiro la toalla. Y estoy contenta con la decisión.
Cuando empecé en esto del trote hace ya veintiún meses, a las ocho o diez semanas me di cuenta de que estaba siendo víctima de un enganche peligroso, sensación que se centuplicó tras correr mi primera carrera popular. Me obligaba a salir a entrenar sí o sí, en cualquier situación climatológica, aunque cayeran chuzos, estuviera cansada o tuviera otra cosa que hacer. Esto fue "in crescendo" hasta que me topé, hace unos ocho meses, con una situación de sobreentrenamiento de la que creo que aún no me he recuperado del todo. Tras ese punto álgido, comenzó la lucha. Me di cuenta de que estaba metida en un combate entre lo que quería mi cerebro (seguir entrenando a dolor) y lo que me decía mi cuerpo (bajar el ritmo o incluso dejarlo). Entré entonces en una espiral de remordimientos de conciencia continuos y aún así manteniendo más o menos un ritmo uniforme de entrenamientos: tres días a la semana, etc. Lo malo de las espirales es que resulta complicado salir de ellas, así que aproveché la puerta abierta de las vacaciones de semana santa para tomarme un descanso. Como me iba a ir de viaje y no iba a poder entrenar, decidí descansar, recapacitar e intentar volver a los orígenes: correr como actividad sana que me mantiene en forma. Y ha sido como quitarme un peso de encima, lo juro. He decidido adoptar la filosofía del NPN: no pasa nada. ¿Que hoy no me apetece ir? no pasa nada. ¿Que hoy fui e hice un tiempo más penoso que de costumbre? No pasa nada. ¿Que hice menos distancia de la prevista? No pasa nada. Ya está bien de culpabilidad judeo-cristiana.
Resumiendo: que he decidido dejar de prepararme para las carreras populares, que no dejar de correr ni de ir a las carreras populares. Lo que tenga que sonar, sonará. Quizá si no hubiera bajado los tiempos en las tres últimas entrenando muy poco no habría tomado la decisión. ¿Será para siempre? No pasa nada. ¿Volverá mi obsesión? No pasa nada.
A todo esto, el domingo corro mi carrera favorita: los diez kilómetros de La Coruña paralelos a la maratón. Parece ser que el tiempo será más misericordioso con nosotros que el año pasado, lo cual tampoco es muy difícil. Lo siento por mi marido y me alegro por mí. No he perdido la ilusión por ir, pero no he entrenado mucho. Firmo por el tiempo de mi última diez mil sin mirar: 1:08. Lo máximo que he corrido estos días han sido seis kilómetros y arrastrando un poco el culito, pero... NPN. Y la semana que viene estaré por aquí contando la crónica, por supuesto, porque termine o no... ¡NO PASA NADA!

martes, 19 de marzo de 2013

LAS PULSACIONES DE LOS COJ... Y LOS COLEGAS DE FACEBOOK

www.tecnoadicto.net
Me congratula decir que la página de facebook de "A trote cochinero" va teniendo cierto número de seguidores, tanto amigos de toda la vida como anónimos. Lo de los conocidos tiene su lógica, que para eso son amigos míos. Lo de los anónimos me hace más gracia, pues supongo que habrán aterrizado por aquí por puritita casualidad y deciden quedarse. Sepan que son muy bienvenidos. Diré, de paso, que la mayoría de ellos, tanto amigos como recién llegados, corren más rápido que yo. Como si eso fuera muy difícil, vaya. El espectro de seguidores es amplio: algunos han corrido maratones y otros están empezando. Algunos recuerdan sus comienzos leyendo mis desgracias y otros, simplemente, son tan desgraciados como yo en esta ardua andadura, nunca mejor dicho. Y algunos me hacen preguntas. Y yo insisto: sólo puedo aportar mi opinión a nivel usuario, eso es lo que le contesté a Nuria cuando me preguntó cuándo iban a bajar sus pulsaciones.
El tema de las pulsaciones veo que crece en progresión geométrica a la vez que lo hace la edad del runner neófito. Los que empiezan a los veinte años no se preocupan por tales chorradas, es complicado que caigan fulminados por infarto miocardio en mitad del asfalto. Pero cuando uno ya está más cerca de los cincuenta que de los cuarenta y además coquetea con el cilindro nicotínico, como es mi caso, durante los primeros meses el saber cuántos latidos por minuto da la patata se convierte en un trastorno obsesivo-compulsivo.
Bien, después de veinte meses de autoobservación y pegada al pulsómetro como una lapa (sí, tengo dependencia, lo reconozco), he llegado a algunas conclusiones que expuse a Nuria en cuatro palabrillas y que paso a desglosar aquí con un poco más de enjundia, que tengo más espacio. Lo primero, el rango de pulsaciones, es decir, el que va desde las que tienes en reposo, recién despierto, hasta las máximas que puede dar tu patata antes de estallar. Las primeras son modificables, las segundas no. Todos tenemos un techo de pulsaciones que no se puede rebasar, y la única manera de saberlo de forma certera y fiable es hacerse una prueba de esfuerzo. Ya dije en otra entrada que hay unas tablas aproximativas que tiran por lo bajo. En mi caso, como unas 20 por lo bajo.
Las pulsaciones que bajan al entrenar son las pulsaciones en reposo. Yo nunca me las he medido en reposo absoluto, no tengo paciencia, ni ganas, ni tiempo y además me levanto de mala leche, pero sí me las he controlado en reposo "de sofá", y han bajado de ochenta y pico a setenta en un año. Eso quiere decir que necesito menos esfuerzo para bombear la misma cantidad de sangre, lo que lleva a ciertas modificaciones en el rango de pulsaciones "altas", que es el que tenemos al correr o hacer cualquier otra actividad aeróbica. Al cabo de un año corriendo, a idénticas pulsaciones correrás más rápido.
Por poner un ejemplo, y ahora me congratulo de llevar registro de todos mis entrenamientos, porque levanta la moral y sirve para hacer posts como éste, hace doce meses a 150 pulsaciones hacía un kilómetro casi en 8 minutos, ahora con las mismas pulsaciones lo hago en 7,20. Los cambios son casi imperceptibles de un mes para otro, pero si se hace un registro concienzudo, al cabo de un año notarás la diferencia.
Hay otra cuestión: a medida que uno va entrenando, aguanta cada vez más tiempo en rangos de pulsaciones más altas, incluso en el umbral anaeróbico. ¿Cómo saberlo sin arriesgar demasiado? Bueno,  la forma de comprobarlo más certera y más peligrosa quizá es probarse en carrera. Recuerdo mi primera San Silvestre: me juré a mí misma que no pasaría de las 158 pulsaciones: corrí a una media de 169 durante una hora. Las establecí como tope para las siguientes carreras de más de cinco kilómetros hasta que corrí mi segunda diez mil a una media de 179. Como no me he muerto asumo que puedo mantener ese ritmo durante diez mil metros. Otra forma no tan agresiva de ponerse a prueba es haciendo series y correr durante unos minutos subiendo las pulsaciones. Entiendo que durante un tiempo estuve haciendo el pinzo por no arriesgar, pero con la salud no se juega.
El dejarse llevar por la marea de la salida de una carrera popular resulta determinante para ver el aguante que se tiene. Uno lleva una idea en la cabeza sobre el ritmo que debe llevar y de repente ve sus esquemas totalmente rotos al darse cuenta de que para seguir a los demás va a tener que subir su frecuencia cardíaca sobre el tope que se había impuesto a priori. En la primera que corrí iba con mucho miedo a que me diera un patatús, ahora, una vez pasada la incomodidad de los primeros minutos (un par de kilómetros, quizá) y establecido el patrón de respiración, acabo sintiéndome cómoda corriendo en rangos altos. Procuro no pasar durante mucho rato de ese tope de 179 y dedicar un ratillo de cada kilómetro para bajar hasta 167-170. Pero, insisto, eso es lo que me sirve a mí, no sé cómo resultaría en otra persona.
En cuanto al tema de correr sin pulsómetro, ni se me pasa por la cabeza, al menos en una carrera. Lo de los entrenamientos es harina de otro costal y a veces no lo llevo. Es lo que se llama correr por sensaciones. Pues bien, cuando tengas la SENSACIÓN de que te vas a morir, es momento de bajar el ritmo. La mayoría de los corredores con cierta experiencia prescinden del cacharro para entrenar, de hecho yo heredé el de mi marido porque lo tenía arrumbado en un cajón criando polvo. La primera vez que lo usé controlaba tanto del asunto que, y juro que lo que voy a contar no es broma, me lo puse por ENCIMA de las tetas en vez de colocarlo por debajo, de ahí la foto que he elegido para la entrada de hoy. Me da un sofocón cada vez que lo pienso. Y desde entonces, raras veces he corrido sin él. Eso sí, procuro no mirarlo más de una vez por kilómetro y lo tengo en modo silencio para que no vaya pitando y dando la vara al personal. Si no llevas pulsómetro se dice, se comenta, se rumorea que la forma de saber si uno está corriendo a ritmo cómodo es llevar una conversación con la voz ligeramente entrecortada. El otro día hice la prueba cuando salí con mi marido a hacer un rodajillo suave y fui capaz de correr y hablar al mismo tiempo sin morirme.
En fin, corras con o sin pulsómetro, corre con la cabeciña, por favor.



martes, 12 de marzo de 2013

OCHO MESES DOS PUNTO CERO: VEINTE MESES CORRIENDO. MAILLOT A LA IRREGULARIDAD

corredorcansao.blogspot.com
Me encantaría poder decir que estoy a tope de power y devorando asfalto como una loca, pero no es verdad. De hecho, creo que no he cogido el ritmo desde septiembre. Lejos de ir mejorando en la regularidad de mis entrenamientos, creo que cada vez voy a peor. Supongo que todo el mundo pasa épocas buenas y malas y yo me he dado contra un muro enorme, y eso que no corro maratones. Sobre todo por inesperado, porque pensé que el segundo año sería muchísimo mejor que el primero y que, motivada por la continua mejora, sería mucho más disciplinada, pero no.
Que he mejorado, de hecho, ya "sólo" me separan ocho minutos (una puta eternidad) de mi objetivo. He bajado nueve minutos en diez kilómetros desde el año pasado entrenando menos, pero la maldita realidad es que ahora para ir a la calle casi necesito un policía que me vaya empujando por las escaleras del edificio y casi a punta de pistola. No todos los días, por supuesto, pero sí muchos de ellos. Es una pena, pero es lo que hay. Vendrán tiempos mejores, digo yo. El año pasado por estas fechas hacía rodajes de nueve o diez kilómetros un día a la semana. Este año no paso de seis ni queriendo. Hago descansos demasiado a menudo. Pospongo salidas para el día siguiente y a veces no hago las tres reglamentarias. Sin embargo, sigo teniendo en mente mi calendario de carreras, la próxima es el 21 de abril, y espero que, pasado el coñazo del cambio de estación, que lo llevo muy mal, retome con más ganas. Ya he dicho alguna vez que me aterrorizan los parones y los descansos por si llegan a ser definitivos.
Sigo diciendo que el tiempo no ayuda. Lleva lloviendo día sí y día también desde noviembre. El jueves pasado volví para casa como una completa sopa, tiritando calada hasta los huesos. Necesité una ducha de veinte minutos para entrar en calor y volver a sentir los dedos de las manos. Lo gracioso es que me crucé con dos chalados más que iban tan empapados como yo. 
Estoy pensando que a lo mejor lo que necesito es un parón de un mes. Pero... ¿y si después no vuelvo? El mes que viene, la respuesta.